El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

26/11/07

LOBITO



Como siempre, cogen algunos cigarrillos de la pitillera del tío Antonio antes de bajar al baile. Llevan sus chaquetas ajustadas de grandes solapas y botones brillantes, los pantalones de campana con ribete satinado que están de moda y sus botas camperas relucientes. Parecen mayores. Corren alocados, por el empedrado que les lleva a la Plaza, como los danzantes zancudos de las fiestas de la Virgen de agosto. Unos metros antes de llegar, cuando todavía no los baña la luz amarillenta ni el olor a fritanga, guardan el sofoco, peinan sus cabellos grasientos y encienden los Camel sin boquilla regalados. Con un guiño de ojos se dan el visto bueno. Esta vez sí, parecen quererse decir.

Aquello es un colmado de risas y voces. Nubes grises de polvo y tabaco fundidas en niebla de fiesta. Al fondo, sobre el entarimado, apenas se escucha la música de la orquestina de Lucas. Dos, tres sorbos de aguardiente, para abrillantar la mirada, para mear la timidez. Buscan al resto de mozos y, sin despegarse, como lobos en manada, recorren el baile en busca de centellas de ojos verdes, de cuerpos apretados y perfumados, de volúmenes notables de mujer. Codazos como timbres. Avisos de cazador.

Quietos, que están ahí.

Las muchachas, arracimadas en una esquina del escenario, fingen no mirar. Ellos, devoran con los ojos, sin disimular su hambre inexperta.

Que si bailas.
Que tú qué te has creído.
Que sólo me creo lo que me dicen tus párpados de faisán.
Que ja, ja, si ahora resulta que saben hablar finolis.
Que tremenda pena la mía.
Que otra vez será, repeinao.
Que cuándo es eso.
Que dentro de unos años, cuando te salgan los dientes, lobito.

La orquestina de Lucas descansa. Trasquilados dos horas después encienden el último pito, ya sin entusiasmo, con los músculos relajados y sin tener que tragarse el humo. Camino del cerro miran atrás al resurgir las melodías de Lucas. Desde allí la plaza semeja un resplandor ahumado, un tanque de aceite hirviendo, una nebulosa de luz. Siguen caminando con la cabeza gacha. Frente a ellos, un abismo negro les devuelve a la realidad del rebaño de animales, de monte y cuadra. Al llegar al puente, al otro lado del cerro, la luna se asoma tiñéndolo todo de un raso azulado. Uno primero y luego el otro, a cantazos con la luna, con su reflejo en el agua, como borrando las sonrisas de ésas que se divertían despreciándolos. Uno primero y luego el otro, hasta la salida del sol.

¿Tú crees qué...?
Sí.

Uno primero y luego el otro, hasta la próxima noche de sábado, hasta volver a jugar a ser mayor, hasta que una de ellas se deje coger y se acabe todo.

14/11/07

LA CABRA o ¿Quién es Silvia?


¿Qué tiene esta obra, que días después todavía estoy conmocionado?
Pues, así, en resumen, lo tiene todo. Todo lo que puedo desear al acudir al teatro. La obra, en sí, es una maravilla de puesta en escena, de tensión en la acción, de presentación de situaciones y, sobre todo, de provocación con la vaga ilusión de despertarnos del letargo en el que vivimos. Pero, detrás de esa aparente provocación que consiste en presentarnos a un “humano” que satisface sus instintos sexuales con un “animal” (cosa que a tenor de la charla posterior a la visión de la obra, no es nada del otro mundo, y valgan ejemplos varios como: perritos cunilinguis, expertos en reptiles, pastores aburridos, Catalina la Grande y sus caballos, etcétera), detrás digo, aparece la verdadera trama: el drama de la soledad. Martín, en apariencia feliz padre, perfecto marido y en la cumbre de su profesión, se siente tan solo que sólo encuentra consuelo a esa soledad en los ojos color miel de una cabra. Un animal al que puso nombre, Silvia, y al que por un momento, pero de todo corazón, considera que ama, que lo ama hasta el punto de hacerle perder la razón. Y es más, lo necesita, sólo con ella se siente feliz, en las montañas silenciosas, sobre la hierba del prado, acariciando el pelo de esa cabra que le mira y mueve el hocico rumiando su irracionalidad. Y el descubrimiento de semejante relación no tiene otra consecuencia que el hundimiento de la Atlántida que hasta entonces, hasta esos 50 años recién cumplidos, ha sido su mundo. Y a todos confunde la relación, por un momento el hijo siente algo más que amor filial por el padre, por un momento el amigo hermana lealtad y traición, y por un momento la mujer se convierte en una verdadera asesina. Por un momento todo se confunde, pero la luz llega cuando alguien menciona que nada importa más allá del qué dirán, que si nadie fuera de las fronteras del hogar, se entera de la extraña relación, la extraña relación con Silvia no ha existido nunca. Para que veas, si no se publica en El Mundo, no existe; si no sale en los programas amarillos de la televisión, no tiene importancia. Así de cínica es la sociedad, así somos todos: unos bellos durmientes en el estado del bienestar.
Eso de la obra. Pero hay más, hay una extraordinaria, memorable, inconmensurable, apoteósica interpretación sobre las tablas del escenario del Tomás y Valiente. Todos se salen, todos bordean la perfección en la actuación, pero José María Pau y Amparo Pamplona, van más allá de lo perfecto para llegar a lo sublime: cada golpe de voz, cada silencio, cada gesto, cada movimiento en escena derrocha trance, pasión profesional, tablas. Asistimos a un ejercicio de usurpación de personalidad por parte del actor que, poseído, se nos muestra como “otro”, un ser escénico capaz de conmover almas, capaz de producir en el espectador un antes y un después de la visión de la obra, una catarsis del conocimiento, una especie de posesión benéfica que tiene como principal efecto el de limpiar de telarañas los rincones más olvidados de la conciencia, esa misma conciencia que nos diferencia a los “humanos” de los “animales”. Tremendo. Y todo desde el simple ejercicio de su profesión. Hasta límites insospechados para un profano en la materia. El camaleón debe mimetizarse con el medio si desea sobrevivir. La transmutación. Así nos lo confirmó el propio Pau a la salida del teatro: “Hay que adaptarse a la sala. En un teatro tan grande como éste, es necesario medir la duración de los silencios y la significación de los gestos para lograr llegar a todos”. Después de sus palabras, nada más se puede añadir.
Bueno sí… una cosa: Te seguiré siempre por esos escenarios en donde te vacíes, Maestro.

