El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

23/4/15

"Inspiración", un relato inédito como regalo para mis amigos/lectores este día de las letras de 2015



INSPIRACIÓN

Para Poli G. Navarro


Sancho Rodríguez es, según el anaquel con forma de pódium de la Casa del Libro y las listas de las obras más vendidas de los diarios culturales del país, un escritor de élite, uno de los escasos ejemplares de literatos que pueden vivir cómodamente de la literatura. Cada nueva obra que presenta al editor es objeto de tiradas de cientos de miles de ejemplares, cuenta con rendidos admiradores que una y otra vez quieren leer sus historias (siempre la misma, ya lo dice él) y, para no dejar nada al azar, la editorial invierte mucho dinero en publicidad, en presentaciones por todo el mundo y en la búsqueda de reseñas que capten a los indecisos. Además, sus libros salen al mercado en las fechas estratégicas muy estudiadas.

Sancho Rodríguez echa la mirada atrás y claro, por supuesto, al principio las cosas no eran así. Entonces recuerda, bueno, intenta recordar, los inicios. Suele reírse, a carcajada limpia desde hace unos años, porque vuelven a su cabeza los pájaros de entonces. Reír es una forma más de disimular el miedo. Alguna vez se la levantado de su diván y ha buscado en su despacho aquellas primeras piezas narrativas que nadie osó publicar, claro, que coleccionaron todos los noes del mundo editorial, y que pretendían romper los esquemas de la narrativa tradicional, dinamitar las letras, proyectar un futuro desconocido. Esos manuscritos que más allá de la mirada poliédrica, de la eliminación del tiempo en la narración, más allá de la deconstrucción esquemática, de la glosa inventada, de la palabra recién parida, pretendían orientar a una nueva dirección el mundo narrativo. Alguna vez ha pensado que, ahora sí, era el momento de sacarlas a la luz, que ahora que su nombre está escrito en calles y plazas de todo el mundo, que ahora que se le estudia en las universidades, ahora sería el momento adecuado para lanzar aquellas propuestas narrativas que todavía nadie se ha atrevido a lanzar. Pero algo se lo impide, algo superior a él.

Entonces recuerda la primera novela (novela, porque lo demás no vende, por lo menos no vende como la mayoría de editores quieren que se venda), aquella historia que renegaba escribir porque constantemente acudía a su cabeza. No parecía mala historia, de hecho, como se demostró con la publicación, no lo era, pero a él no le apetecía escribir historias que se le impusiesen, y menos una novela. Sí, aquella historia que volvía y volvía, su último recuerdo al acostarse y su primer pensamiento al despertarse. Al final se decidió a escribirla, solo para dejarla plasmada sobre el papel, con el íntimo deseo de que no volviese más, de olvidarla. Lo hizo renunciando a unas sagradas vacaciones de verano, el único mes de escritura que podía permitirse en el año, como si fuese un exorcismo, engañándose y obviando aquellos otros escritos criptográficos que eran lo que en verdad deseaba escribir, aquellos cuentos fantásticos, casi surrealistas, trasgresores con todo lo que hasta ahora se estaba escribiendo, aquellos relatos que en realidad enteramente escribía el lector.

Las doscientas setenta páginas de la novela se fueron acumulando a la derecha de su máquina de escribir. En esta ocasión parecía imponérsele la estructura tradicional, el juego de tres historias paralelas que confluían al final en un nudo de maroma. Él solo quería llegar al final, y escribía pensando en eso, en poner un punto y dejar el resto del folio en blanco. Veintiocho días estuvo así, agachado sobre la máquina, plasmando vicisitudes y sentimientos que un demonio interior, hasta ahora desconocido pero perseverante, le dictaba. Y claro que llegó ese día en el que el último folio reposaba sobre los demás.

La sensación fue extraña, no resultó el alivio que él pensaba que resultaría, pero dio el asunto por zanjado. En su fuero interno, en su pensamiento más escondido, sabía que aquello había sido un diezmo para evitar levantarse cada mañana obsesionado con aquella historia tan manida y universal, aquella historia de amor y de odio, de trasgresión familiar, de muertos silenciados y de ejercicio arbitrario de poder, aquella historia que no aportaba nada nuevo a la literatura, que detestaba porque en su fuero interno sabía que era otra historia más que se olvidaría en unos años, eso si llegaba a cuajar. Y con este sentimiento de saber que se había engañado con la pretensión de calmar el espíritu inquietante y pesado que le dictó la narración, se acostó aquella noche, convencido de que el sacrificio, casi un mes, la totalidad de las vacaciones del año, el mes que más deseaba que llegase porque le permitía lecturas de cientos de páginas, paseos inspiradores y escribir sin la presión del sueño o sin la espada de que llegasen las siete de la mañana para volver a trabajar en la oficina; de que ese sacrificio había valido la pena con tal de que aquella narración que cada noche había acudido a su mente, con la que cada mañana despertaba, aquella narración completamente escrita antes de plasmarse sobre el papel, la olvidaría para siempre y jamás recordaría nada de ella.

