Después de más de dos años de trabajo por parte de Francesco Spinoglio y José Ángel Barrueco, en unos días verá la luz esta antología, MÚSICA DE VENTANAS ROTAS, en la que participo con un relato.
Lástima que el hijo de John Fante, Dan, no haya vivido lo suficiente como para ver acabado este homenaje que, un puñado de escritores en España, hacemos a la literatura de su padre.
Pero el texto escrito siempre queda, y Dan Fante dejó el suyo para este libro.
Muy pronto en todas las librerías.
El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison
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23/5/16
1/3/16
"El amor tiene estas cosas". Un relato de "Mi marido es un mueble"
El amor tiene estas cosas
1.
Ya era de noche y llevaba
todo el día lloviendo. El coche se le había vuelto a calar. Aquel claxon
regresó repiqueteando con ira en nuestros oídos. Ella miró por el espejo
retrovisor. Enmarcado en negro un rostro joven y crispado la quería devorar.
Dijo
ya
está bien.
Arrancó y aceleró con ímpetu.
Cambió de marcha, una, dos, tres veces. Cuando el coche ya estaba embalado,
frenó de golpe justo antes de llegar al semáforo verde. El impaciente nos
embistió por detrás, y los dos salimos despedidos del asiento. Saltaron las
bolsas de aire y el cinturón de seguridad nos devolvió al respaldo con
violencia. Tardé unos segundos en volver a respirar. Miré hacia atrás. Una nube
de vapor no me impedía ver la cabeza deshecha del joven conductor, asomando por
la luna delantera rota. Ella lloraba. Lloraba mucho. Lloraba como para
descargar el pesar de mil almas endiabladas. Así es Eva.
Salí del coche sin decir nada
y me fui. Intentaba borrar de mi memoria todo el día, convertirlo en pesadilla,
ubicarlo después en el limbo de los sueños y darlo por no vivido.
Pero no era posible. Llegué a
casa y me di cuenta que no sabía cómo había llegado hasta allí. Estaba sentado
en el salón, con un vaso de licor en la mano, frente a la televisión
enmudecida, con la gabardina puesta chorreando agua. Cuando la mente regresó del
viaje, volvió al rostro de Eva.
Llené un par de maletas con
mis cosas y me marché de allí.
2.
Llamó una mañana,
enloquecida, desde el juzgado. Me necesitaba. Hacía años que no sabía nada de
ella. Solo la recordaba en las comidas con los amigos, cuando ellos me
preguntaban. No podían olvidar. Igual que yo. Pero me acostumbré a vivir con el
recuerdo recurrente de su voz sedosa, de sus gestos de niña traviesa, y de su
forma bárbara de follar. Sobre todo, me acostumbré a no estar a su lado.
Llamó. Necesitaba consejo
profesional.
Yo tenía en la mano el
billete de avión para un viaje de trabajo, pero no me apetecía viajar. Las
esperas en los aeropuertos, el avión, la lluvia. Todo eso me ponía nervioso.
Confirmé otra fecha con el cliente y cogí un taxi hasta plaza de Castilla.
La encontré desesperada. Me
abrazó y pegó sus enormes tetas en mi pecho. Sus lágrimas calentaban mi cuello.
Cerré los ojos y me dejé llevar al pasado. Era como un perrito maltratado que
necesitase protección. Otros no lo entenderían así, pero esos otros no hubiesen
vivido con ella ni una semana seguida. Yo aguanté tres años.
Busqué una sala vacía y se
derrumbó en un asiento. Traje una tila y le ofrecí un tranquilizante. Iba
preparado. Se lo tomó y sorbió un poco de tila. Dejó de llorar y compuso su
ropa. Se limpió la humedad de la cara con las manos. Estaba deseable, como
siempre.
Comenzó a hablar. Muy rápido,
sin parar. Intenté marcar un tiempo para facilitar el entendimiento. Pero no
quería seguirlo, quería vomitarlo todo, quería hacer un exorcismo interior. Me
quedé pasmado. Le pedí que lo repitiese.
Fernán
y yo discutimos.
Fernán era, según lo que pude
entender, su marido.
Ayer
o antes de ayer, no me acuerdo. Era mi cumpleaños.
Yo sí recordaba, era el 20 de
diciembre. Ayer. Lo recordaría siempre.
No
sé por qué discutimos, seguro que por alguna chorrada. Dijo que me
tranquilizase y ya sabes como me pongo cuando me dicen que me tranquilice. No
lo soporto. Se encerró en la habitación. No quería salir. Allí tengo yo mis
cosas, mi dinero, y él no quería salir. Decía que me tranquilizase. Le grité y
no me hacía caso, así que cogí un martillo de la caja de herramientas y golpeé
la puerta hasta romperla.
Mi asombro se incrementó. Lo
que acababa de escuchar por segunda vez era exactamente lo que antes creía
haber escuchado. Mentalmente me dije que, sin duda, eso era posible tratándose
de Eva.
El
caso es que le amenacé con el martillo y él me empujó contra la cama.