31/10/07

RECARGA (Carta de Santiago a los desencantados)



Nora:
Estoy ahora mismo recostado sobre un muro de granito que parece tener millones de años. Acaricio sus vetas irregulares y adivino el norte cuando siento en la punta de mis dedos las costras de líquenes y un musgo húmedo. Cerca de aquí, bajo unas escaleras abovedadas, truena una gaita como un himno al poder del espíritu en homenaje a Liam O’Flynn. Las aristas del campanario de la catedral de Santiago se recortan contra un cielo rosado que anuncia el final del día. Ya falta menos para que tañan las ocho y yo, ya ves, me siento feliz.
Hace unas horas que llegué. He cumplido con todos los ritos en tu honor y le he hablado a Santiago de ti. “Tú no lo sabes”, le he susurrado al abrazarle, “pero ella te adora, aunque le cueste trabajo”.
Después recordé, Norita, todas tus palabras pronunciadas con ése pegadizo deje porteño que nunca te abandonará aunque lleves treinta años fuera de la Argentina: “¿Vos nunca lo apostás todo?”, dijiste como diciendo que me marchara si ése era mi deseo, que no necesitabas ya mis cuidados y estabas harta de mis lamentos de amigo malherido por desamor. “Lleváte ya ese saquito viejo y cambiálo por otro”, añadiste refiriéndote a mi torturada alma.

Te diré Norita que al principio no traía espíritu de aventura y no permití contagiarme del ánimo del peregrino. Te diré que pasados dos días, mientras yo maldecía mi decisión a cada paso que daba, ellos me enseñaron a curar las ampollas de los pies y a ungírmelos con vicks vaporub cada mañana antes de colocarme los calcetines para evitar heridas. Y siempre sonriendo. Te diré que conocí a Carlitos Piña, masajista vocacional y experto en destripar latas en conserva selladas con ira, que me mostró que era capaz de sacarme diez centímetros hacia afuera el tendón en el talón del pié como si fuese la cuerda de una guitarra mientras me realizaba una autopsia de mi anterior vida y me convencía, como tú, de que lo que me esperaba era mucho mejor de lo vivido. Y sí, Nora, solté lastre al final y sentí caer y hundirse aquel pez de plomo que se atravesaba en la garganta y me ahogaba. Y lo vi reposar como un pecio en el fondo de una grieta dónde debe dormir el olvido.
Norita, no lo creerás pero hablaba con la gente, sentía su calor y me emocionaba de nuevo cuando nos ayudábamos unos a otros y nos dábamos ánimos en muchos momentos en los que el camino se hacía duro: si aparecía la lluvia violenta o si el aire nos vencía y caminábamos ladeados o cuando un calambre nos hacía parecer vencidos. Pensaba y los pensamientos ya no eran dardos de hiel. Poco a poco me di cuenta de que volvía a confiar en las personas, ya conoces mi fe, mi única fe en la humanidad, y mi alma se iba llenando otra vez de luz.
Por entonces ya había dejado los llanos, y los pámpanos de hoja nueva ribeteada en granate y, tras Cebreiro, aparecieron los bosques tupidos de entre la niebla de cada mañana y los verdines y musgos como los que ahora acaricio.
No sé cómo explicarte, sería, sí, igual que arreglar un carburador dañado. Lula, Bocho, Corín y muchos más nos cruzábamos cada día, cada uno andaba a su ritmo y nos veíamos, o no, a la tarde en los albergues para lamer nuestras heridas y contarnos las aventuras. Luego reíamos porque en realidad sabíamos que estábamos compartiendo una experiencia única. ¡Qué poca cosa somos, Norita, y nos creemos el ombligo del mundo! Una noche les canté, con aquella voz telúrica que solía poner Babá, acordáte, la historia de los “niños ortigas”, aquellos a los que nadie quería porque no sabían cómo tratarlos, y me hicieron entender que no estaba solo.

Me dio pena, no creas, cuando a primera hora de la tarde divisé éstas torres de la catedral. Me acordé de todos, uno por uno, de todos los que conocí en estos días. Me acorde de ti y revisé la saca. Estaba llena otra vez, Norita, de ilusión y de buen ánimo, con ganas de arriesgar de nuevo.
Ya en Compostela me dejé llevar por los ríos de gente que caminaban por los adoquines siempre abrillantados por la lluvia. Antes de entrar en el caso antiguo, apartándome unos metros a la derecha de la línea ambarina, visité el “Museo do poblo galego”. Yo primero con los hombres, ya me conoces. Ya dentro de las piedras de la ciudad antigua mis pasos se desviaron de nuevo como atraídos por un poder sobrenatural y me llevaron a “Casa Troya”, construida sobre las ruinas celtas origen de Santiago de Compostela, según me dijeron. Había oído hablar de sus historias de estudiantes y tunantes. Bonito, Norita: su cuadra, sus habitaciones de pudientes y parias, el ático-cocina de la hospedera. Bonito, Norita, pero tenías que verla: morenita como una virgen mexicana, con su pelo azabache divido en dos coletas largas y sus ojazos verdes llenos de misterio. Me dijo que me iba a enseñarme la casa, y me dejé guiar. Hablaba en un susurro sólo para mí, me miraba y, cuando nuestros ojos se cruzaban, sonreía con ellos. Me habló de las cintas de las capas de los tunos y del porqué de los cubiertos de madera, de las historias de estudiantes de aquel tiempo, de los objetos curiosos que se exponían. Y yo mudo. Me enseñó un paraguas muy antiguo, me habló de sus varillas que estaban hechas de barbas de ballena, me dejó que alargase mi mano hacia ellas y probase su flexibilidad y cuando las iba a acariciar, apenas un instante antes, dijo: “no se pueden tocar”, y volvió a sonreír con la mirada mostrando una hermosura maligna. Bonito, Norita, como dos centellas verdes que se clavaron dentro de mí y decidí arriesgar, Nora, otra vez exponer mi corazón, y me oí decir: “¿No me enseñarías también ésta ciudad?”, y me dijo que sí, que salía a las ocho y que la fuera a buscar. Y yo loco.
¿Lo ves?, ya estoy otra vez con lo mío, dándole vueltas a la cabeza. Pero no me olvidé de tu encargo, ya te contaré, del posamano, de los golpes en la frente y del abrazo, que ya le dije que era por ti, para que tus piernas aguantasen unos años más antes de dejar de sentir. Te cogí una estampa que llené de sellos de paso y una concha sin sabor a mar pero que desprende el aroma secreto de los bosques de eucaliptos.

¿Sabés Norita?, mientras empezaba a escribir esta carta, justo antes de dejar de ocultarse el sol por entre el tejado de la catedral, me pareció vislumbrar un rayo de luz verde que me recordó sus ojos esmeraldas. Un rayo de luz que me cegó por un instante, como si hubiese visto el fuego de San Telmo, ése que tú dices que viste una vez, sobre el horizonte del mar de piedra. Quizá sea la señal que siempre he estado buscando, pienso, quizá he tenido que recorrer éste camino para encontrarla, como si fuese un rey mago de Oriente y me dejase guiar por la luz de una flecha amarilla que busca mi alma para llenarla de paz. No sé. Y vos, Norita, de verdad ¿que pensás?

24/10/07

BAJO LA MESA

Vibraba con cada gota.
Agitado.
Expectante.
Anhelando sentir una nueva lágrima de té ardiente
sobre mi cuerpo desnudo.