Durmió toda la noche sin apenas moverse del sitio, sin las vueltas de cama de antes, se sintió descansado cuando despertó, incluso esbozó una sonrisa de triunfo al tener que ser él el que recordase que no había despertado obsesionado por la historia, que había sido él el que la invocó con su recuerdo. Tan solo un algo le hacía dudar, un algo que no sabía identificar muy bien, que no podía precisar. Pero ese algo no le obsesionaba, no se le imponía como la historia, y le permitió volver aquel día a los paseos y a las lecturas y a las reconstrucciones, a las nuevas e inverosímiles propuestas literarias.

Aquella tarde, penúltima de vacaciones, logró escribir el relato al revés que llevaba tantos años buscando. No se trataba de alterar el orden de cuatro o cinco escenas, de anticipar el final y narrar la historia de atrás adelante. Eso ya lo había conseguido en alguno de los relatos. Se trataba de escribir línea a línea, frase a frase, palabra por palabra todo el relato, rebobinando el carrete del sedal hasta que el plomo y el anzuelo quedasen arriba de la caña con el gusano retorciéndose antes de ser lanzado al agua pero después de haber sacado el pescado. Qué satisfacción la de Sancho Rodríguez, que alegría le embargaba, lograr esto había compensado el sacrificio de aquella historia que se le había impuesto sin él querer escribirla.

Al día siguiente, un día siempre triste el anterior a la vuelta al trabajo para los que, como Sancho, no trabajaban en lo que querían, para los que lo detestaban y preferían perderlo pensando en su mala suerte, al día siguiente digo, el despertar fue más inquietante.
Ese algo de la noche anterior se instaló en su mente y empezó a cobrar forma. Él se imaginó lo que estaba ocurriendo, pero no quiso dar crédito porque significaba estar condenado, significaba que aquella pesadilla no tendría final. Y así fue, Sancho Rodríguez estaba condenado a escribir novelas de éxito, novelas y novelas, hasta su final.

Ríe el escritor con aquellos recuerdos de hace tantos años. Entonces todo aquello le preocupaba. Pasaron los días de angustia y las visitas al psicólogo, pasaron las noches insomnes y los intentos por luchar contra sí mismo. Hasta que envió aquel manuscrito de novela, no a cualquier editorial, a la más poderosa, porque algo interno, quizás el demonio dictador, le decía que tenía que ser a la más poderosa, y recibió una carta preguntándole si tenía algún manuscrito más. ¿Alguno más? Por entonces serían siete u ocho las historias dictadas por aquella vulgar voz interior. Aquel espíritu interno que tan sólo le permitía un día con su noche de descanso entre novela y novela. Envió el resto de novelas manuscritas a la editorial y la respuesta fue una invitación a una comida para discutir los términos de un contrato vitalicio. Claro que se ríe ahora Sancho Rodríguez, porque nunca pensó que aquellas historias noveladas fuesen a interesar a nadie, porque lo único que el público podría conseguir con su lectura sería entretenerse, porque no había nada detrás de esas historias, ningún secreto, ninguna trama escondida, nada que le permitiese al lector participar activamente en su construcción.

Pero el baño de masas de lectores fue oceánico desde el comienzo. También influyó, claro, el marketing diseñado al milímetro, la bestial campaña de publicidad. Aún así, hasta los gerentes de la editorial estaban sorprendidos porque aquello aseguraba una continuidad pocas veces lograda. Año tras año, feria del libro tras feria del libro, no se apeaba del número uno. Y, cuando comenzaron las traducciones, aquella locura se exportó de tal manera que en todos los sitios requerían su presencia. El lanzamiento de un nuevo libro significaba ocho meses de presentaciones, de firmas y coloquios, de cenas-entrevistas y desayunos con la prensa. Luego llegaron los premios, los reconocimientos, las invitaciones a participar como jurado en los más grandiosos certámenes literarios y los actos a los que jamás pensaba que podría acudir.

Sancho Rodríguez recuerda muy bien aquella mañana, cuando dejó la oficina para siempre, recuerda muy bien aquellos primeros días en el nuevo ático con vistas sobre el Parque Central, recuerda mejor aún la boda con aquella modelo que fue princesa del corazón, y recuerda con fervor aquella primera ocasión que tuvo de mirar atrás y el vértigo que lo inundó. Recuerda también, como una enfermedad crónica que siempre le acompañará, aquellas ganas de narrar como nadie jamás lo había hecho, aquellos relatos que hubiesen intentado cambiar concepciones narrativas anquilosadas, aquellas propuestas literarias alternativas. Son pellizcos dolorosos que de vez en cuando le da esa otra parte de su alma que no se vendió al diablo. De vez en cuando, en esos días huérfanos que se permite entre novela y novela. Y ríe, porque ahora, no sabría qué contar fuera de lo que le dicte esa voz interior y, sobre todo, no sabría cómo hacerlo.

Porque reír es una forma más 
de disimular 
el miedo.