Forcejeamos y volvió a empujarme. Me golpeó y salió de la habitación.
Yo sabía que había algo más,
pero no quise interrumpirla.
Luego
se marchó. Le grité de todo por la ventana y le tiré el martillo a ver si le
jodía el coche, que era lo único que quería en la vida. Su puto coche. Después,
ya me conoces, lloré y lloré. Hasta que me di cuenta de que era mi cumpleaños y
había quedado a comer con la familia. No me apetecía, por supuesto, pero no
quería dar explicaciones. Cuando regresé, ya de noche, él me impidió abrir la
puerta de casa. Llamé a la policía. Me detuvieron. Estaba acusada de intento de
homicidio. El juez de guardia había dictado una orden provisional de
alejamiento de Fernán. Además, no podía regresar a mi casa –yo pago el noventa
por ciento de la hipoteca–. Había metido a su madre, persona dependiente,
dentro de ella.
Eva llevaba toda la noche en
el juzgado pidiendo explicaciones. Hasta que recurrió a mí.
Fernán tenía otra versión.
Acudió a un centro de salud y salió con un parte de lesiones que decía haber
tenido en disputa familiar que incluía malos tratos e intento de homicidio. El
juez solo tuvo que comprobar su cara para dictar la orden de alejamiento.
Volvió a dejar transpirar su
calor junto a mi pecho. No pude evitar besarla, apretarla contra mí. Ella
respondió como recordaba que lo hacía. Nos besamos y besamos y allí mismo lo
hubiésemos hecho si no llega a entrar el oficial para entregar el documento de
libertad provisional.
3.
Hace seis meses de aquello.
Y ayer, nos volvimos a casar.
Mientras preparábamos las
maletas para nuestro segundo viaje de luna de miel, todavía me preguntaba por
qué lo había vuelto a hacer. Era ese sentimiento de cobijar un animalito
desvalido entre los brazos, de proteger una debilidad que apacigua el alma, de
conocer mi destino. Era que su ingenua
ternura me volvía loco, que me armaba nada más sentir su piel sobre la mía, que
toda ella era tan desable, siempre tan deseable.
Casado, sí, otra vez, con
ella.
Camino del aeropuerto me
besó.
Me susurró amor eterno al
oído.
Yo no lo creí, pero me daba
lo mismo.
Naufragaríamos donde y cuando
tuviésemos que naufragar.
Y,
después,
ya se vería.
Esteban Gutiérrez Gómez, 2015
P.S. Eva existe y la historia, más o menos como la cuento, ocurrió en la realidad.
24/11/15
Taller de cuento: El cuento según Cortázar
Será el viernes 27 de noviembre a las 19:00 horas
en la Librería Venir a Cuento de Lavapiés (Embajadores, 29)
dentro de la Semana del Libro de Lavapiés.
Es gratuito, solo hay que inscribirse.
Julio
Cortázar es considerado un maestro del cuento moderno o relato. Fue influido en
su percepción de la narrativa corta por grandes autores de lo breve como Chejov,
Hemingway o Poe, del que tradujo al español sus cuentos y, a su vez, él ha
influido en las generaciones posteriores de escritores. Pero, además, Cortázar al
igual que Borges, entendía el cuento como un género literario mayor, digno del
máximo respeto, equiparable a la novela. Y al cuento se entregó volcando en él
todas sus posibilidades narrativas y su ingenio.
Vamos
a desentrañar las técnicas del cuento de Cortázar, sus decálogos de estilo y la
percepción que tenía de la escritura breve. A la vez, aprenderemos de las
lecciones de un genio del cuento. Y, luego, escribiremos un cuento breve.
La
lectura de uno de sus cuentos magistrales iluminará nuestro camino.
11/6/15
Monotonía de lluvia tras los cristales. Fragmento de uno de los relatos de MI MARIDO ES UN MUEBLE.
Fotografía original para la portada de Javier Jimeno Maté, Diablo.es
Monotonía de lluvia tras los cristales (fragmento)
Se fumaban
un canuto después de cenar. Todas las noches, desde que se casaron hace más de
cinco años.
Era una
rutina, el calmante de una jornada áspera y vulgar que se reflejaba en sus
pupilas bajo la luz blanquecina del fluorescente. Aprovechaban ese momento,
sentados en la mesa de la cocina, uno frente a otro, para charlar un poco de
los asuntos que tuviesen en la cabeza.
Juan
comenzaba su rollo diario sobre actitudes irrespetuosas, jefes desconsiderados,
incomunicación organizativa, envidias manifiestas, leyes selváticas y demás
reproches sobre el ambiente de trabajo; fuese el trabajo que fuese.
En esos
momentos, según el grado de indignación de Juan, Adela empezaba a saber cómo de
verdad estaban las cosas, y si tenía que temerse o no unas semanas de
convivencia extra que cada vez le resultaban más insoportables. Era ya imposible
convencerle de que el problema no eran los demás. Había salido tarifando de más
de doce empleos en estos cinco años. Y no más porque el padre de Adela contuvo
todos sus nervios antes de explotar dos años después de haberlo colocado al
frente de un brillante negocio de mensajería que Juan derribó por completo.