Y después,
unos instantes más tarde,
aquella lengua de colibrí que recorría toda mi geografía carnal
en busca del dorado,
que lamía cada pliegue,
cada espacio de mi piel.

Suave,
delicada,
me estremecía cuando descendía por mi vientre
entre hipos, risas y aullidos.

A ciegas en la locura buscaba asir aquel cuerpo aceitado
que rezumaba placer.
Y,

si aquella taza volcada dejó de gotear,
nosotros,
guarecidos bajo la mesa de la cocina,
ya estábamos fundidos en un mar
de semen, saliva y sal.

15/10/07

LA FRONTERA









La única frontera que reconozco
la forman las babas del mar,
la aguamarina sobre la arena,
que va y viene,
que siente la ausencia de la Luna
y el calor del viento.

Y es frontera indefinida,
perdida en bucles efímeros,
en centellas salinas,
en dorados convertidos en pardos,
en húmedos que son mojados y
al instante
ya ni eso,
ya son secos trocitos nacarados
de vulva de mar.

Y nunca sé si estoy aquí o allí,
o si quiero cruzarla o no,
pero ando descalzo buscando jugar con ella
para que no me atrape,
pero dejándome mojar los pies.

Y no es frontera porque separe,
nunca pienso en restar,
es frontera porque allí se hace de noche
y no cesa el rumor,
y aunque esté solo o me rodee la gente,
no cesa el rumor,
y cada vez que pierdo la mirada entre los añiles del horizonte,
no cesa el rumor.

Puedo escucharlos cantar,
puedo sentir sus saltos sobre el albero del desierto,
puedo verlos mirar hacia aquí
con los ojos llenos de esperanza,
arrojo en la saliva la hiel de la incomprensión
que mancha sus labios
y los míos.

La piedra habla,
dice el chamán,
señala el tiempo entre las rendijas de las montañas,
es mucho tiempo,
millones de años, quizás ciento cincuenta millones,
cuando se seque el mar
y desaparezca la frontera,
pero entonces será tarde,
les oigo susurrar,
y ya no habrá ninguna mirada sobre este mundo,
ninguna,
capaz de conmover.

8/10/07

EL HOMBRE ALMOHADA



El jueves 4 de octubre, a las 22,00 horas, varios conmocionados departían a las puertas del Círculo de Bellas Artes sobre la obra de teatro que acababan de disfrutar (?, nosotros, sí). La impresión era unánime: se obtiene lo que se pretende obtener del espectador (incluso también del lector, según aseguran fuentes documentadas con alto nivel de inglés que han leído la obra –nosotros no encontramos la obra traducida al castellano–): que asuma su condición de alimaña, que se dé cuenta de en qué cosa se está convirtiendo, que se reconozca frente a uno de los retratos de Francis Bacon,

EL HOMBRE ALMOHADA, obra de Martin McDonagh, puesta en escena por la excelente compañía extremeña Teatro del Noctámbulo, removió nuestros sentimientos más abisales, nuestros más profundos instintos de bestias animales, aquellos que nos ocupamos diariamente de ocultar. Y no es que se nos mostrase una realidad descarnada ante la que todos giramos la cabeza (malos tratos a niños, influencia de esos malos tratos en los adultos que de niños los han sufrido, personas despreciables que no admiten la deformidad, la muerte como solución para evitar un futuro lleno de desgracias, la ayuda al suicidio no sólo para evitar el dolor físico sino también el psíquico de una vida llena de amargura, y, lo que más escandaliza, la propuesta de esa ayuda a los niños para evitarles sufrimiento); es que lo que mostró es lo que más nos gusta ver –a pesar de que lo neguemos– en nuestra nueva condición de “mirones” de la crueldad, de la insensibilidad, de la falta de educación. Eso nos revelan a diario las televisiones de todo el mundo con el objetivo de distraer la atención sobre lo que realmente importa, sobre lo que realmente está pasando en nuestro planeta. Tool, en su tema Vicarious (álbum 10.000 days, 2006) habla precisamente de esto: somos unos vampiros voyeuristas sedientos de sangre y tragedia. En eso nos hemos convertido. Nos va el morbo, lo negamos, pero nos gusta. Y eso no está mal, el interés malsano forma parte de nuestra vida, lo que no debemos olvidar es que el morbo está siendo desplazado desde nuestro interior (el lugar natural en el que reside desde que se abandona la infancia y empezamos a comprender –por educación, no por moral religiosa, ni nada parecido– que ciertas cosas no se deberían ni pensar), inserto en los estratos más endodérmicos que ocultan nuestra animalidad, y se está ubicando en las primeras capas de nuestra piel. Ahora lo obtenemos con sólo rascarnos. Y el efecto más indeseable que se ha producido, es que ha desplazado a nuestros mejores sentimientos, aquellos que nos hacen ser personas; a aquellos lugares internos del alma más abismales, más profundos de nosotros mismos, de modo que nos produce una ceguera, una insensibilidad extrema, una absoluta despersonalización, una preocupante falta de humanidad.

Eso utiliza Martin McDonagh para hacernos reflexionar: es cruel sí, pero es la realidad, está ocurriendo. Al fin y al cabo... ¡se trata de un alegato contra el maltrato de niños, a ver si os enteráis! Y, aunque parezca mentira, las formas les molestan a algunos poderosos, sin interersarse por el fondo o, mejor dicho, por la sanación que puede traer su lectura o su visualización. Por eso, está vetado en muchos países del mundo y censurado incluso en su propia tierra natal.

2/10/07

TRIBUTO A DAVID GONZALEZ

Me gusta eso de "tributo", me recuerda a los homenajes que bandas de rock nuevas hacían (hacen) a bandas más antiguas. Es una especie de reconocimiento, como hice yo el año pasado para celebrar con todos aquellos que quisieron recordar, los 25 años de la salida del primer disco de Leño.
El KEBRANTAVERSOS y la gente de CREATURA, de Illescas, han pensado dedicar su segunda noche de poesía en los bares al poeta DAVID GONZÁLEZ y a mi me parece que no podría haberse elegido alguien mejor.
Será el sábado 23 de febrero a partir de las 12 de la noche en el MALUCA de Illescas.
Aprovecho para volver a colocar el post. Lo mismo alguién más descubre que la poesía desde las entrañas es algo más que simple poesía.

DAVID GONZÁLEZ

Un día largo, de tiempo difuminado como el cielo de otoño. Un lunes de esos lunes que no me gustan. Cansado. Ya de vuelta, en el tren. Mirando nubes bajas a través de la ventanilla aguada. Media hora de viaje y estoy por cerrar los ojos, intentar dormir. En la bolsa, una recomendación de mi buen amigo Bernabé (…ya me dirás, te puede gustar). Poesía ahora, pienso, y no me apetece nada. David González, Algo que declarar. Leo el primer poema, una especie de haiku: Estación terminal.

lápiz y papel
una estufa encendida
casa del poeta

Y en esos treinta minutos no sé dónde he estado. Seguro que a miles de años luz de allí. Escribiendo algo parecido a una poesía, con la mente perdida y el alma de putas. Llego a destino, cierro el libro y bajo al andén. Todo de modo automático. Todavía sin regresar del más allá.