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009
P.S. Imagen de portada del polaco Zdzisław Beksínski

16/4/15

"Mi marido es un mueble", un libro de relatos sobre el mundo subterraneo de la pareja

Es un placer anunciaros que ya está disponible en venta on-line en la web de Lupercalia Mi marido es un mueble, el primero de los libros de relatos que publico. Además, como oferta de pre-venta, por la compra de un ejemplar Lupercalia regala otro ejemplar de Esquinas, el maravilloso libro de relatos de mi amigo y cómplice, Pepe Pereza.

Podéis conseguir el libro aquí. No hay gastos de envío y es una oportunidad única de llevarte dos libros que, creo, merecen la pena.

Después de quince años dándole al cuento, como profesor en talleres de creación literaria y como escritor compulsivo de relatos a la búsqueda de la conmoción en el lector, y después de declararme cuentista y, por tanto, fracasado en el éxito literario, llega este libro que sin duda muestra la literatura que me habita. Soy un defensor del cuento como arte narrativo mayor, el cuento como hermano de la novela, no como primo lejano. El cuento como comida principal del menú, no como un simple aperitivo. El cuento como un lugar en el que vivir, no una estación de paso camino de la narrativa extensa. 

Espero que disfrutéis de estas diecisiete historias que giran en torno al mundo de la pareja o, mejor dicho, al submundo apenas perceptible que la rodea y que solemos llamar genéricamente (para evitarnos pensar de qué se trata en realidad) como "relaciones de convivencia".

La portada del libro es del fotógrafo Javier Jimeno Maté (Diablo.es). Gracias amigo.




La sospecha de una infidelidad, un necesario régimen de adelgazamiento, la misteriosa desaparición en un espectáculo de magia, la terrible sensación de sentir el menosprecio de los demás, una mutación inexplicable en el comportamiento de la pareja, la necesidad de momentos de soledad, una reunión de trabajo agotadora, la más intensa ola de calor, un atentado terrorista... Cualquiera de estos elementos puede provocar un cambio sustancial en una relación de pareja. Quizá por sí solos no serían decisivos, pero sumados a factores cotidianos de convivencia, producirán efectos impensados.

Cada elemento relacionado se corresponde con una historia que podrán leer en este libro. Esteban Gutiérrez Gómez muestra aspectos muy íntimos, ubicados cerca del alma, en el mundo de la pareja. Aspectos conocidos pero totalmente inexplorados.

Parejas que subsisten a pesar de que nunca ha existido un vínculo sustancial entre las personas que forman la unión o, como contrapunto, parejas que defienden su relación a pesar de todos los males que les rodean. Todo tipo de relaciones tienen cabida en el libro.
Y es que el mundo de la pareja es único, excepcional en cada caso.

Mi marido es un mueble es el primer libro de cuentos publicado de la trilogía Asuntos domésticos, en la que Esteban Gutiérrez Gómez aborda las relaciones de pareja desde perspectivas tan cotidianas como inusuales.


MI MARIDO ES UN MUEBLE
Esteban Gutiérrez Gómez
Editorial: Ediciones Lupercalia
Colección: Compacta

Encuadernación: De bolsillo
Año de edición: Abril de 2015

P.V.P: 12,95 euros
Número de páginas: 144
I.S.B.N: 978-84-943332-3-1

EDITA

Pda. La Boquera, La Romana Alicante -03669


DISTRIBUYE


7/4/15

David González presenta su nuevo proyecto literario, "Campanas de Etiopía", en León


Proyecto, mixtura de relato y poemas, que acabo de leer, junto con el trabajo de Natalia Salmerón sobre el autor gijonés. Como, además de amigo, soy un forofo de la literatura de David González, quizá caigan en saco roto mis palabras, pero anticipo al lector una sorpresa mayúscula cuando descubra la prosa breve del autor asturiano, tan acerada como sus versos.

Como amante del relato corto, ya advertí en David González una capacidad especial para lograr la conmoción con sus textos en prosa en los primeros libros del autor gijonés. Esa capacidad la ha mantenido hasta hoy y avanza en la forma, de modo que el mismo texto acepta dos tipos de lectura: una directa y otra natural ("directa" y "natural" son términos míos que califican la lectura, no exportables a otros textos, aunque sí a algunos de los poemas). ¿Cómo logra David González esas dos lecturas? Para saber eso tendrán que leer Campanas de Etiopía, no pienso dar ni una sola pista para no quitar al lector el placer de la conmoción.

Por cierto que como poesía de la consciencia etiqueta Natalia Salmerón la producción literaria de David González, y estoy de acuerdo con ella, si bien el autor gijonés busca siempre perturbar al lector, estremecerle, mover sus cimientos, hacerle sentirse vivo.