Adela
parecía escucharle con atención, pero en realidad hacía tiempo que sabía
desconectar y esperaba paciente que el efecto de la maría apareciese. Mientras
tanto, ella solía preguntarse, todas y cada una de aquellas noches de los
últimos diez meses, por qué no había abandonado esa casa cuando pudo hacerlo,
por qué no lo hizo cuando cambiaba sin riesgo un hombre por otro, una realidad
por una promesa que no podía ser peor. Sí, recordaba a aquel tipo. Todas y cada
una de esas noches se preguntaba qué sería de él.
Adela tenía,
por supuesto, algún puente tendido a la realidad. Era capaz de mover la cabeza
en sentido afirmativo o negativo con pleno acierto cuando Juan preguntaba
¿No hubieses
hecho tú lo mismo?,
o
¿Tú crees
que eso es lógico?,
y todo ese tipo de preguntas imbéciles que él hacía para
autoafirmarse en sus convicciones, aún a costa de ser un eterno perdedor...
MI MARIDO ES UN MUEBLE
Esteban Gutiérrez Gómez
Editorial: Ediciones Lupercalia
Colección: Compacta
Encuadernación: De bolsillo
Año de edición: Abril de 2015
Encuadernación: De bolsillo
Año de edición: Abril de 2015
P.V.P: 12,95 euros
Número de páginas: 144
I.S.B.N: 978-84-943332-3-1
14/5/15
MI MARIDO ES UN MUEBLE sigue su viaje
El el backstage del teatro de Pepe Pereza
en el laboratorio de José Cordonié
junto a unos amigos en el hogar logroñés de Enrique Cabezón
12/5/15
MI MARIDO ES UN MUEBLE en La tormenta en un vaso (Un buen libro cada día)
Una crítica positiva (mucho) de MI MARIDO ES UN MUEBLE. Hasta el humo del cigarro que fuma la protagonista de la portada esconde un secreto. La niebla lo cubre todo. Gracias, Miguel Baquero.
Mi marido es un mueble, Esteban Gutiérrez Gómez
Lupercalia, Alicante, 2015. 142 pp. 12,95 €
Miguel Baquero
Miguel Baquero
Tengo al madrileño Esteban Gutiérrez Gómez por uno de los mejores practicantes y teóricos del cuento que existen en la actualidad en nuestro país. Novelista también, y poeta (bajo el seudónimo de Baco), sus relatos han sido publicados en numerosas revistas, antologías, especiales; el mismo ha sido el coordinador de varias antologías, impulsor del “Manifiesto por el cuento” y la jugado un papel primordial en la creación de la revista “Al otro lado del espejo”, dedicada en exclusiva al relato. Tan fructífera carrera, podríamos decir, “cuentista” aún no había sido culminada con la publicación de un libro en solitario; una circunstancia a la que ahora viene a poner remedio este Mi marido es un mueble que, tras varias vicisitudes y accidentes, ha acabado viendo la luz en la joven editorial Lupercalia, un sello donde ahora mismo se están acogiendo un buen número de escritores con una voz firma y ganas de decir.
Lo primero que sorprende, y muy gratamente, de este volumen es su coherencia, su rotundidad. No encuentro otra manera de expresar lo siguiente: hay escritores que toman un libro de relatos como una oportunidad (sobre todo si son primerizos, o es el primero que publican) donde “meter” todo lo que han escrito y les parece de merito, donde mostrar todo su trabajo aunque los cuentos sean dispares en el tema o en el tratamiento. No es este el caso, desde luego, aunque no me cabe duda de que Esteban Gutiérrez Gómez tendría decenas, o centenares de cuentos magníficos a rescatar y con los que formar un libro voluminoso. Sin embargo, ha tenido la intuición, o seguramente el oficio, de entregar a la imprenta un libro centrado en un tema…. visto desde múltiples aristas, desde luego, tantas (17) como cuentos hay, no es desde luego el mismo relato (que también ocurre así en algunos libros) escrito diecisiete veces. Cada uno tiene un tono, unos protagonistas bien diferenciados, forma un pequeño mundo, pero todos tienen como tema unificador; el del matrimonio.
El matrimonio no como la culminación clásica de ese “y comieron perdices” en que acababan antes los cuentos, sino el matrimonio en sus días finales, o mejor: críticos, cuando la pareja se tambalea, cuando el amor parece haberse extinguido… o no, no es una apariencia, se ha extinguido de verdad. Cuando la rutina, a veces, da paso a los reproches, los reproches al rencor… y del rencor incluso alguna vez se salta al odio. El matrimonio, en definitiva, como espacio de confrontación, para lo bueno y para lo malo: este es el lugar que radiografía Esteban Gutiérrez Gómez con una técnica literaria intachable… pero eso casi que se daba por descontado en alguien de su excelente trayectoria.
Aunque en numerosas ocasiones ese alarde técnico te sorprende. Lean, por favor, el relato titulado “Miedo”: tiene uno de los mejores finales de cuento que uno ha leído nunca.