Ahí me has dado Bernabé. Justo en el lugar dentro de mí, dónde me escondo los días tristes de otoño.


Post Data: una impresión duradera, no es infinita. Y lo bueno exige una repetición. No ha sido una casualidad. El segundo poema: Manos, me vuelve a trasladar.

las manos

me decían mis padres
antes de sentarme
a la mesa a comer

lávate bien
las manos

no alcanzaban
a comprender
que los niños
las tenemos siempre
limpias

Para los venerables curiosos:
davidgonzalezpoeta.com

RENDICIÓN

Has llegado a tu casa
y has cerrado la puerta,
como queriendo olvidarlo todo.

Te has descalzado
y has caminado sobre el terrazo
deseando convertirte en hielo.

Te has desplomado sobre el sofá
y has encendido la radio,
pero no la escuchabas.

Has cerrado los ojos
y has intentado llorar,
pero, agotada,
te has quedado dormida.

Rendida.

Rendida.

Rendida.


Poema inédito leído en el Café El Despertar en la Noche en Blanco.

27/9/07

PÍLDORAS



Tienen muchos nombres: microrrelatos, minificciones, microficciones. Yo los denomino PÍLDORAS.
Son pequeñas perlas literarias que concentran en unas pocas líneas –como la esencia de los perfumes– todos los elementos necesarios para impactar al lector. Un minúsculo cuento que esconde más que enseña y que exige al lector su colaboración.
A continuación, os muestro un par de ejemplos. Espero que los disfrutéis.
La voz es mío, y está dentro de Pinball.

EL SUEÑO DE LA MARIPOSA
Soñó que era una mariposa y al despertar no supo si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que estaba soñando ser un hombre.
(Chuan Tzu, s.IV A.C.)

LA VOZ
Juan Ramírez se está muriendo. Está muy malito, lloran sus padres. Tiene mala cara, explican los vecinos. Parece muy grave, comentan por la calle. Está en las últimas, se escucha en la radio. Deberían ingresarlo urgentemente, opinan en la televisión. Desde luego es gravísimo, considera el médico de guardia. Ya no tiene remedio, diagnostica el médico de planta. No hagas caso y vive, dispone una voz cavernosa y profunda.
Juan Ramírez se recupera. Es increíble, exponen sorprendidos los enfermos de la habitación. Es un milagro, sollozan los familiares besando estampas de santos. El tratamiento ha sido efectivo, se felicitan mutuamente los médicos. Otro logro social, informan los medios de comunicación pública. Somos una raza especial, exteriorizan los ciudadanos caminando juntos por la calle. Siempre me ha gustado llevar la contraria, manifiestamente satisfecha retumba la voz interior.

30/7/07

EL LIBRO DE MANUEL


He acabado de leer (por fin, finalmente, pese a no desearlo pero, en fin, algún día tenía que llegar al final) El libro de Manuel. Me ha encantado. Cortázar va más allá (¿más allá todavía? Sí, más allá). Me ha hecho preguntarme si es posible ir más allá de lo que Cortázar ha ido. Más allá significa más allá de justo esa línea donde está el límite en la micrométrica distancia que separa un borde del otro en el filo de la navaja. Más allá quizá sea todo incomprensible, o quizá sea todo fantástico, o quizá no exista más allá, quizá Cortázar sabía que más allá está el absurdo más real o más irreal (en cualquier caso, no creíble para el buen lector). No puedo por menos que recomendaros a todos su lectura. Será algo difícil (aviso), pero gratificante. ¿Qué más he aprendido? El juego. La literatura es un juego y las reglas del juego las establece el escritor. Si quieres jugar, ya sabes lo que hay. Luego no vengas con ¡qué absurdo! ¡vaya paja mental! O juegas o no juegas. No desprecies lo que no conoces. No te rías de lo que ignoras. No seas imbécil. ¿Y qué más he aprendido? Las memorables descripciones, los cambios de narrador, la voz (una voz) de los personajes que se mezcla como una baraja de naipes a punto de ser repartida. ¿Qué tengo grabado en la cabeza? La imagen (sí la imagen, la imagen que me proyecta Cortázar con su narración) de un acto de sodomía contra voluntad que habría que colgar encuadrado en marco de oro allí donde se cuelguen los mejores escritos de la historia de la literatura. En resumen, recomiendo fervientemente su lectura sosegada. Yo ya empiezo a releerlo. Me gusta jugar, y con quién mejor, que con Cortázar.

27/7/07

TRENZO VIENTOS


Trenzo vientos.

Anchos vientos teñidos de cáñamo del norte,
australes, salvajes, inquietas cintas de colores,
tremendamente misteriosas cenefas de oriente,
lejanos susurros llenos de magia gaélica.

Los anudo con armonía hasta conseguir
ese equilibrio necesario para que
refresquen las noches de verano y,
a la vez, eviten despeinarte.

Los ligo para formar
una maroma que te sujete a mi casa.
Los pinto de colores,
negros y dorados,
encarnados y malvas,
otoños y nevados,
brisas y cierzos,
de sentimientos,
de ilusiones,
de pasión.

Trenzo vientos.
Todos los vientos,
corrientes, auras, brisas, ponientes,
me llevan hacia ti.

28/6/07

LA BARBARIDAD

Ellos llegaron y sembraron de sal el camino. Marcharon después en busca del mar. Allí quedó vacía, ennegrecida, calcinada, toda la inmensidad de la montaña, el refugio de la soledad, el sentido idílico de la vida, nuestro santuario.

Mucho tiempo después, ellas comenzaron a arar de nuevo la tierra, a buscar el cristal de los arroyos, los torrentes bravíos de los niños al jugar.
Y de nuevo la fe, de nuevo el buen sentido, de nuevo las risas y las noches con palabras de amor, de nuevo la esperanza en cada amanecer.

Así trascurrió aquel tiempo en el que no se miraba al pasado para dejar de ver aquel bosque quemado lleno de amargura y desolación. Así pasaron los años, hasta que alguno de aquellos niños se atrevió a mirar atrás. Fue entonces cuando le sorprendió el verdor cubriendo las laderas de las montañas, y el agua corriendo por las acequias y los árboles cubiertos de frondosidad. Fue entonces cuando, como estaba escrito, aquella piña cayó y la simiente de la vida se esparció entre la hierba; cuando, tres generaciones después, nadie recordaba la guerra que había arrasado aquel sagrado lugar.

Todo ese tiempo hizo falta para sanar el odio de su corazón, el miedo inscrito en él, sin él saberlo, para borrar el estigma de la barbaridad humana.

7/6/07

LA CASA DE LOS ESPÍRITUS


Shoumila me pidió poder leerlo, y yo obedezco.


