El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

1/12/13

La banda sonora de un libro


Bueno, pues sí, de la mano de David González, director de la colección Zigurat que edita el Ateneo Obrero de Gijón, va a ver la luz Gente simpática.

El libro tiene, a mi modo de ver, muchos atractivos: De primeras cuenta con un prólogo buenísimo de Patxi Irurzun, un prólogo heavy pero entrañable, como es su literatura, en el que nos remite a aquella época en la que todos (he dicho todos, no se esconda nadie) jugábamos a ser estrellas del rock dando botes sobre la cama mientras rascábamos la raqueta de tenis que simulaba ser nuestra Fender Stratocaster. Y no solo eso, el bueno de Patxi me ha prestado un cuento para poner broche de oro al diario, un cuento que resume la vida del protagonista (quizá la de él mismo, quizá la mía o la tuya) con canciones y conciertos, esos momentos en los que algún tema de tu grupo favorito sonaba o se repetía de modo constante la canción que más te gustaba gritar en aquel tiempo, ya sabes, esos instantes que quedaron grabados en la memoria como páginas escritas de nuestro libro de vida. Las mejores páginas.

A cambio, a Patxi Irurzun lo he convertido en un personaje de libro, uno importante, principal, porque aunque se trate de un diario personal, Patxi es elemento indisoluble de lo vivido, puesto que casi todo lo que cuento lo vivimos juntos. También muchos de vosotros, que sois nuestros amigos o que colaborasteis de un modo u otro con Simpatía y su tour, sois personajes de este diario de carretera. Ya lo veréis.

Luego, ya lo habéis podido leer, tiene varias lecturas: de cómo se fue gestando el libro Simpatía por el relato (aquí hay de todo, mucho jugo y mucha chicha, muchas cosas que agradecer a mucha gente que abanderó el proyecto Simpatía como suyo, que tiró de él y, también (¿por qué no?) se reparte estopa), de las presentaciones en librerías por toda España de la mano de amigos escritores y de los músico-cuentistas, y de los conciertos posteriores (alguna imagen del backstage se muestra, divertida, flipante, cruda; la inmensa solidaridad de la gente del rock, con la sonrisa siempre en el cargador; la realidad cuando se apagan las luces), se habla también de escritores actuales, de los escritores que me interesan, con los que comparto sentido de la vida (y,afortunadamente, amistad en algún caso), y que de alguna u otra manera estuvieron presentes en esas presentaciones y conciertos, o en las charlas con los músicos o en los momentos confesionales que Patxi y yo tuvimos, y, por último, sale a relucir Bacø, al que tendré el gusto de presentaros, aquel Esteban de los 18 añitos, que creo no os dejará indiferentes.

Ah, se me olvidaba, también en el libro hay un buen puñado de fotografías (unas 30) que atestiguan aquellos momentos simpáticos. Agradezco especialmente al fotógrafo David Gutiérrez la autorización para publicar sus "retratos". Como éste, de Antonio Yeska:



Como no podía ser de otro modo, un libro que aúna literatura y música como Gente simpática, que narra las peripecias de una gira literaria con bandas de rock, tiene debajo (o, mejor dicho, en medio, en lo sustancioso del bocata) una banda sonora. Y ésta, amigos, es impresionante. Durante los próximos días iré colgando en el blog fragmentos del libro acompañados de la música del momento, de ese mismo momento que se narra. El resultado tiene su encanto, ya veréis.

Grandes sorpresas os esperan...

Salud  y Rock´n´roll


***
(Pista oculta)

“El rumor de que se estaba preparando un libro [de cuentos escritos por cantantes y músicos de rock] llegó a Kike Turrón, que se unió a Simpatía sin dudarlo. También Josu Arteaga [La banda del abuelo] y más gente del Norte, territorio de Patxi, fue apuntándose al proyecto. La nómina de músico-cuentistas crecía y ya era evidente que superaba las primeras expectativas. Lo que saliese era ya demasiado para publicar en Al Otro Lado del Espejo, y en su momento tendríamos que buscar editorial....”







29/11/13

La vida es complicada, pero soy un tío con suerte

La vida es complicada, sí, 
Noviembre cada vez pesa más
tengo miedo, mucho, y frío
pero aprieto los dientes, cierro los ojos
y resguardo mi rostro de la lluvia
en el hueco del pecho que forma la cazadora de piel.