Pero, como decía, técnica depurada, intachable aparte, Mi marido es un mueble es un excelente libro de relatos porque en él demuestra el autor tener lo que ya Larra señalaba como imprescindible para quien quisiera escribir, y es un conocimiento profundo del corazón humano. Los personajes que perfila Esteban Gutiérrez Gómez en este libro de cuentos son, del primero al último, personajes vivos, comprensibles (no confundir con disculpables) aun cuando estallan en ferocidad, sus mínimas tragedias parecen no haber sido inventadas, sino vividas por el mismo autor; no he hallado un solo carácter increíble, paródico, falto de definición; es toda gente viva a la que casi oímos respirar en las páginas. Unido todo ello (la verosimilitud de cada párrafo, la técnica de cada cuento, la unidad del conjunto), Mi marido es un mueble supone uno de los mejores libros de relatos publicados en los últimos tiempos.
http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2015/05/mi-marido-es-un-mueble-esteban.html
30/4/15
Revista QUIMERA
Recuerdo el final del milenio
tumbado sobre la cama de mi habitación. La radio hablaba de que esto era el fin
y debíamos hacer balance. La vida estaba a punto de disiparse. Efecto 2000.
Recuerdo que estaba escribiendo un cuento sobre eso, sobre el final. Recuerdo
que mientras lo escribía recordé unas palabras mágicas al respecto que creí
haber leído en algún sitio. Mi memoria visual me llevó al anaquel de la librería
en la que guardaba (guardo) las revistas literarias que eran (siguen siendo)
una de mis posesiones más preciadas. Recuerdo que olvidé todo aquello cuando
ojeé de nuevo aquellos cuentos, aquel dossier sobre fantasía que me hizo
dejar de escribir y pasar toda la tarde leyendo, disfrutando, olvidándome de la
realidad.
Recuerdo todo eso ahora, porque
por entonces me preguntaba, entre ilusionado y escéptico, si alguna vez un
relato mío se publicaría en esa revista. Me preguntaba si sería capaz de
escribir con la calidad suficiente como para que uno de los relatos que salían
de mi cabeza tomase forma sobre el papel satinado y fuese capaz de trascender a otras mentes. Quimera no era solo un título, era un
reto: el objetivo ideal que casi nunca llega a alcanzarse pero que te hace
luchar.
Ha pasado mucho tiempo y aquella
fuerza (y aquella ilusión) se han ido quedando por el camino. Decidí ser yo
mismo, caminar por otras sendas menos transitadas, olvidarme de competiciones y disfrutar de lo que tuviese
que venir. Y la vida, la vida tiene estas cosas, hoy me ha sorprendido.
Y estoy contento. No todos los
días los sueños se hacen realidad.
El número de mayo de la revista Quimera publica en exclusiva y como anticipo a su lanzamiento, el cuento "Miedo" perteneciente a la colección de relatos MI MARIDO ES UN MUEBLE, publicada por Lupercalia Ediciones y que próximamente estará disponible en librerías.
Gracias, mil gracias.
28/4/15
Mi marido es un mueble, ya en librerías
Pincha aquí si quieres ver los puntos de venta del libro. Puedes pedirlo en cualquiera de ellos o en la web de Lupercalia (envío gratuito).
Os dejo con los textos de dos amigos que acompañan la contra cubierta del libro. (¡GRACIAS!) Por cierto, que Óscar Esquivias me acompañará en la primera de sus presentaciones en Madrid.
ELEGANCIA, es la
primera palabra que me vino a la cabeza una vez leídos los relatos que componen
el último libro de mi amigo Esteban Gutiérrez Gómez. Mi marido es un mueble es su título. En caso de ser verdad, ese
mueble seguro que es de caoba o alguna madera noble. No puede ser de otra
manera, ya que Esteban es un artesano de la palabra que siempre utiliza
material de primera para elaborar sus escritos. Nadie como él para impregnarlos
de maestría. Con estos textos, se supera a sí mismo y llega a niveles difíciles
de alcanzar.
pepe pereza
Mi marido es un mueble es un libro lleno de personalidad.
Contiene relatos poderosos, muy variados y llenos de poesía (no es una frase
hecha: cada cuento está coronado con unos versos iluminadores). Una atmósfera común hermana todos los
textos, en los que Esteban Gutiérrez
Gómez ilustra la erosión de
las relaciones humanas y cómo el matrimonio puede llegar a convertirse en un
pozo insondable de incomunicación entre dos personas. Pero no sólo hay
hostilidad o tristeza: también un potente mensaje de amor.