A la buena gente de Peñalba de Santiago,
Valle del Silencio,
León


LA CASA DE LOS ESPÍRITUS


Cuando despertó, no recordaba donde se encontraba. Recostado sobre una roca divisaba frente a él, en el fondo del valle, un arroyo que corría rápido entre peñas formando hilos de plata. Era otoño, y los castaños de la umbría semejaban una manta de lana rizada. Matices amarillos y pardos. Lagunas verdes.
El sol se iba ocultando y la ligera brisa del atardecer le produjo un escalofrío que recorrió su columna vertebral. Al agitarse notó un ligero entumecimiento del cuerpo. Llevaba demasiado tiempo apoyado sobre el risco. A su derecha encontró la chaqueta. No tardó en ponérsela, subiendo la cremallera hasta la barbilla. Miró los bolsillos y encontró un paquete de tabaco arrugado y un mechero. Buscó en los bolsillos del pantalón vaquero. Sacó un manojo de llaves de coche y algunas monedas. Las llaves no tenían llavero. Todo le parecía desconocido.
Encendió un cigarrillo mientras contemplaba el ocaso en el valle. Justo debajo de él, una columna de humo se estiraba en busca del cielo. Se asomó con cuidado, y pudo ver un pequeño grupo de casas de piedra que parecían pacer sobre la loma de la montaña. Se incorporó y comenzó a andar en dirección allí. Tuvo que bajar por unos canchales peligrosos que, a cada paso que daba, derramaban cascadas de piedras hacía la profundidad del valle. Al poco tiempo ya se encontraba en la espesura del bosque de robles y castaños. No tardó en encontrar una senda con huellas de animales. Iba recogiendo por el camino algunas castañas recién caídas. Eran grandes y brillantes, suaves al tacto. El olor del humo estaba más próximo. La ausencia de viento hacía que el poblado apareciese difuminado, como si lo ocultase un velo de niebla. Se acercó. Eran cinco o seis construcciones de pizarra, muy antiguas, con el tejado de paja.
Llamó a la puerta de la primera casa. Tenía la chimenea encendida. Esperó pero no tuvo respuesta. Volvió a llamar. Escuchó unos ruidos en el interior, la puerta comenzó a abrirse un poco, lo suficiente para que un anciano de largas barbas cenicientas asomase su cabeza por la rendija.
–Buenas noches. Creo que me he perdido –dijo intentando parecer cortés.
El anciano le miraba con ojos furiosos sin decir nada. Cuando iba a repetir sus palabras, el anciano sacó su huesuda mano por la rendija de la puerta con la clara indicación de que se marchara y no molestara más.
Bajó de espaldas, despacio, los dos escalones que conducían a la vivienda. El anciano tenía algo de misterioso. Decidió llamar a alguna de las otras casas, pero parecían abandonadas.
Un poco más abajo se sintió atraído por el inconfundible olor de castañas asadas. Procedía de una casa más moderna que la del anciano, pero con el mismo tipo de construcción de lascas de pizarra y tejado de paja. Al acercarse unos ladridos de perro le sobresaltaron. La puerta se abrió antes de llegar a ella. Un chico joven, con aspecto de hippie, le guiñó un ojo.
–Andas un poco tarde por estos caminos –pronunció a modo de saludo mientras pelaba una castaña– ¿quieres pasar y tomar algo?
Entró al interior de la casa. Estaba débilmente iluminada pero le pareció un refugio de madera acogedor. Tenía un fuego bajo en el centro de la instancia y, a su alrededor, el suelo estaba alfombrado con jarapas de colores. Como una choza india.
–Creo que me he perdido –dijo a modo de presentación mientras se acercaba al fuego.
–Bueno, todos andamos un poco perdidos –le ofreció un pequeño cuenco de barro–. Vas a probar el aguardiente de Txema –cogió una botella de una estantería–. Yo soy Txema.
Al abrir la botella un aroma dulce inundó la estancia. Olía a manzana. Sirvió un poco de licor y se lo ofreció.
–Muy bueno –dijo después de saborearlo. Debía tener al menos cincuenta grados porque entró en calor al instante– ¿cuántos sois en el pueblo?
Txema le miró como intentando leerle el pensamiento.
–Aunque no lo parezca, aquí hay muchas almas.
Observó más detenidamente el interior de la casa una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. No había ventanas. Ni tenía mesas, ni sillas, ni adornos. Las paredes, como en el, exterior, eran de piedra. El techo era de una madera oscura y brillante, como ébano barnizado. El humo se acumulaba arriba del todo, formando una espesa nube gris. La estancia estaba rodeada de estanterías bajas apoyadas en el suelo sobre las que reposaban cientos de libros repujados en cuero viejo. Txema le acercó un plato con castañas asadas. Tomó una y, sentándose sobre una de las alfombras, prosiguió la conversación.
–Debo de haber dejado el coche al otro lado de la montaña. Paseé hasta la loma y me quedé dormido. Cuando desperté comenzaba a anochecer. Estaba desorientado, vi humo en el valle y he bajado de prisa antes de que pudiese perderme en la noche.
Txema le miraba sin hablar. Se levantó, echó otro leño a la chimenea y sirvió más licor de manzana.
–Bueno –dijo por fin–, dentro de poco tiempo comprenderás lo que ha pasado.
Sus palabras parecían enigmáticas. No se correspondían con su voz melosa y su amabilidad. Mientras le observaba pensó que no se había presentado.
–Yo me llamo Daniel –dijo mientras estiraba su mano ofreciéndosela a Txema–. Estoy de paso por aquí. Me dijeron que este sitio era mágico en otoño y vaya si es verdad.
–¿No recuerdas este lugar?
A Daniel le extrañó la pregunta. Estaba seguro de que nunca había recorrido esas montañas, de que nunca había visitado El valle del silencio. Si hubiese estado antes, lo recordaría. Su belleza era imposible de olvidar.
Iba a contestar cuando sonaron unos golpes en la puerta. Txema abrió. Entró un joven vestido también con pantalones holgados de rayas de colores y camisa hindú. Tenía una pequeña bolsa de cuero colgada del hombro. Se dirigió a Daniel y se le quedó observando con una mirada apacible.
–Yo te conozco –dijo Daniel. Se incorporó y se acercó a él, le miró a los ojos y comenzó a gemir. Abrazó sollozando al recién llegado con ímpetu mientras su mente le mostraba algunos de los mejores recuerdos de su adolescencia–. Me dijeron que habías muerto –susurró mientras contemplaba de cerca su rostro, mientras se aseguraba de que todavía permanecía en su pupila derecha la cicatriz del accidente de moto que le dejo tuerto–. Amigo mío, después de tantos años...
Permanecieron abrazados durante largo tiempo. Sin que Daniel se diese cuenta la casa se iba llenando. Entonces escuchó a sus espaldas una voz conocida, inconfundible, que le llamaba.
–Daniel. Daniel no temas.
Giró la cabeza y vio el rostro de su abuelo Blas. Se abrazó a él intentando comprender qué estaba ocurriendo. El abuelo Blas había muerto hace muchos años. Él mismo acarreó su féretro hasta el camposanto.
–No temas, hijo. Todos estamos aquí.