[...]

La vida es complicada, sí, 
pero soy un tío con suerte, 
allí donde me dan refugio 
sé 
que está 
mi hogar.

Fragmento de "Frío", poema inédito





COSAS QUE DE VERDAD IMPORTAN

Hablemos de lo más valioso,
de los momentos inolvidables
que nos emocionan.

Hablemos del mar,
de la fuerza de su espuma,
de la cadencia de las olas,
de la eterna búsqueda del rayo verde al atardecer.

Hablemos del bosque,
de los musgos    líquenes    y helechos de la umbría,
de los suspiros del viento entre los árboles,
de la magia intemporal de su silencio.

Hablemos de la vida,
de las charlas con desconocidos en ciudades imposibles,
de viajes en el tiempo para recuperar sonrisas,
de instantes paralizados en la retina,
de sueños inalcanzables por los que luchar.

Hablemos del amor,
de la comunión de almas,
de los hijos y sus maletas con miedo,
de lenguas midiendo centímetros de piel,
de la satisfacción tras la extenuación.

Hablemos de lo más valioso,
de momentos inolvidables
que nos emocionan,
de las cosas que de verdad importan.

¿Te has dado cuenta? 

Las cosas que    de verdad importan

no cuestan

dinero.


Del poemario Ardimiento, de próxima publicación 

25/11/13

"Gente simpática", mi próxima publicación

Gente simpática
(a modo de introducción)

El 17 de noviembre de 2010 se presenta en Madrid un libro singular: Simpatía por el relato (cuentos escritos por rockeros). Se trata de una edición única, que aúna literatura y música. Durante más de dos años los escritores Patxi Irurzun y Esteban Gutiérrez recopilan cuentos escritos por músicos, cantantes y compositores de bandas de rock españolas. El libro recoge narraciones breves de Kutxi Romero, cantante de Marea, de Carlos Pina, cantante de Panzer, de El Drogas, líder de Barricada, de Julián Hernández, de Siniestro Total y así hasta conformar una increíble antología de 32 autores. Simpatía por el relato es una edición única porque, además, es un libro solidario y los derechos obtenidos por autores y antólogos han sido cedidos y destinados a un comedor social de Pamplona y a una asociación de apoyo al pueblo saharaui de Fuenlabrada. Para asegurar el éxito del libro y del fin social al que quieren destinar los posibles beneficios del mismo, se origina una gira de presentaciones y conciertos por toda España, generándose una corriente positiva, de buen rollo, de generosidad allí dónde el libro es presentado. Una corriente positiva que se califica con una palabra, un nombre que lo dice todo: “simpatía”.

Gente simpática es el diario de ruta de esas presentaciones y conciertos. En él se narran las anécdotas de las mismas, se describe la actividad tras los telones de los músico-cuentistas en los conciertos, se narran las peripecias que ocurrieron durante los dos años que el libro estuvo gestándose, cómo llegaron a él los participantes, las barreras que se hubieron de sortear, la solidaridad generada entre todos los rockeros que hacía que las bandas se ocupasen de llevarlo a su ciudad, de conseguir gratis una sala de conciertos para tocar allí (Madrid, Fuenlabrada, León, Oviedo, Gijón, Santiago de Compostela, Zaragoza, Barcelona, Valencia…), de ofrecerse para tocar de modo gratuito, de amplificar la existencia del libro y, a su vez, del Comedor Social París 365 de Pamplona y de la Asociación Río de Oro, de su campaña de acogida por familias de Fuenlabrada de niños saharauis en el verano.  

Pero, además, Gente simpática, contiene varios niveles narrativos más. Por un lado nos muestra el panorama literario español, sobre todo de escritores alternativos, underground, asociales, que no comulgan con las corrientes comerciales del momento. Estos escritores han apoyado el proyecto desde el inicio y acogieron el proyecto en las librerías y salas de sus ciudades. Salen a la luz muchos de los nombres de la literatura actual que serán recordados en el futuro por su compromiso social y su creencia en el cambio del sistema: Vicente Muñoz, Xen Rabanal, José Ángel Barrueco, David González... Estos son los escritores de los que se hablará, y no de los grandes vendedores de humo, de los proyectos gestados en multinacionales y sustentados por miles de euros en publicidad.