Óscar
Esquivias
23/4/15
"Inspiración", un relato inédito como regalo para mis amigos/lectores este día de las letras de 2015
INSPIRACIÓN
Para Poli G. Navarro
Sancho Rodríguez es, según el anaquel con forma de pódium de la Casa del
Libro y las listas de las obras más vendidas de los diarios culturales del país,
un escritor de élite, uno de los escasos ejemplares de literatos que pueden
vivir cómodamente de la literatura. Cada nueva obra que presenta al editor es
objeto de tiradas de cientos de miles de ejemplares, cuenta con rendidos
admiradores que una y otra vez quieren leer sus historias (siempre la misma, ya
lo dice él) y, para no dejar nada al azar, la editorial invierte mucho dinero
en publicidad, en presentaciones por todo el mundo y en la búsqueda de reseñas
que capten a los indecisos. Además, sus libros salen al mercado en las fechas
estratégicas muy estudiadas.
Sancho Rodríguez echa la mirada atrás y claro, por supuesto, al
principio las cosas no eran así. Entonces recuerda, bueno, intenta recordar,
los inicios. Suele reírse, a carcajada limpia desde hace unos años, porque
vuelven a su cabeza los pájaros de entonces. Reír es una forma más de disimular
el miedo. Alguna vez se la levantado de su diván y ha buscado en su despacho
aquellas primeras piezas narrativas que nadie osó publicar, claro, que
coleccionaron todos los noes del mundo editorial, y que pretendían romper los
esquemas de la narrativa tradicional, dinamitar las letras, proyectar un futuro
desconocido. Esos manuscritos que más allá de la mirada poliédrica, de la
eliminación del tiempo en la narración, más allá de la deconstrucción
esquemática, de la glosa inventada, de la palabra recién parida, pretendían
orientar a una nueva dirección el mundo narrativo. Alguna vez ha pensado que,
ahora sí, era el momento de sacarlas a la luz, que ahora que su nombre está escrito
en calles y plazas de todo el mundo, que ahora que se le estudia en las
universidades, ahora sería el momento adecuado para lanzar aquellas propuestas
narrativas que todavía nadie se ha atrevido a lanzar. Pero algo se lo impide,
algo superior a él.
Entonces recuerda la primera novela (novela, porque lo demás no vende,
por lo menos no vende como la mayoría de editores quieren que se venda),
aquella historia que renegaba escribir porque constantemente acudía a su
cabeza. No parecía mala historia, de hecho, como se demostró con la
publicación, no lo era, pero a él no le apetecía escribir historias que se le
impusiesen, y menos una novela. Sí, aquella historia que volvía y volvía, su último
recuerdo al acostarse y su primer pensamiento al despertarse. Al final se
decidió a escribirla, solo para dejarla plasmada sobre el papel, con el íntimo
deseo de que no volviese más, de olvidarla. Lo hizo renunciando a unas sagradas
vacaciones de verano, el único mes de escritura que podía permitirse en el año,
como si fuese un exorcismo, engañándose y obviando aquellos otros escritos
criptográficos que eran lo que en verdad deseaba escribir, aquellos cuentos
fantásticos, casi surrealistas, trasgresores con todo lo que hasta ahora se
estaba escribiendo, aquellos relatos que en realidad enteramente escribía el
lector.
Las doscientas setenta páginas de la novela se fueron acumulando a la
derecha de su máquina de escribir. En esta ocasión parecía imponérsele la
estructura tradicional, el juego de tres historias paralelas que confluían al final
en un nudo de maroma. Él solo quería llegar al final, y escribía pensando en
eso, en poner un punto y dejar el resto del folio en blanco. Veintiocho días
estuvo así, agachado sobre la máquina, plasmando vicisitudes y sentimientos que
un demonio interior, hasta ahora desconocido pero perseverante, le dictaba. Y
claro que llegó ese día en el que el último folio reposaba sobre los demás.
La sensación fue extraña, no resultó el alivio que él pensaba que
resultaría, pero dio el asunto por zanjado. En su fuero interno, en su
pensamiento más escondido, sabía que aquello había sido un diezmo para evitar
levantarse cada mañana obsesionado con aquella historia tan manida y universal,
aquella historia de amor y de odio, de trasgresión familiar, de muertos
silenciados y de ejercicio arbitrario de poder, aquella historia que no
aportaba nada nuevo a la literatura, que detestaba porque en su fuero interno
sabía que era otra historia más que se olvidaría en unos años, eso si llegaba a
cuajar. Y con este sentimiento de saber que se había engañado con la pretensión
de calmar el espíritu inquietante y pesado que le dictó la narración, se acostó
aquella noche, convencido de que el sacrificio, casi un mes, la totalidad de
las vacaciones del año, el mes que más deseaba que llegase porque le permitía
lecturas de cientos de páginas, paseos inspiradores y escribir sin la presión
del sueño o sin la espada de que llegasen las siete de la mañana para volver a
trabajar en la oficina; de que ese sacrificio había valido la pena con tal de
que aquella narración que cada noche había acudido a su mente, con la que cada
mañana despertaba, aquella narración completamente escrita antes de plasmarse
sobre el papel, la olvidaría para siempre y jamás recordaría nada de ella.