Tiempo después Daniel volvió a La casa de los Espíritus a recibir a mamá Rosa. Ella le había elegido dedicándole el último de sus pensamientos. Txema le guiñó un ojo mientras le abría la puerta. El aroma a manzana fresca permanecía en la pequeña cabaña de madera. Mamá Rosa le reconoció al instante, y sonrió.
–Cuánto te he echado de menos, hijo.
Se abrazaron al fin.
Como siempre, era otoño, y el valle estaba alfombrado de hojas rizadas de castaño.

8/5/07

AQUEL LAPICERO DE CINZANO


Las noches son interminables y ya no se revuelve en la cama como antes. Está quieta, boca arriba, con los párpados apretados a la espera de que los cubra de oro la luz. No quiere dormir. Prefiere pensar, ocupar la mente con el zumbido de las moscas en la cocina, con los ladridos lejanos en el páramo, contando los descorches del yeso de la fachada que caen al suelo –frutos vencidos por la helada–, como la muda vieja de las serpientes. Pero el sueño vuelve y, otra vez, la ve correr por el sendero del río, camino de casa. Entonces, despliega las pestañas como para despertarse, pero la luz no ha llegado. No es que no quiera soñarlo, es que sabe que nunca podrá dar una explicación. Ella lo sabe. Está resignada desde hace mucho. Ella sí, pero la otra, la niña que la habita mientras duerme, no. Noche tras noche, durante más de ochenta años, demandando una respuesta. Como una mortaja, el silencio profundo en el que despunta redentor el rumor de la nevera, vacía y vieja como ella, le hace estremecerse. Son las peores horas, justo antes del amanecer. Las más solitarias y crueles del día. Cierra de nuevo los párpados con fuerza hasta que llegue la hora de poder sentir el calor sobre la piel. Y la niña vuelve con su sonrisa desdentada y su voz de terciopelo, y le guiña un ojo precioso color caramelo para que la siga. Es ella. Ella misma. Se reconoce de nuevo, hace mucho tiempo, antes de aquello. Pide explicaciones, la acusa de hurtar su felicidad. Siempre ahí dentro, siempre igual, al intentar dormir. Ella, la misma. Justo antes, justo la noche antes. ¿Por qué? ¿Qué quieres de mí? No, ya no es posible; las cosas del pasado no se pueden cambiar. Ya me gustaría a mí poder hacerlo, o poder olvidarlo. Y, mientras tanto, la orina caliente sobre sus muslos, resbalando por el plástico del cobertor. Como antes de aquello, como hace años. Nunca nadie lo supo. Entonces nunca. Se levantaba y cambiaba las sábanas, las enjuagaba en la frialdad del agua del pilón y tiraba la paja mojada en el suelo del granero; luego volvía con haces nuevos y brillantes a confeccionar el colchón. Antes de aquello, cuando la vida era diferente, cuando existían los colores. La niña le guiña un ojo y se ríe buscando la complicidad en la travesura de la orina. Al instante, como descendiendo de un vuelo, se ve en el colegio, levitando desde el techo, observando como la niña mira fijamente a Magdalena. Fue a ella a la que quitó el lapicero de colores, su tesoro, aquel regalo que alguien le hizo, la mina arco iris y el grabado de Cinzano. Fuiste tú, le dice Magdalena a la niña, tú. Y, enfurecida, araña su cara con odio una vez más, y le saca los ojos con dos pinturas de madera. Ya no se ríe, la niña de pelo azafrán que tenía vitrales de caramelo, que es ella, ya no se ríe. De repente el calor, la débil luz que reconforta, los párpados acariciados. Y ahora le da miedo no poder mirar. El trino de los pájaros y el despertar del gallo León, le confirman que todo ha pasado. Ya pronto vendrán a rescatarla del tormento. Ya oye la llave que descorre el cerrojo del portal, el cacharrear en la cocina, los pasos suaves de zapatillas venciendo el entarimado del corredor. Con los párpados cerrados, calientes, pero cerrados, escucha recriminaciones cariñosas de voces familiares. Entonces sí, entonces se despide de la niña hasta más tarde, no sabe porqué cogió el lapicero, no sabía el drama que iba a ocasionar un simple lapicero tornasolado de Cinzano, y deja que la levanten de la cama, que la laven y cambien el cobertor de plástico, y deja que curen sus heridas de la cara, sin hacer caso a las advertencias de noches futuras encadenada a una cama del sanatorio, y deja que besen las cuencas vacías de sus ojos.

19/4/07

NO TE MARCHES


Un sueño. Un auténtico sueño. La luz tamizada que se filtra por entre las rendijas de la persiana. La voz aterciopelada de un clarinete. Y ella que no deja de mostrarme su bonita geografía. Está mirando por la ventana, tras las lamas de madera. Ella está mirando, y yo la estoy mirando a ella. Desnuda, de pié, con sus piernas ligeramente cruzadas y sus glúteos que me imantan. Hay algo más en la habitación, pero no puedo dejar de mirarla. Hace unas horas dormía junto a mí. Hace un instante me dijo que ya no era lo mismo. Un sueño. Un autentico sueño. No recuerdo si anoche llegué con alguien a casa o no, pero hace mucho que regreso solo. Un sueño. No me atrevo ni a levantar la voz, ni siquiera para decir: “no te marches nunca de aquí.”

22/3/07

LAS PALABRAS


El texto que vais a leer procede de una conferencia que el Maestro, Julio Cortázar, pronunció en Madrid en 1981. Compruébese la vigencia del contenido.

Las Palabras
conferencia (Madrid, 1981)


"Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, corno derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo […..] Y así podíamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de tergiversaciones verbales que.como se puede comprobar cien veces, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión de los sexos? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombre que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer? Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.

Fuente: Revista Vox

16/3/07

PEPSI





A Pascual Bailón todo el mundo le llama Pepsi Lo de Pepsi viene de hace años, de cuando Ramona criaba hijos como conejos y en casa había una decena de bocas que alimentar. Por entonces Pascual Bailón se bajaba del andamio corriendo y se colocaba el batín blanco con tres bolsillos y el gorro de medio lado, para recorrer voceando ¡Hay Pepsi fría! ¡Hay Pepsi fría!, cubo de zinc en mano, las gradas del Price, del Campo del Gas o de las Ventas.
Pepsi se acuerda de eso alguna vez, sobre todo cuando alicata. Lo sé porque de repente se queda parado, como pegado a las baldosas de la cocina cuando con el esparto quita la lechada y hace nevar. ¡Una para aquí! ¡Fresquita!, le grito y, al momento, vuelve en sí y menea la cabeza negando no sé qué.
Eso sí era trabajar, Pepsi, le digo.
Eso era una locura, me dice.
¿Y ahora qué?, le digo.
Ahora Coca-cola, me dice, como queriendo hacer raya con el pasado.