Los poemas siguen también el avance formal del autor gijonés, con utilización de los dos puntos para dar continuidad a los poemas y la utilización de citas al final de los mismos para remarcar el sentido de sus palabras. Utiliza el mismo modelo que en los relatos para ofrecer dos tipos de lectura en algunos de los poemas y, lo que es más significativo, además de la confesionalidad propia de su obra literaria observo una universalización mucho más clara que en otros de sus trabajos de los "temas" o "asuntos" tratados. Da la impresión de que un gran haz de luz se esconde tras ellos y, lo que es más sintomático, de que detrás de este libro hay algo grande, algo quizá que está por verse, pero que lo cambiará todo. El subtitulo del libro (Los que viven conmigo. Cuaderno 1) es premonitorio. Sé que David González ha estado trabajando muy duro estos últimos años, y sé que este libro es la punta del iceberg. Me alegro, pues, he disfrutado de la lectura y sé que disfrutaré mucho más de lo que tenga que venir.

Bacø, 2015

20/2/15

ARDIMIENTO: Recital y concierto en Fuenlabrada. Sábado 28 de febrero a las 22:30 horas en la Sala SoundKiss

El sábado 28 de febrero a las 22:30 horas, junto con Miguel Ángel Cortes (guitarra eléctrica y voz), presentaré y recitaré poemas de Ardimiento en Fuenlabrada. Un año después de su publicación, se cerrará la gira de presentaciones de este poemario en mi ciudad.

Mi amigo Javi Pascual, poeta, compositor, guitarrista y cantante, llega con su banda SIMULACRO a la ciudad. Inicia la gira Matrimonio de conveniencia con la banda LOS LINCES por toda España y me ha invitado a abrir el concierto con mi poemario.

Agradecidos, así lo haremos Miguel Ángel Cortes al blues y yo con el verso. Las dos  veces anteriores en las que MAC y yo hicimos este combinado de música y poesía surgió una magia especial, así que repetiremos la invocación a la fantasía.


SALA SOUNDKISS 
Calle Castillejos, nº 4 (Fuenlabrada)
22:30 horas
ARDIMIENTO (poesía&blues)
LOS LINCES (rock'n'roll)
SIMULACRO(rock'n'roll)


30/12/14

Lecturas 2014

Más un buen puñado de proyectos literarios de amigos que ya han sido o están siendo o van a ser editados.

Gracias a todos por las horas de satisfacción. 

19/12/14

"Como un canto rodado" (El Laberinto de Noé, Ed. la Tierra Hoy, 2008)



Recupero uno de los cuentos de El Laberinto de Noé
La gran noticia es que en primavera de 2015 por fin se publicará uno de mis libros de relatos.
El primero de una trilogía.