Durmió toda la noche sin apenas moverse del sitio, sin las vueltas de
cama de antes, se sintió descansado cuando despertó, incluso esbozó una sonrisa
de triunfo al tener que ser él el que recordase que no había despertado
obsesionado por la historia, que había sido él el que la invocó con su
recuerdo. Tan solo un algo le hacía dudar, un algo que no sabía identificar muy
bien, que no podía precisar. Pero ese algo no le obsesionaba, no se le imponía
como la historia, y le permitió volver aquel día a los paseos y a las lecturas
y a las reconstrucciones, a las nuevas e inverosímiles propuestas literarias.
Aquella tarde, penúltima de vacaciones, logró escribir el relato al
revés que llevaba tantos años buscando. No se trataba de alterar el orden de
cuatro o cinco escenas, de anticipar el final y narrar la historia de atrás adelante.
Eso ya lo había conseguido en alguno de los relatos. Se trataba de escribir
línea a línea, frase a frase, palabra por palabra todo el relato, rebobinando
el carrete del sedal hasta que el plomo y el anzuelo quedasen arriba de la caña
con el gusano retorciéndose antes de ser lanzado al agua pero después de haber
sacado el pescado. Qué satisfacción la de Sancho Rodríguez, que alegría le
embargaba, lograr esto había compensado el sacrificio de aquella historia que
se le había impuesto sin él querer escribirla.
Al día siguiente, un día siempre triste el anterior a la vuelta al
trabajo para los que, como Sancho, no trabajaban en lo que querían, para los
que lo detestaban y preferían perderlo pensando en su mala suerte, al día
siguiente digo, el despertar fue más inquietante.
Ese algo de la noche anterior se instaló en su mente y empezó a cobrar
forma. Él se imaginó lo que estaba ocurriendo, pero no quiso dar crédito porque
significaba estar condenado, significaba que aquella pesadilla no tendría
final. Y así fue, Sancho Rodríguez estaba condenado a escribir novelas de
éxito, novelas y novelas, hasta su final.
Ríe el escritor con aquellos recuerdos de hace tantos años. Entonces
todo aquello le preocupaba. Pasaron los días de angustia y las visitas al
psicólogo, pasaron las noches insomnes y los intentos por luchar contra sí
mismo. Hasta que envió aquel manuscrito de novela, no a cualquier editorial, a
la más poderosa, porque algo interno, quizás el demonio dictador, le decía que
tenía que ser a la más poderosa, y recibió una carta preguntándole si tenía
algún manuscrito más. ¿Alguno más? Por entonces serían siete u ocho las
historias dictadas por aquella vulgar voz interior. Aquel espíritu interno que
tan sólo le permitía un día con su noche de descanso entre novela y novela. Envió
el resto de novelas manuscritas a la editorial y la respuesta fue una
invitación a una comida para discutir los términos de un contrato vitalicio.
Claro que se ríe ahora Sancho Rodríguez, porque nunca pensó que aquellas
historias noveladas fuesen a interesar a nadie, porque lo único que el público
podría conseguir con su lectura sería entretenerse, porque no había nada detrás
de esas historias, ningún secreto, ninguna trama escondida, nada que le
permitiese al lector participar activamente en su construcción.
Pero el baño de masas de lectores fue oceánico desde el comienzo.
También influyó, claro, el marketing diseñado al milímetro, la bestial campaña
de publicidad. Aún así, hasta los gerentes de la editorial estaban sorprendidos
porque aquello aseguraba una continuidad pocas veces lograda. Año tras año,
feria del libro tras feria del libro, no se apeaba del número uno. Y, cuando
comenzaron las traducciones, aquella locura se exportó de tal manera que en
todos los sitios requerían su presencia. El lanzamiento de un nuevo libro
significaba ocho meses de presentaciones, de firmas y coloquios, de cenas-entrevistas
y desayunos con la prensa. Luego llegaron los premios, los reconocimientos, las
invitaciones a participar como jurado en los más grandiosos certámenes
literarios y los actos a los que jamás pensaba que podría acudir.
Sancho Rodríguez recuerda muy bien aquella mañana, cuando dejó la
oficina para siempre, recuerda muy bien aquellos primeros días en el nuevo
ático con vistas sobre el Parque Central, recuerda mejor aún la boda con
aquella modelo que fue princesa del corazón, y recuerda con fervor aquella
primera ocasión que tuvo de mirar atrás y el vértigo que lo inundó. Recuerda
también, como una enfermedad crónica que siempre le acompañará, aquellas ganas
de narrar como nadie jamás lo había hecho, aquellos relatos que hubiesen
intentado cambiar concepciones narrativas anquilosadas, aquellas propuestas
literarias alternativas. Son pellizcos dolorosos que de vez en cuando le da esa
otra parte de su alma que no se vendió al diablo. De vez en cuando, en esos
días huérfanos que se permite entre novela y novela. Y ríe, porque ahora, no
sabría qué contar fuera de lo que le dicte esa voz interior y, sobre todo, no
sabría cómo hacerlo.
Porque reír es una forma más
de disimular
el miedo.
© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009
P.S. Imagen de portada del polaco Zdzisław Beksínski
P.S. Imagen de portada del polaco Zdzisław Beksínski
16/4/15
"Mi marido es un mueble", un libro de relatos sobre el mundo subterraneo de la pareja
Es un placer anunciaros que ya está disponible en venta on-line en la web de Lupercalia Mi marido es un mueble, el primero de los libros de relatos que publico. Además, como oferta de pre-venta, por la compra de un ejemplar Lupercalia regala otro ejemplar de Esquinas, el maravilloso libro de relatos de mi amigo y cómplice, Pepe Pereza.
Podéis conseguir el libro aquí. No hay gastos de envío y es una oportunidad única de llevarte dos libros que, creo, merecen la pena.
Podéis conseguir el libro aquí. No hay gastos de envío y es una oportunidad única de llevarte dos libros que, creo, merecen la pena.
Después de quince años dándole al cuento, como profesor en talleres de creación literaria y como escritor compulsivo de relatos a la búsqueda de la conmoción en el lector, y después de declararme cuentista y, por tanto, fracasado en el éxito literario, llega este libro que sin duda muestra la literatura que me habita. Soy un defensor del cuento como arte narrativo mayor, el cuento como hermano de la novela, no como primo lejano. El cuento como comida principal del menú, no como un simple aperitivo. El cuento como un lugar en el que vivir, no una estación de paso camino de la narrativa extensa.
Espero que disfrutéis de estas diecisiete historias que giran en torno al mundo de la pareja o, mejor dicho, al submundo apenas perceptible que la rodea y que solemos llamar genéricamente (para evitarnos pensar de qué se trata en realidad) como "relaciones de convivencia".
La portada del libro es del fotógrafo Javier Jimeno Maté (Diablo.es). Gracias amigo.
La sospecha de una infidelidad, un necesario régimen de adelgazamiento,
la misteriosa desaparición en un espectáculo de magia, la terrible sensación de
sentir el menosprecio de los demás, una mutación inexplicable en el comportamiento
de la pareja, la necesidad de momentos de soledad, una reunión de trabajo agotadora, la más intensa ola de calor, un
atentado terrorista... Cualquiera de estos elementos puede provocar un cambio
sustancial en una relación de pareja. Quizá por sí solos no serían decisivos,
pero sumados a factores cotidianos de convivencia, producirán efectos
impensados.
Cada elemento relacionado se
corresponde con una historia que podrán leer en este libro. Esteban Gutiérrez
Gómez muestra aspectos muy íntimos, ubicados cerca del alma, en el mundo de la
pareja. Aspectos conocidos pero totalmente inexplorados.
Parejas que subsisten a pesar de que nunca ha existido un vínculo
sustancial entre las personas que forman la unión o, como contrapunto, parejas
que defienden su relación a pesar de todos los males que les rodean. Todo tipo
de relaciones tienen cabida en el libro.
Y es que el mundo de la pareja es único, excepcional en cada caso.
Mi marido es un mueble es
el primer libro de cuentos publicado de la trilogía Asuntos domésticos, en
la que Esteban Gutiérrez Gómez aborda las relaciones de pareja desde
perspectivas tan cotidianas como inusuales.
MI MARIDO ES UN MUEBLE
Esteban Gutiérrez Gómez
Editorial: Ediciones Lupercalia
Colección: Compacta
Encuadernación: De bolsillo
Año de edición: Abril de 2015
P.V.P: 12,95 euros
Número de páginas: 144
I.S.B.N: 978-84-943332-3-1
EDITA
Pda. La Boquera, La Romana Alicante -03669
DISTRIBUYE
|
26/8/14
"Lejana, un cuento de Julio Cortázar
Hoy se cumplen 100 años de tu nacimiento, Maestro. Tú sigues aquí, cíclope del cuento moderno, jugador de dúplices y ensoñaciones, artífice de la complicidad del lector y de la visita al otro lado del espejo. Qué bien me hace leerte.
Diario de Alina Reyes
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres aslternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.
20 de enero
A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.
25 de enero
Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).
Noche
A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.
Más tarde
Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!
28 de enero
Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche
Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo queanagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.
30 de enero
Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.
31 de enero
Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y -
7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres aslternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.
20 de enero
A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.
25 de enero
Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).
Noche
A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.
Más tarde
Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!
28 de enero
Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche
Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo queanagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.
30 de enero
Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.
31 de enero
Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y -
7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.
*
Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.
Extraído de la fabulosa Biblioteca Ciudad Seva. Gracias.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.
Extraído de la fabulosa Biblioteca Ciudad Seva. Gracias.
17/9/13
"Mi vida como perro", un relato de Andrés Portillo
Hombres frágiles, mujeres de cristal es la última propuesta narrativa de Andrés Portillo. En este volumen de cuentos, el autor getafense nos introduce en un mundo propio, dotado de una atmósfera inquietante, en el que los personajes parecen levitar, darse la vuelta por completo, de dentro afuera, para sacar el animal que los posee.