Pepsi hace tiempo que no sabe de Ramona, desde que se fugó con un argentino labiado que la llevó a conocer los mares del sur; y los conejos le huyeron en cuanto se hicieron mayores. Él sigue en el tajo, de siete a siete, categoría de oficial de segunda y sueldo de inmigrante ilegal, pero no le importa. Pepsi lo único que espera es que llegue la noche.

Alguna vez voy por allí, escondido al final de la sala para que no me vea. Peluca rizada, polvos de estrellas en los carrillos, pestañas de pantera, labios de vino y traje con mil volantes. Le oigo cantar imitando el acento gitano, y siento como verdaderos los golpes de pecho, el zapateo atronador, los giros desenfrenados, y la música del play-back que parece querer arañar los oídos. Aplaudo como un loco y arrastro a los de mí alrededor. Alguna vez arranco gritos de ¡Viva el Pepsi! Él mira sin ver al fondo de la sala, agacha el cabeza, sincero, y recoge en un abrazo imaginario la ovación, siempre corta, por la impaciente espera de los asiduos para que salga Tania y enseñe las tetas.

Por la mañana todo igual, paredes a enyesar. Si toca alicatado y se queda pegado le grito ¡Una para aquí! ¡Fresquita! y, al momento, Pepsi vuelve en sí y menea la cabeza negando no sé qué.

6/3/07

LLUVIA

Te lames el dedo
después de apartarlo de la herida,
piensas que, quizá,
dejen de arder los campos de adormidera.

Miras al suelo,
quisieras no caminar sobre las aguas,
convertir tus piernas en estacas.

No te importa,
levantas la cabeza y no te importa,
ofreces tu rostro a la bruma,
que lo devore toda aquella tempestad,
que enjuague cada poro de tu piel,
que las sal de tus párpados te recorra el cuerpo,
que se deslice, que te cubra,
que sedimente a tus pies.

Miras al suelo,
quisieras no caminar sobre las aguas,
enraizar en ese lugar soñado,
en donde, quizá,
te sientas segura.

Pero la tormenta pasa,
pronto todo se calma,
acaba la furia
y los árboles dejan de estremecerse,
acaba y tan sólo queda el silencio,
y un par de zapatos mojados en tus pies
y el triste dibujo de una sonrisa idiota.

5/3/07

ME LLAMÓ BOBO




ME LLAMÓ BOBO


1.
Me llamó bobo y me dijo que no sabía que más hacer para hacerla sufrir. Luego cerró de golpe la puerta, y creó un huracán que volteo las páginas sueltas de los borradores e hizo centellear una nube de polvo que acuchillaba la luz que al mediodía penetraba por entre las rendijas de la persiana.
El taconeo furioso se iba perdiendo escaleras a bajo y pude oír el crujido del escalón combado del segundo, lastimero como el de una mecedora vieja. Primero intenté vocalizar un grito de disculpa, que se ahogó dentro de la garganta, y fue sustituido por un estertor ronco y telúrico que seguro procedía de mi otro yo. Luego me alegré de no pronunciar frase alguna que mostrara mi rendición sin condiciones ante lo evidente de mi estado etílico. Perdón jamás.
Me derrumbé asegurando mi espalda contra la pared, dejando caer en la derrota el cuadro de Peter que tanto odiaba ella y la torre de discos compactos que contenía la colección completa de los Rolling Stones. Quedé sentado en el suelo viendo como todavía volaban algunas páginas de espuma blanca que intenté atrapar con la mano de no fumar. Me arrepentí nada mas leer aquella primera línea: “estamos ambos unidos y sin embargo somos seres disociados”, gilipollez suprema, prueba de mi evidente fracaso. ¿Cómo vamos a estar unidos y disociados a la vez? Iba a responderme cuando sentí temblar la pared debido al crujido de la puerta del portal. Inmediatamente después, el telefonillo hirió mis oídos con un pitido de olla a presión infernal que no iba a acabarse nunca. Intenté levantarme aunque sólo fuese para acallar la voz de mi conciencia, pero me era físicamente imposible. Se me ocurrió quitarme el zapato e intentar hacer diana sobre el telefonillo. Tiré sin fe y fallé. El otro zapato me inspiraba más confianza, lo cogí del empeine, sopesé su forma y peso, y lo lancé con la fortuna de ver caer aquella chicharra pálida de cuello enroscado, dúctil y reversible. Escuché entonces unos cuantos insultos procaces y mal entonados que hacían énfasis en la última silaba de una manera alargada y quejumbrosa. Después llegaron las amenazas con el fin de los días y la llegada de las noches eternas frías y sin pasión. Luego la nada, quizás unos lloros o quizás unos pasos asincopados y arrastrados o quizás el sonido de un abejorro de metal. Fue entonces cuando me oí decir, esta vez con voz de trueno, algo así como: “te quiero Perlita”.
Y caían los lagrimones resbalando sobre las arrugas de los carrillos. No lloraba, pero estaba triste. Encendí otro de aquellos cigarros sin filtro que encontré bajo las novelas que Pera traía pensando que valían su peso en oro por ser primeras ediciones. A la tercera calada una voluta densa de humo intentó cegar la luz, pero sólo consiguió difuminarla y encender de azul cobalto aquella habitación. Fue entonces cuando me di cuenta de que las páginas de El mago de burbujas brillaban con detalles de filigrana dorados, y las de Anillos de papel tenían como impresiones de huellas digitales muy pequeñas y alargadas. Por un momento me fijé en las hojas mezcladas en el suelo. Recogí aquellas que estaban más a mano, volví a exhalar otra nube y las lancé hasta verlas volar entre el humo. Un otoño de colores descendía desde el techo de la habitación meciéndose como pájaros imantados. Una sonrisa con baba almibarada se me descolgó viendo aquel espectáculo. De rodillas me acerqué hasta el pupitre donde descansaba El oro de Niebla y lancé unas pocas hojas a la vez que expelía una nueva bocanada de humo. Las páginas se bamboleaban en un tenue compás y se tornaban granate al penetrar en la fumada. El misterio de las hojas de colores según la novela a la que perteneciesen había empezado, Fores Bond intentaría descubrir que se escondía tras este asunto: ¿tendría que ver algo en ello los cigarros de camel sin boquilla? en caso positivo, ¿sería determinante que aquellos cigarros llevasen al menos dos años tirados en el suelo y estuviesen secos y estropajosos?¿cómo se debería entender el código de colores otorgado a cada novela?
No estaba yo para pensar mucho. Para formalizar empíricamente el descubrimiento me vi obligado a lanzar al aire todos los borradores escritos durante aquellos tres años de encierro voluntario en la buhardilla. Un tras otro, después de la calada reveladora, aparecían los folios por el aire en un vaivén esmeralda o dorado o añil. Luego mezclé los colores con intención de recordar los fuegos artificiales de Duratón. Hasta que me quedé sin tabaco. Busqué por el suelo con la nariz pegada a la madera intentando escudriñar lo que ocultaban las bajeras de los muebles victorianos que parecían haber sido construidos con la casa. No me atreví a meter la mano hasta que el mechero alumbró titilante una selva de hilos de seda y cabellos enredados. Después, ya de rodillas, desalojé los libros de los sillones y levanté los cojines, pero tan sólo encontré restos de una pizza, un puñado de pipas tostadas de girasol y diez o doce gomas usadas de un amarillo cavernícola. Uno por uno los estantes quedaban vacíos de libros mostrando el polvo que la calle traía hasta aquella ventana orientada a mediodía. Exhausto, decidí dormir antes de volver al misterio de las hojas de colores. Si lo recordaba.