Como un canto rodado




No conocí a mi padre. Se marchó de casa cuando era pequeño. Ella decía: “Aquel cabrón dijo que iba a echar gasolina al coche, y no regresó. Hijoputa”. Así que, al principio, mi padre era para mí el diablo. Ella no se cansaba de montar el espectáculo a todos los que llegaban a casa agarrados de su cadera. Ponía voz de niña traviesa y me susurraba: “Chiquí, dile al tío Tal o Cual, cómo era papá”. Y yo decía: “El puto diablo”. Y ellos reían a carcajadas antes de meterse a jadear a la habitación. Luego no. Luego se va uno dando cuenta de las cosas y lo que piensa es que no sabe cómo pudo mi padre casarse con alguien como mi madre. Ya ve. Cosas de la vida. No, gracias, no fumo. Donde vaya me irá bien. Yo tardé también poco en marcharme de allí. A la primera hostia que me soltó uno de aquellos tíos. Tenía pretensiones de apoderamiento del hogar. Mamá parecía soportarlo. Le quemé el coche y desaparecí. Luego me dio por pensar. Tenía la obsesión de conocer a mi padre. De alguna manera me identificaba con él. Oí a alguien en la cantina decir que lo había visto en Barcelona, que había montado un negocio. Seguí su rastro, pero Barcelona es muy grande para ir preguntando por uno de Vallecas que hace quince años llegó allí y montó no sé qué. Pero, sabe, la vida te sorprende. Conocí a una chica que trabajaba en la Seguridad Social. A los tres meses de vivir juntos me preguntó por mi familia. Yo no sé mentir. Me dijo que con el nombre completo podría sacar alguna información de Catty, el ordenador central del I.N.S.S. Salió que sí: autónomo, sector hostelería, Balmes 13. Nos acercamos allí. Era un restaurante. Parecía pequeño, pero era precioso, con una puerta metálica como de submarino, con su manivela y todo, y dos ojos de buey de latón centelleante por ventanas. No me atreví a entrar ese día. Por las tardes, a la salida del trabajo en una imprenta, procuraba caminar por las calles de Barcelona. Ya sabe, me gusta deambular por ahí. Mis pies me llevaban siempre allí. Me quedaba observando en la acera de enfrente. Parecía un sitio familiar, de barrio, normal. Sólo comidas y cenas. No debía de haber barra de bar. Alguna vez quise ver algo por el cristal de aquellos aros dorados, pero ninguno de los hombres que vi me pareció que podría ser mi padre. Un día, a media mañana me entregaron un sobre con una nota: estaba despedido. Con la liquidación en  el bolsillo, mis pasos me llevaron de nuevo ante aquella puerta acorazada. No lo pensé más y entré. Me senté al fondo, en una mesa junto a una pecera enorme que hacía de biombo. Estaba llena de peces de colores con reflejos plateados y de plantas que se mecían con el aleteo de los peces. Diez o doce mesas. Alguna pareja comiendo. Un camarero me entregó la carta. La especialidad de la casa eran los arroces (mínimo dos personas). Pedí un arroz a banda para dos, y una botella de espumoso bien fría. Cuando se acercó el camarero con la bebida, le pregunté por él. Me miró extrañado, como si fuese imposible que yo le conociese de algo. “Vendrá más tarde”, me dijo. Devoré aquel arroz, y pedí otra botella de espumoso. Volví a preguntar al camarero. Me dijo que todavía no había venido. Dos cafés y un güisqui más tarde, una pantera dorada se acercó hasta mí. Que si era yo el que había preguntado por el dueño del local, me dijo aquel cuerpo de escándalo. Cuando le dije que sí me miró haciéndome una radiografía. “¿Por qué quieres hablar con él?”. Le dije a aquella amazona que no era su problema, que se trataba de algo personal. “En tal caso”, me dijo, “no puedo ayudarle. Murió hace algún tiempo”. Me quedé perplejo. No lo podía creer. Ella debió observar mi turbación. Volvió a preguntarme por el motivo de mi búsqueda, esta vez dulcificando la voz. Tenía los ojos centelleantes y unas pestañas negras y largas, como las muñecas. Tenía la piel morena de rayos uva y los pómulos sonrosados, como las muñecas. Tenía unos enormes pendientes con zarcillos de oro y filigranas de fruta tropical, como las muñecas. Tenía una boca grande y muy pintada, de un rojo bestial, como las muñecas. Y tenía nuez. Soy su hijo, susurré espantado, intentando digerir lo que me llegaba a la cabeza. Sonrió. Yo soy tu padre, dijo. Y él, ahora ella, me abrazó. Así son las cosas, la vida no deja de sorprenderte. No, gracias, no fumo. Aquella misma noche cogí un tren hacia Europa. No, no huía de mi padre, no estaba escandalizado, simplemente busqué otro objetivo en mi vida. Estuve tres años vagabundeando hasta que llegué aquí. Me gustó. Julie, digo. Nos casamos un mes después de conocernos. Ya ve, casado. Yo era el primer sorprendido. Sentía que algo en mi interior se había calmado en aquella casa junto al Donau, frente al tren de la Ragetzky Platz. Algo de paz en mi espíritu inquieto. La serenidad del hogar. Alguna vez pensé volver a España. Incluso tenía el teléfono del restaurante, pero sentía que el hilo que me había unido allí ya no existía. Lo que pasa es que no sirvo para el sedentarismo. No va conmigo. Estos días de invierno, ya sabe, la noche a media tarde, la gente en sus casas. Recogí a los chicos en la clase de natación. La calle estaba desierta. Se oía el eco de nuestras pisadas. Los dejé en casa. Julie estaba preparando algo de cena. “Voy a dar una vuelta”, le dije. Y comencé a andar, como en algunas ocasiones, por Viena. Aquel autobús ponía “sígueme” bajo el dibujo de un cometa amarillo. Se estaba a gusto dentro. La ciudad se perdía tras de mí, todas aquellas luces naranjas, abajo, en el valle. El bosque olía de un modo especial. Un rumor interno acudía a  mi cerebro, una inquietud efervescente, algo primitivo. La vida es así, sabe. Sí, aquí está bien. Gracias. Oiga, aquella carretera, ¿adónde lleva? Bueno, déjelo, en realidad, no me preocupa en absoluto dónde ir. Siempre he pensado que no se trata de llegar, sino de hacer el camino.

El laberinto de Noé (La Tierra Hoy, 2008). ISBN 978-84-96182-43-1

15/12/14

"Ardimiento" en el blog de Kebran


Collage de Quino Romero para "Ardimiento" (serie Prehistoria)



Kebran habla de poemas-vida, y eso es mucho, porque es la verdad y porque a él le ha llegado así, lo que hace que me dé por satisfecho.

Reseña completa aquí

10/12/14

Presentación del nuevo Vinalia Trippers en Madrid

El viernes 12 de diciembre se presenta Duelo al sol, el nuevo ejemplar de la revista Vinalia Trippers, dedicado al salvaje oeste. 



La tripulación, como siempre, es de lujo:



Y acompañada de Deseo de ser piel roja, un especial poemario del POEMASH.



Será una fiesta. Os esperamos.

2/12/14

GENTE SIMPÁTICA en MONDO SONORO


Aprovechando esta reseña de Santos Perandones (¡GRACIAS!) os dejo con el comienzo de uno de los relatos que se publicaron en Simpatía por el relato. Cuentos escritos por rockeros. Se trata de "El bombo", de Josu Arteaga. Yo no me canso de leerlo.