Asimismo, el diario de ruta que es Gente simpática,  precisamente por ese inconformismo latente en la gira que genera la corriente “simpática”,  hace que el autor, Esteban Gutiérrez Gómez, recupere de su memoria a aquel chaval que era él a los 18 años, aquel joven llamado Bacø, que pinchaba música en los garitos de rock, que participaba en un programa musical de radio de cierto éxito y que pensaba, ya entonces, que era posible cambiar el mundo.

Simpatía por el relato no era más que un proyecto descabellado que dos escritores hacen fermentar en su cabeza una noche de cervezas y se convierte, a fuerza de empuje y solidaridad, en una realidad que aúna tanta gente y tantas emociones que genera una corriente de apoyo difícil de conseguir, aún con todo el dinero del mundo, por aquellas multinacionales de la letra impresa. La salida de la segunda edición del libro es una muestra de su éxito.

Eso es lo que el diario pretende hacer ver: que nada es imposible.

Y que de vez en cuando
se cumplen
los sueños.


próximamente



Prólogo y epílogo por Patxi Irurzun
Dirige la Colección Zigurat, David González
(gracias a los dos)

The Sympathy Tour

MADRID,   17 DE NOVIEMBRE DE 2010
(Luter, Juan Abarca, Dani Sancet,  Ángel Petisme)

FUENLABRADA,   18 DE NOVIEMBRE DE 2010
(Yeska, Insolenzia, Luter, Kike Babas y La Desbandada)
  
OVIEDO,   19 DE NOVIEMBRE DE 2010
(Black Horde, Los majaderos)

PAMPLONA,   25 DE NOVIEMBRE DE 2010
(El Drogas)  

LEÓN,      9 DE DICIEMBRE DE 2010
(Ni Voz, ni Bótox)  

SANTIAGO DE COMPOSTELA,          19 DE ENERO DE 2011
(Forraje)  

ZARAGOZA,      18 DE FEBRERO DE 2011
(Experimentos in da Notte, Lilith, Insolenzia)  

BARCELONA,       17-18 DE JUNIO DE 2011
(El Pájaro Loco, Lilith)  

GIJÓN (SEMANA NEGRA),           29  DE JULIO DE 2011
(Black Horde, Lilith)  

GETAFE (SEMANA NEGRA),     16  DE OCTUBRE DE 2011
(Kike Babas y La Desbandada)  

VALENCIA,  11 DE NOVIEMBRE DE 2011
(The Sheenas, LIlith)  

       MADRID (theENDoftheTOUR),      24 DE FEBRERO DE 2012
(Juan Abarca, Turrones, Panzer)   


11/11/13

DesTino

La Santísima Muerte (by HELROG, homenaje a Sylvia Li)

11 de noviembre de 2013

Vengo de rehabilitación y tengo que forzar un paseo ahora que la rodilla está caliente. Voy a llevar unos pantalones a arreglar. Se ha roto la cremallera y son los pantalones preferidos de mi hijo (los últimos pantalones siempre son los preferidos). El local de Ivanna, la costurera, está cerrado. Las persianas no están echadas, así que no parece que vaya a tardar mucho y espero al sol. Hace una bonita mañana soleada de otoño. Junto al local de Ivanna hay una tienda esotérica y, al lado, un local de compraventa de oro (máxima tasación, pago inmediato “en metálico”). Mientras espero observo el local de productos esotéricos (se hacen “trabajos” de todo tipo, tarot 100 euros, oferta tirada de cartas 25 euros, “cada problema tiene su solución”). Me asomo y no logro ver a nadie dentro. Todo el escaparate está lleno de figuras de vírgenes y demonios, de velas de distintas formas y colores, y de hadas y también hay budas y un altar mexicano con ofrendas a la Santa Muerte. Espero a Ivanna y coloco las puntas de los pies sobre el bordillo de la acera (un bordillo bajo, de unos siete centímetros). Con las puntas sobre el bordillo y los talones pegados a la acera me inclino hacia adelante, como me han enseñado en rehabilitación. Así estiro los músculos de la rodilla y no se enquista la rotura de fibras del semimembranoso. Mientras hago el ejercicio veo a una chica entrar apurada en el local de compraventa de oro. Es joven, andará sobre los 30 años, y lleva el pelo largo, algo fosco y teñido con un tono dorado que espejea con el sol. Casi se golpea con la puerta al abrir, parece muy nerviosa. Por fin llega Ivanna, ha ido a tomar un café, la mañana está siendo muy floja, aunque a ella no le falta el trabajo. Todos vamos a ajustar la ropa de un año para otro. Se acabó el comprar y tirar. Me dice que la cremallera tiene arreglo y en un pispás la abre por la parte de abajo, quita el tope, coloca el cursor de nuevo y cose el extremo inferior. Mientras trabaja hablamos de las pulseras con cuentas de colores que lleva puestas, 6 o 7 en cada muñeca. Son brillantes, como de cristal, y las hace su sobrina. Algunas tienen letras que forman nombres. Hay algún misterio en ellas. Vuelve a meter los pantalones en la bolsa y me la tiende. No quiere cobrarme por el arreglo. “Es fácil que vuelva a romperse y la tengamos que cambiar”, me dice con una sonrisa. Se lo agradezco y salgo del local. Camino despacio, muy lentamente, mirando alternativamente hacia adelante y al suelo, como hago estas dos últimas semanas, con miedo a que la rodilla vuelva a chascar. No he dado dos pasos cuando alguien sale del local de productos esotéricos tan deprisa que casi me arrolla. Ha ocurrido tan rápido que no he podido reaccionar. Sólo se me ha ocurrido pararme, encogerme y esperar que no llegue la embestida. Y así ha sido: no se ha producido el choque. Una estela dorada ha logrado esquivarme y corre en dirección contraria a la mía.