Destaco, porque así me lo ha sugerido al lectura, la presencia del mundo onírico de Quim Monzó en cada uno de los cuentos. Todo, desde las situaciones hasta el estilo, desde la densidad en la reenumeración al surrealismo inexplicado, desde la nomenclatura de los personajes al dominio de la ironía, me ha ido recordando al maestro catalán de lo breve. Y me ha sugerido a Monzó con cierta envidia, porque yo tuve una época de lector-escribiente en que hubiese dado la mano izquierda por lograr escribir un solo cuento de este estilo con plena efectividad.
Ahí va el botón de muestra:
Mi vida como perro
Boris es un perro idiota, degenerado y baboso. A Boris le gusta que su ama,
la rubia despampanante del cuarto derecha, le pasee una vez al día, le acaricie
entre las orejas, y le rasque la barriga cuando retoza en el parque. Eso se
nota porque saca la lengua y jadea entusiasmado, como un necio.
Les oigo salir de casa cada
tarde. A él, con ese ladrido entre alocado e histérico que tienen los perros
que son felices. A ella, sodomizando los escalones con sus zapatos de tacón de
aguja, con sus cueros, sus curvas, y esos labios rojos que me hacen salivar
como un bulldog.
─ Silencio, Boris, no molestes a los vecinos ─. Su voz sabe a aguardiente
con miel, lo sé porque se derrama por el corredor y yo la recojo con la boca
para emborracharme.
Cada tarde, a las ocho y media,
pego el ojo a la mirilla, siempre puntual, como un voyeur compulsivo, como un
obseso. La veo y me flaquean las piernas, me derrito como la mantequilla expuesta
al sol, clavo las uñas en la madera de la puerta para no caerme de espaldas.
Luego, miro al chucho y se me revuelven las tripas, me pone enfermo imaginar
que ese cretino se lleva las caricias de la propietaria de mis sueños, que
duerme en su habitación, en su cama, a su lado… Se instalaron en la comunidad
hace apenas seis meses. Desde entonces, nunca la he visto llegar a casa con un
hombre, ni siquiera con alguna amiga, siempre con él, con el perro engreído.
Por si no lo creen, juro que me habría conformado con observarla, claro que
lo juro. Me hubiera bastado ser el espectador de sus contoneos. Un admirador
pasivo, invisible y silente, pero ayer el pulgoso debió husmear mi presencia
tras la puerta, se encaró y comenzó a ladrar como un energúmeno. Me asusté, por
un instante temí ser descubierto.
─ ¡Boris, cállate! ¡Boris, que te calles! ¡Boris, hazme caso o te parto en
dos!
No pude evitarlo, volví a arrimar el
ojo y vi cómo la rubia golpeaba al chucho con una cadena gruesa mientras este,
sumiso, gemía y buscaba los tobillos del ama para lamerlos con su lengua
golosa. Yo sentía cada verdugazo en
mi espalda, en mi cuello, en mis brazos…, notaba cómo se me desgarraba la piel,
cómo se encendían las ascuas de mi cuerpo a cada
golpe. Incompresiblemente, me excitaba con sus gritos, con cada insulto. A la mujer cañón le resplandecían los
ojos, se le agitaba el pecho bajo el
encaje negro de su escote.
─ ¡Calla! ¡Obedece! ¡Quieto! ─ decía ella, y yo obedecía, dejaba de
respirar para no hacer ruido, y me quedaba inmóvil como una roca.
Cuando los golpes dejaron de ser tan contundentes, el degenerado se tumbó y
se tapó la cabeza con las patas; debió considerar que ya habían jugado lo
suficiente. Fue entonces cuando la mujer despampanante del cuarto derecha
decidió terminar con el correctivo. Ató al chucho con la cadena y tiró de él
con fuerza camino de la calle, con cara de amante satisfecha. Antes de bajar el
primer escalón, clavó sus ojos en mi puerta y me lanzó una sonrisa húmeda que
me empapó la entrepierna.
Hoy, agazapado tras la ventana de mi salón, controlo que la rubia sale del
portal. A las once y diez de la mañana la veo montar en su coche, irresistible,
como siempre. Espero unos minutos, por prudencia, y me encamino a su
apartamento después de envolver un exquisito solomillo de ternera en papel de
aluminio. Fuerzo la puerta, aparece el chucho y me gano su confianza lanzándole
el trozo de carne. Antes de que pueda decir guau, le abro la garganta con un
cuchillo afilado, busco la cadena, me la ciño al cuello y aúllo como un lobo
orgulloso. Entonces, recorro la casa olisqueando por los rincones. Froto mi
lomo con las esquinas para familiarizarme con ella, para hacerla mi hogar.
Devoro unas galletitas con sabor a pollo asado que hay en un plato y me tumbo
en el suelo a dormir la siesta. Cuando oigo que llega el ama, acudo a recibirla
a cuatro patas. Ladro y salto como un perro feliz. Ella encuentra la puerta
rota, a Boris muerto, y duda un instante. Me temo lo peor, sin embargo, sonríe,
me acaricia entre las orejas y me rasca la barriga.
─ ¿Sabes?, eres un cachorrito muy travieso ─ dice mi dueña.
Entonces saco la lengua y jadeo entusiasmado, como un chucho goloso que
quiere jugar.
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