El bombo

Siempre lo tuvimos claro. El bombo de la batería es el corazón de una banda. El bombo es el latido. El bombeo de energía. No puede haber una gran banda con un batera mediocre. Con un bombo de pichiglás. El guitarra es el que se queda con las pavas. El onanista del mástil. El cantante es la estrella de colores bajo los focos. El que contesta las entrevistas. El que dice las gilipolleces que todos ríen. El que folla. El bajo sólo es una sombra. La sombra del bombo. Lo acompaña y arropa pero no hay otro latido que el del bombo.
Cualquiera que supure rock por su pellejo, sabe lo que digo. El batería es el fusilero que toda banda de rokanrol necesita para cubrirse los flancos. Atrincherado tras chapas y timbales. Casi nadie se fija en el. Pero el y su manera de darle al pedal, son el espinazo del rock.

Éramos dos bandas. Ensayábamos en el mismo local. Ellos se bautizaron una noche de delirio etílico. Los Imbéciles. Siempre me pareció que merecían de veras ese nombre. Los respeté por ello. Por tener cojones de llamarse así. Estoy cansado de ver nombres pretenciosos. Si eres un puto débil mental no te llames: Los Sublevados. Si eres delineante, ingeniero o funcionario de diputación, no te llames: Brigada Proletaria. Si vas a dejar un bolo por ir a una comunión de un primo de Segovia, no tengas los cojones de llamarte: Black priest of Satan.
Estos por lo menos, se llamaban lo que eran y eran lo que se llamaban. Además pagaban su parte del alquiler, no coincidíamos a las mismas horas y no enguarraban el local con litronas, papeo del chino, ni cajas grasientas de pizzas. Así que nos caían bien.
Nuestro batera era una pantera. Poesía en movimiento. Un economista de la energía. Nadie en los contornos hacía sonar la batera como él. Manejaba bien el chaston. No abusaba de redobles ni florituras. Comedido con las chapas. Timbales justos. Con un bombo impenitente. Irreductible e inasequible al desaliento, como un falangista en un bus camino de Euskadi. Un bombo que lo comandaba todo. Un bombo que nos llevaba por la senda de un rock pesado y pleno. De muro de hormigón.   
El batera del otro combo era malo. Malo de cojones. Siempre supe que nunca llegaría a nada. Tocando la batera como lo hacía. Sin fuste. Chichi-pún, chichi-pún. No me jodas. Un poco de sangre la ostia. No sabía darle al pedal. Lo pisaba con unas zapatillas de esas de skin futbolero, pero podía haberlo hecho con unas de bailarina de ballet. El resto de la banda no era ninguna maravilla, pero el batera era una ful. Un insulto al gremio de los machacadores de parches.
A veces me pasaba por el local cuando terminaban el ensayo de los jueves. Yo le decía que estaba mejorando mucho y el me fiaba anfeta para las gaupasas. Manejaba buena mierda. Siempre el mismo veneno que martilleaba mi cabeza, la centrifugaba y hacía aflorar una gota de sangre en la punta de mi tocha.
Todos los camellos caían al final. En el árbol del trapicheo siempre hay algún madero. Está dentro del bisnes y de cuando en cuando poda las ramas que no le dan frutos. Enchironan a un desgraciado, ascienden y siguen moviendo el tema. Pero este cabrón llevaba pasando speed, pirulas, keta y farla unos diez años y nunca había tenido ningún marrón con la cipayada. O tenía la suerte del tonto o se la mamaba a algún txapelas.
Todos mis camellos anteriores chuparon Martutene. Alguien se chotaba y los cipayos tiraban la puerta a bajo. Entraban a las tres o cuatro de la madrugada de un martes. Para cuando querían deshacerse del bakalao en el cubo de la lejía, tenían a los hombres de Harrilson encañonándoles el entrecejo. Después, se les dibujaba esa sombra en las corneas. Esa mirada especial que acompaña a los que han comido maco.
Pero este capullo no caía. Así que empecé a pillarle. Los camellos son como la cúpula de ETA. Cae la ternera pero la vaca sigue pariendo. Mi anterior camello apareció ahorcado en Nanclares. Parece que quiso hacer negocios al margen de los funcionarios. El de ahora era majo. Se tiraba al rollo. Me había llegado a fiar cincuenta gramos unas vacatas que me piré a Azahara de los atunes a fumar polen y orear mis entretelas de gris húmedo norteño. Luego le pagaba. Cuando podía. Teníamos ese típico rollo de camello y yonki. Ese rollete de ir de colegas. De ser uña y carne. Toda esa puta mierda de buen rollo. Falso como la caricia de una top model farlopera, en la cabellera injertada del Berlusconi.

Guardaba las cebolletas en las zapatillas con las que tocaba el bombo. La mierda que nos vendía fukeleaba a puta química. El plástico que la envolvía a pies. Pero no importaba. Los plásticos de las cebolletas se asemejan al astro rey. Cuando el speed desaparece alumbran el suelo. Sin el cierre que guarda el veneno. Con las dobleces que parten desde el centro hasta los bordes. Al modo de los rayos del sol pintados por los niños. Los niños de colegios de pago, que ayer los pintaban y hoy los abandonan en el suelo, por que prefieren la noche en sus ojeras.