(Me giro para ver cómo corre. Algunas notas de su perfume a rosas han quedado flotando, formando un rastro invisible. Sólo pienso que me hubiese gustado verle la cara, que todo su secreto está dibujado en su rostro, que ojalá todo le vaya bien.)

4/11/13

Regreso después del abandono


Sí, por pereza o por desidia o porque no me motivaba en absoluto ponerme a escribir para “simplemente alimentarlo”, he tenido abandonado el blog todo este tiempo. Eso no significa que haya dejado de trabajar (y por trabajar hablo de escribir y de todo aquello que no es escribir, pero es consustancial a la literatura) y hay unos cuantos proyectos rodando por este mundo de las letras. A ver si alguno de ellos (sobre todo un poemario que me tiene entusiasmado) cuaja pronto.

En fin, recopilando alguna información de lo que estos últimos días ha ocurrido, deciros que acaba de publicarle El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis-Ferdinand Céline, un libro colectivo en el que un puñado de autores españoles reflexionan-muestran-ficcionan-opinan sobre la figura y la literatura del autor francés, el más maldito de los malditos, y que, como todos ellos (“los malditos”) ha influído notablemente en la literatura de las generaciones posteriores de escritores, tanto europeos como norteamericanos. Ya sabéis: “si ellos tienen su Dios, nosotros tenemos el nuestro”. Un libro en el que participo con un relato, “Huele a espíritu adolescente”, que muestra cómo los postulados de vida de Céline siguen aún vigentes. Por cierto, que con el título realizo un doble homenaje: a Céline, por hacer ver hasta el final de la vida su disconformidad con la sociedad, con el mundo-basura que lo rodeaba (no muy diferente al actual, por cierto), a la manera bárbara y sincera de los chavales que no miran más allá del próximo segundo, que no tienen nada que perder; y a Kurt Cobein, compositor y líder de la banda de rock Nirvana, que renegó de esta canción ("Smells Like Teen Spirit" ) cuando las multinacionales la convirtieron en himno del inconformismo y empezó a facturarse lo underground (etiquetado como grunge) y hasta su propia imagen igual que la de Che Guevara (nunca un muerto anticapitalista facturó tanto) como líder de la Generación X (otra etiqueta). Lástima que su precipitada muerte lo convirtiese en mito y sirviese para seguir aumentando el negocio.

El descrédito es una lectura que llega a las librerías gracias al empuje del escritor leonés Vicente Muñoz Álvarez y al guante recogido del suelo por Ricardo Moreno, editor de Lupercalia. Creo que os interesará.



El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis-Ferdinand Céline
Selección y prólogos de Vicente Muñoz Álvarez y Julio César Álvarez


Colaboran:  Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Mario Crespo, Celia Novis, José Ángel Barrueco, Óscar Esquivias, Bruno Marcos, Pepe Pereza, Isabel García Mellado, Álex Portero, Vanity Dust, Juanjo Ramírez, Patxi Irurzun, Juan Carlos Vicente, Velpister, Esteban Gutiérrez Gómez, Pablo Cerezal, Javier Esteban, Choche, Miguel Baquero, Carlos Salcedo Odklas, Joaquín Piqueras, Adriana Bañares, Gsús Bonilla, Alfonso Xen Rabanal y Daniel Ruiz.