2.
A esa hora, un día cualquiera de junio, ella estaría bebiendo agua gaseada en la terraza del Harris o en el Leyton. Miraría por encima de sus gafas de sol de concha negra y cristales ahumados tipo Jacqueline Onassis y escribiría en una pequeña libreta de tapas azules o verdes notas sueltas para un poema o para un relato corto. Seguramente Iris y Nacho se dejarían caer por allí y preguntarían por mí. Ella dirá que decidí aprovechar una veta de exquisita locura creativa y me disculpará ante una ausencia que no impediría tomar la noche a tragos. Llevará un traje oscuro corto y recto que no permitirá definir sus líneas corporales y unos zapatos bajos hechos por Luiggi. Reirá como siempre ante las gracietas de Nacho y desviará las miradas de Iris cuando intente adivinar qué está pasando. Picarán algo en el Universal si no logran convencer a Boris de que a más aperitivo más consumición. En un momento dado, como quién no quiere la cosa, pasará al vodka con hielo y limón natural, y creará arpegios de palabras que nunca recuerda apuntar tal como nacen, y serían lo mejor de sus escritos. Es entonces cuando yo debo estar allí, acompañando sus carcajadas con aplausos de promo y bebiendo el aire que la envuelve, tomando notas para futuras novelas.
Me convezco y tras una ducha fría estoy dispuesto a morir por ella. Salgo tocado de sombrero de paja de ala ancha, casaca y pantalones de cáñamo ocre a juego con las sandalias de Luiggi. Salgo con paso decidido y dispuesto a velar armas que impidan la disociación de dos seres. Me meso la barba de tres días y pienso en la noche queriendo que sea estrellada para poder subir al observatorio-azotea y contarle otra vez la historia de Orión y Centauro. Pienso en la boca de carmín y en su mirada de desprecio cuando quiere herir de verdad. Pienso en azul cobalto y en dorados y esmeraldas y grises y negros que no sé qué quieren decir. Y la veo meneando la pierna cruzada sobre la nalga, sujetando el zapato con la punta de los dedos en un equilibrio que nunca le falla, con los brazos apoyados sobre la mesa circular y las manos sujetando su barbilla y me presento con actitud de prestidigitador y me mira y sonríe y no dice nada.
Iris sabe, ya me conoce, pero no la dejo hacer. Beso su frente, y la de Nacho, y busco la boca rabiosa que no se esconde. Boris trae el té del anochecer, cargado de hierbabuena y sándalo y aroma de lima-limón. Sobre el toldo el azul del cielo se emploma y escucho las lapidarias de Perlita que muestran olvido, perdón nunca, y vuelvo a escribir de oídas.



3.
¿Cómo decirte y explicarte?¿cómo ordenar las páginas barajadas que cubren el suelo? Ya no están tintadas, ni refulgen, ni hay humo azul, ni escucho tu voz metálica a través del telefonillo descolgado, ni me hieren las palabras, ni el silencio suena a reloj de pared.
Verás, necesito un camel, no te rías, por favor. No, no vale cualquier cigarro, no es lo mismo. A veces ocurre que una luz se crea y no vuelves a verla nunca, a veces recuerdas un sueño que te parece vivido en otra realidad, y no siempre es explicable. Pero no un camel cualquiera, debe llevar al menos dos años escondido en algún rincón de ésta casa. No te rías, hablo en serio.
¿Recuerdas la noche en la que Pam nos habló de aquella chica que se le aparecía en la piscina de la urbanización cuando estaba sola? Yo la creí, de verdad, no te rías, tenía grabada en la cara una mueca de miedo que no podía ser fingida. ¿No lo crees? Eran figuritas: en unas hojas filigranas de oro, en otras huellas digitales diminutas como de carbón, en las de El oro de Niebla eran ribetes púrpura. Un espectáculo, tú dirás, sólo necesito un camel o, a lo mejor, otro portazo huracanado o pensar con el alma triste en ti, y cada borrador de novela volverá a ser un ente disociado. No te rías Perlita, eso alguna vez lo dijiste tú.

2/3/07

LA DECISIÓN

LA DECISIÓN
( “Bad boy boogie”)

“¿Vos nunca lo jugás todo?”
Le miré a los ojos y un rayo helado atravesó mi pecho. Se repetían los ecos de sus palabras y bajo ellas resonaban frágiles las mías, las que pronunciaba cada noche al salir del local de ensayo, el rezo diario antes de acostarme: Daría cualquier cosa por ser el mejor, por llegar a alcanzar el éxito, la cima, the top. Eso pensaba y ahora me sentía como un cagón, como un mierda sin decisión. Agaché la cabeza y mi mirada se perdió hasta llegar allí donde resucitan las almas. Un mediocre, un fracasado. Ahora tenía la oportunidad y temblaba de miedo. Acaricie el mástil de la guitarra Gibson sin sentir el calor de su tacto pulido y cerré los ojos. Me imaginé sobre aquel escenario que bramaba con estallidos de luz, haciendo saltar a la gente con ese ritmo de ira que llena las cabezas de sordera y locura. “El mejor, pibe. ¿Qué pensás, tolo? Andate tranquilo, esta clarito”.
Abrí los ojos y aquel siniestro personaje había desaparecido. Suspire profundamente. ¿Y si era verdad? Sonreí al fin alegre por no tener que decidir, por no tener que jugar esa carta que quemaba en mi mano, que me empezaba a asfixiar. Volví con el grupo. Ejercité durante unos minutos mis brazos, mis muñecas, mis dedos; arpegié en fa todo el método Satriani y serené mi espíritu con un sorbo helado de Jack Daniels. Afuera la gente pateaba impaciente. El camerino prefabricado temblaba. Comenzábamos a sudar. “El mejor, pibe. Por un poco de vida. ¿Vos nunca lo jugás todo?”, volvieron en cascada sus palabras a mi cerebro.
Controlé mi respiración hasta casi oír mis propios pensamientos. Estaban llenos de arena del desierto, dorada y muy fina, que volaba cabalgando sobre las crestas de las dunas. Ningún sonido llegaba a mis oídos ahora. Sobre ese mar aislado de silencio interior me oí decir: “trato hecho”, y en ese mismo momento sentí que una lágrima de fuego penetraba en mi pecho recorriéndome por dentro, como un latigazo eléctrico que llegaba hasta las yemas de mis dedos, insuflándome la sensación de algo parecido al absoluto poder.