A los conciertos de los Imbéciles empezaba a ir gente. Grabaron un disco mediocre. Se veían sus carteles en las paredes de todos los garitos. Tenían su página en el tresuvesdobles myspace puntocom barralosimbeciles y cuatro cientos colegas, los arengaban dejándoles mensajes de ánimo. Telonearon a Chenoa y dieron bolos en Dublín, Edimburgo, Milán y Madrid. Seguían siendo unos zoquetes. Una banda plana, cansina, sin nada que decir y con un paquete a la batería. Cuando yo le decía que estaba mejorando, en realidad le estaba diciendo que lo dejase. Que era un paquete. Malo de cojones. Que quien no domina el bombo nunca será buen batera. Pero cerraba mi bocaza por el bien de mi tabique.
Luego supimos de un julai que movía bandas y que hacía sonar la caja registradora. Tenía contactos en todos los festis grandes, en salas, en revistas que comentan tu maqueta, si compras dos o tres módulos de publicidad para anunciarla. Que te hacen una entrevista si te pillas seis a cincuenta euracos cada uno. Radios pastel en las que suenan pasteladas con la payola pertinente. El rock es como la tesorería de un partido político. Con menos pasta pero igual de sucio.
El alternativo, indie, antisistémico y demás bobadas son la misma mierda con otro apellido. En el rock a nivel local también hay clasismo. Bandas teloneras y bandas estrellas. Las que abren el festi cuando la peña está fría y las que lo cierran cuando las drogas y el alcohol hacen que todo suene maravilloso y hayamos asistido a un concierto mítico. Irrepetible. Inolvidable. Hay bandas con nombre, que tocan cuando quieren en cualquier gaztetxe. Con asambleas que se vuelcan en currar por ese festi al olor de la pasta,  mientras otras se apuntan en una lista sin fin ni esperanza. Una lista a la que nadie recurre y que suele comenzar con un: Ya os pegaremos un toque, ahora están todas las fechas ocupadas, mejor el móvil que el fijo ó igual dentro de dos meses.
El rock es territorio abonado para tontos y para listillos. El clasismo con bandas de primera y bandas del montón, el amiguismo interesado, la mitomanía más enfermiza, las poses ridículas sobre y fuera de las tablas, el favoritismo, la obligatoriedad de tener que estar a la última, el fetichismo de las reediciones, el vinilo de color y la nueva banda de no sé quién que tocó la batera en el 79 con no sé cual, los palabros de moda: Crosover, Nuevo rock americano, Crustcore-D-beat ó metal-pollas en vinagre, el peloterismo coprófago, los expertos en sonido garagero escandinavo de finales de los 80, los catedráticos del punk con master gaztetxero, los calvos supermacarras a los que su madre les plancha la camiseta de
4-skins, los pogueros superleñeros que se mean y se cagan en un desalojo de la pasma, los que odian el beneficio y se dedican a vender lo que da pasta, los sellos que exprimen la teta de los 80 reeditando, remasterizando, revendiendo y convirtiendo en negocio aquello que tenía vocación incendiaria, las feministas que mudan en grupis y los heavy metal-doom-black-gotic-satánicos que se casan por la iglesia católica apostólica y romana, con esa novia formal de siempre, con la que se enrollaron a los 16 años.
El rokanrol es una mierda. Está podrido y no tienen arreglo. Aunque los Imbéciles creían en el. El julay que les fichó les hizo tocar en las Ventas, abriendo para Mikel Erentxun. Nadie se lo explicaba. Sabíamos que eran una puta mierda de banda con un batera malo de cojones, pero Los Imbéciles empezaron con giras, festis con acampada libre, salas con técnico de sonido, rodis, merchandising, oficina de management y web oficial.
Ellos creían que lo hacían bien. Pero yo lo tenía claro. Sabía de qué iba la historia. Todo manager necesita una buena banda y un par mediocres para relleno. No importa el estilo o lo bien que lo hagan. La cosa funciona si son unos simples, se dejen llevar y no rechisten. Esa clase de bandas son un buen culo para los managers. Y Los Imbéciles en la escala de culos, eran el de una rubia sueca en una playa de Almería. Un culazo perfecto para un manager cabrón, que te chulea, te da vaselina, te la endiña y encima es tu mejor colega. El que lo da todo por ti. Una suerte que no mereces y que sólo tienes porque es un tío de puta madre que se enrolla y te da la oportunidad de tu vida.
Nunca veían un chavo y nunca preguntaban por las cuentas. Con tocar y follarse a alguna tía con un par de peras siliconadas ya les valía. El julai a cambio de nada, tenía una banda de relleno y un trapichero para los cabezas de cartel. Por eso seguían en nuestro local. No tenían pasta para pirarse a otro cuchitril más decente. Tocaban en festis de diez mil personas junto a nombres de la lista de los 40, no veían un clavel y todavía pensaban que algún día vivirían en Miami. Al lado de la mansión de ese de los Rolling que se cayó de un cocotero.
Lo que más nos llamaba la atención de todo aquello era que cualquier otra banda hubiera subido ese peldaño dando la espalda a los colegas. Creyéndose la puta ostia con tirabuzones. Pero Los Imbéciles no. Ellos seguían siendo colegas. Asequibles. Majos con nosotros y con todo el mundo. Dicen que la forma más rápida de convertirse en gilipollas es subirse a un escenario. A Los Imbéciles no les ocurrió. Ya lo eran antes de pisar las tablas. A pesar de jugar en la división de los galácticos yo no me quedé sin camello. Incluso presumía de que el mío era el mismo que el de muchas “estrellas”.