 ***


Por este mundo del ciberespacio, además, hay algunas cosas que quisiera destacar: el regreso del poeta y escritor David González (gran maldito, también, y gran amigo) con un nuevo blog: El lenguaje de los puños http://ellenguajedelospunos.blogspot.com.es/), tras algunos meses de sanadora desconexión; y la publicación de Alcander, la primera novela de mi compañera de letras de Fuenlabrada Luisa Fernández, en formato digital, que abre la puerta a lo que puede llegar a ser todo un bombazo editorial. Aquí os dejo el banner de Alcander.

20/9/13

Luis Miguel Rabanal en Madrid

La vida acaba mal, conforme. Si acostumbrabas a dar
vueltas y más vueltas a su alrededor. Si coincidiste
con ella en las fiestas de guardar y en las otras,
sobremanera en las otras. Si suprimías su nombre
advenedizo de las estampas con más colorines para
vengarte prematuramente de alguien. Si has llegado
incluso tú solo hasta aquí, ya puedes contar con
los dedos las páginas apesadumbradas del libro de
horas. Y llorar a raudales. Y abrirte las venas con una
hoja de lata sin importancia ninguna.

Luis Miguel Rabanal
"A la que falta"



17/9/13

"Mi vida como perro", un relato de Andrés Portillo



Hombres frágiles, mujeres de cristal es la última propuesta narrativa de Andrés Portillo. En este volumen de cuentos, el autor getafense nos introduce en un mundo propio, dotado de una atmósfera inquietante, en el que los personajes parecen levitar, darse la vuelta por completo, de dentro afuera, para sacar el animal que los posee
Destaco, porque así me lo ha sugerido al lectura, la presencia del mundo onírico de Quim Monzó en cada uno de los cuentos. Todo, desde las situaciones hasta el estilo, desde la densidad en la reenumeración al surrealismo inexplicado, desde la nomenclatura de los personajes al dominio de la ironía, me ha ido recordando al maestro catalán de lo breve. Y me ha sugerido a Monzó con cierta envidia, porque yo tuve una época de lector-escribiente en que hubiese dado la mano izquierda por lograr escribir un solo cuento de este estilo con plena efectividad.

Ahí va el botón de muestra:


Mi vida como perro
  

Boris es un perro idiota, degenerado y baboso. A Boris le gusta que su ama, la rubia despampanante del cuarto derecha, le pasee una vez al día, le acaricie entre las orejas, y le rasque la barriga cuando retoza en el parque. Eso se nota porque saca la lengua y jadea entusiasmado, como un necio.

Les oigo salir de casa cada tarde. A él, con ese ladrido entre alocado e histérico que tienen los perros que son felices. A ella, sodomizando los escalones con sus zapatos de tacón de aguja, con sus cueros, sus curvas, y esos labios rojos que me hacen salivar como un bulldog.

─ Silencio, Boris, no molestes a los vecinos ─. Su voz sabe a aguardiente con miel, lo sé porque se derrama por el corredor y yo la recojo con la boca para emborracharme.

Cada tarde, a las ocho y media, pego el ojo a la mirilla, siempre puntual, como un voyeur compulsivo, como un obseso. La veo y me flaquean las piernas, me derrito como la mantequilla expuesta al sol, clavo las uñas en la madera de la puerta para no caerme de espaldas. Luego, miro al chucho y se me revuelven las tripas, me pone enfermo imaginar que ese cretino se lleva las caricias de la propietaria de mis sueños, que duerme en su habitación, en su cama, a su lado… Se instalaron en la comunidad hace apenas seis meses. Desde entonces, nunca la he visto llegar a casa con un hombre, ni siquiera con alguna amiga, siempre con él, con el perro engreído.

Por si no lo creen, juro que me habría conformado con observarla, claro que lo juro. Me hubiera bastado ser el espectador de sus contoneos. Un admirador pasivo, invisible y silente, pero ayer el pulgoso debió husmear mi presencia tras la puerta, se encaró y comenzó a ladrar como un energúmeno. Me asusté, por un instante temí ser descubierto.

─ ¡Boris, cállate! ¡Boris, que te calles! ¡Boris, hazme caso o te parto en dos!

 No pude evitarlo, volví a arrimar el ojo y vi cómo la rubia golpeaba al chucho con una cadena gruesa mientras este, sumiso, gemía y buscaba los tobillos del ama para lamerlos con su lengua golosa. Yo sentía cada verdugazo en mi espalda, en mi cuello, en mis brazos…, notaba cómo se me desgarraba la piel, cómo se encendían las ascuas de mi cuerpo a cada golpe. Incompresiblemente, me excitaba con sus gritos, con cada insulto. A la mujer cañón le resplandecían los ojos, se le agitaba el pecho bajo el encaje negro de su escote.

─ ¡Calla! ¡Obedece! ¡Quieto! ─ decía ella, y yo obedecía, dejaba de respirar para no hacer ruido, y me quedaba inmóvil como una roca.

Cuando los golpes dejaron de ser tan contundentes, el degenerado se tumbó y se tapó la cabeza con las patas; debió considerar que ya habían jugado lo suficiente. Fue entonces cuando la mujer despampanante del cuarto derecha decidió terminar con el correctivo. Ató al chucho con la cadena y tiró de él con fuerza camino de la calle, con cara de amante satisfecha. Antes de bajar el primer escalón, clavó sus ojos en mi puerta y me lanzó una sonrisa húmeda que me empapó la entrepierna.

Hoy, agazapado tras la ventana de mi salón, controlo que la rubia sale del portal. A las once y diez de la mañana la veo montar en su coche, irresistible, como siempre. Espero unos minutos, por prudencia, y me encamino a su apartamento después de envolver un exquisito solomillo de ternera en papel de aluminio. Fuerzo la puerta, aparece el chucho y me gano su confianza lanzándole el trozo de carne. Antes de que pueda decir guau, le abro la garganta con un cuchillo afilado, busco la cadena, me la ciño al cuello y aúllo como un lobo orgulloso. Entonces, recorro la casa olisqueando por los rincones. Froto mi lomo con las esquinas para familiarizarme con ella, para hacerla mi hogar. Devoro unas galletitas con sabor a pollo asado que hay en un plato y me tumbo en el suelo a dormir la siesta. Cuando oigo que llega el ama, acudo a recibirla a cuatro patas. Ladro y salto como un perro feliz. Ella encuentra la puerta rota, a Boris muerto, y duda un instante. Me temo lo peor, sin embargo, sonríe, me acaricia entre las orejas y me rasca la barriga.

─ ¿Sabes?, eres un cachorrito muy travieso ─ dice mi dueña.

Entonces saco la lengua y jadeo entusiasmado, como un chucho goloso que quiere jugar.



31/7/13

"Solo por ahí", un cuento de Manuel Rivas (protagonista invitado: Steven Tyler, cantante de Aerosmith)

Es uno de los buenos cuentos de Manuel Rivas. Continúa su mixtura de música (rock sobre todo, el rock duro de aquellos años al principio de los 90) y literatura. Todo el texto transmite la inquietud del protagonista. Todo aquel que haya sido padre o haya cuidado hijos adolescentes empatizará de forma inmediata con el texto. Una narrativa viva, ágil con los diálogos, pero llena de silencios reveladores, que conducen la mente del lector hasta sus propios descubrimientos. El final de este relato breve es para quitarse el sombrero.

Manolo Rivas, Maestro.
