Era jueves y fui al local....

1/12/14

Poesía & Blues: ARDIMIENTO en El dinosaurio

Domingo 7 de diciembre 
20:30 horas
ARDIMIENTO
poesía&blues

Guitarra eléctrica y voz, MIGUEL ÁNGEL CORTÉS
Recita, BACØ

El dinosaurio todavía estaba allí
(calle Lavapiés, 8  Metro Tirso de Molina)


21/11/14

ÉTICA DE LA ESCRITURA: CONCIENCIA Y ACCIÓN. Reseña de "Ardimiento" por Ana Vega para el diario La Nueva España




Ardimiento
Esteban Gutiérrez Gómez (Baco)
Zoográfico, 2014
Ilustraciones: Quino Romero
Diseño: Rodrigo Córdoba
Prólogo: Gus Bonilla

ÉTICA DE LA ESCRITURA: CONCIENCIA Y ACCIÓN

Surge a veces el insospechado y afortunado encuentro del lector con un libro que le devuelve al origen, que le empuja al precipicio de encontrarse a sí mismo frente a unas líneas ajenas y qué éstas se convierten en el itinerario personal o ético que comparte con el autor: lector y autor unidos desde entonces por tanto a través de un hilo invisible que anuda a ambos. En esta ocasión surge el milagro. Esteban Gutiérrez Gómez ha escrito y publicado novelas y diario personal y participado en diversas antologías, fue miembro fundador y asesor literario de la revista Al Otro Lado del Espejo, dedicada en exclusiva al relato. Según leemos en su biografía publica su poesía bajo el pseudónimo de “Baco” al tratarse de un “ser disociado”.
Ardimiento es ante todo un ejemplo de exquisita edición de arte, junto a los poemas del autor aparecen las ilustraciones de Quino Romero Ruíz bajo un original, excepcional y cuidado diseño y maquetación de Rodrigo Córdoba. En esta obra encontramos una voz poética firme y contundente, sincera y en ocasiones extrema pues así lo exige la realidad, una voz que no teme narrar sin concesión alguna, sin hipocresía alguna; también cierta autopsia personal –sentimental y racional-, un análisis certero desde dentro hacia fuera y en sentido inverso, una conciencia ética que se manifiesta sobre el papel con toda rotundidad, una poética del hoy  que establece un diálogo automático con el lector de igual a igual. Una poesía visceral pero lúcida, que muestra una reflexión pausada pero crítica, un equilibrio difícil de mantener y que sin embargo se acomoda con total seguridad a lo largo de todo el libro. Descubrimiento como lectora, descubrimiento como ser humano: reconocerse en lo leído y aplicar análisis y contenido, cuestionar y cuestionarnos. Una herramienta o modo de agitar conciencias o despertar. No sé si un arma cargada de futuro pero si de presente, un presente que exige cambio, acción, actitud: “Las cosas no están bien/ y tenemos ganas de seguir malviviendo”. Recordatorio: “Se subasta un pedazo de alma/ para seguir malviviendo”. Se insiste, se repiten términos, es necesario, es fundamental, es urgente… Conciencia también de la escritura: “Subidos en la mesa, / así empezamos cada nuevo curso/en los talleres literarios que dirijo. / Sobre la mesa, / 80 centímetros/ por encima de lo habitual. / Se trata de aprender/ que a la hora de escribir/ lo fundamental es saber observar/  la realidad/ de otra manera.” Un modo de estar y entender el mundo: “Sabemos que el cristal/ sólo se puede limpiar/ por dentro. / Por el lado/ del amor”. Tal vez algo muy sencillo que recordarnos: “Tengo muy presente/ que en esta vida/ lo importante no es llegar/ sino saber/ disfrutar/ del camino”. Pocas, muy pocas veces se puede aplicar el calificativo fundamental que debería provocar la aparición de un libro, su origen, ninguna duda en decir alto y claro que en este caso nos encontramos ante esa rara avis, he aquí un libro necesario.
Ana Vega
http://www.lne.es/suscriptor/cultura/2014/11/20/etica-escritura-conciencia-accion/1674016.html

¡GRACIAS, ANA!