Solo por ahí
No tuvo la sensación de despertar sino de
salir de un sopor de tila templada. Ma estaba allí,
al pie de la cama, aguijoneándolo con aquellos
ojos de perra sonámbula.
—-¡Cielo santo! ¿Dónde se metería?
—Tranquila, mujer.
Habían esperado por él hasta las cuatro de
la mañana, dando vueltas en torno al teléfono y
con un nervio eléctrico tendido por el pasillo
hasta la cerradura de la puerta.
—¡Si hubiésemos llamado antes! —se quejaba
ella—. A lo mejor, está en casa de Ricky. O
de Mini. Sí, seguro que en la de Mini. Me dijo
que sus padres les dejan ensayar hasta tarde. Viven
en un dúplex, claro.
—Por mucho dúplex que tengan no creo
que les dejen armar follón por la noche. ¡Angelitos*,
ni que tocaran nanas!
Ella cruzó los brazos y buscó algo que mirar
en el muro opaco de la noche.
—De eso te quería hablar, Pa. Creo... creo
que deberíamos procurar que estuviese más a
gusto en casa.
—¿A gusto? ¿A qué te refieres? ¡Si tiene
toda la casa para él! El otro día llegué y había
aquí, aquí mismo, en la sala, cuatro mocosos comiendo
pizza y viendo un vídeo de tipos y tipas
que se cortaban piernas y brazos con una sierra
eléctrica. ¡Manda carajo! ¿Por qué no ven pelis
pomo? ¡Me llevaría una alegría...!
—Son así. Hay que entenderlos.
—¿Entenderlos? ¿Sabes lo que le dije?
Oye, de puta madre esa película. ¿La última de
Walt Disney? Eso fue lo que le dije. ¿Duro, eh?
—Le pareció fatal. Dijo que habías sido un
borde, que siempre le tomabas el pelo delante
de sus amigos.
—¿Y qué quieres que haga? ¿A ver? ¡Unas
hostias! Eso es lo que yo tenía que hacer. Darle
unas buenas hostias.
—¡Por favor, Pa!
—A mí me las dio mi padre un día que le
dije mierda. ¡Vete a la mierda! Yo ya era un mozo,
no creas. Y me metió una bofetada que casi me
tumba. Le estaré agradecido toda la vida. Me
aclaró las ideas.
—Él nunca te mandó a la mierda.
—No. Eso es cierto. Me dijo "¡Muérete!".
Pero nunca me mandó a la mierda...
Eran las cuatro de la mañana y a esa hora ya
no podían llamar por teléfono a los padres de Ricky
o de Mini. Sería como entrar sin permiso en casa
ajena con los zapatos llenos de barro. Intentó convencerla
de que lo mejor era ir a dormir un poco.
—No pasa nada, ya verás. Estará a punto
de llegar, O se quedaría a dormir en casa de sus
amigos. Hay que descansar, anda.
—Acuéstate tú. Mañana tienes que conducir.
¿Quieres una tila?
Ahora eran las siete y ella estaba allí, con
las ojeras de la mujer que atiende el guardarropa
en un club nocturno.
Le pedía sin hablar que hiciese algo, antes
de que se quedase sola y el pasillo se convirtiese
en un largo embudo.
—Todavía es un poco temprano. Tranquila.
Esperamos media hora y llamamos.
Se vistió y se afeitó. Mojó la cabeza más de
lo normal y se peinó para atrás, alisando con las
manos. Tomó un café solo y sintió en la cabeza
el combate con la tila, el encontronazo de un
viajante acelerado con un vagabundo que iba a
pie por el borde de la calzada. Fue el viajante
quien se puso en pie y se dirigió hacia el teléfono,
seguido por una mujer al acecho.
—Disculpa que llame a estas horas. Soy
Armando, el padre de Miro. ¿Quería... quería
saber si se quedó a dormir por ahí?
—¿No? Vale, perdonad, ¿eh? -
~No, no pasa nada. Era por si...
—Claro, claro, estará por ahí. Gracias y
perdona, ¿eh?
Nada, dijo. Y marcó otro número, el de los
padres de Mini. No contestaban y volvió a marcar.
—Nada. Para éstos debe de ser muy temprano.
Cogió a la mujer por los hombros y le dio
un beso. Toda ella parecía tan leve como su camisón.
—Llama tú dentro de media hora. Yo ahora
tengo que irme. Ya voy muy retrasado. Venga,
venga, tranquila. A ver, alegra esa cara. Venga, una
sonrisa. Venga, mujer, venga. Así me gusta. Estamos
en contacto, ¿eh?
Antes de marcharse, se asomó a la habitación
de su hijo. Sobre la almohada había un
arlequín de trapo con la cabeza de porcelana.
Otros días le daba risa aquel detalle infantil, pero
hoy hizo un gesto de desagrado. La expresión del
muñeco le parecía inquietante. Una sonrisa doliente
y triste. En la pared, en el póster más grande
y visible, estaba aquel tipo, Steven Tyler, líder de
Aerosmith. Murmuró: "¿Qué, qué pasa, tío?". La
boca todavía más grande que la de Mick Jagger.
Greñas muy largas y alborotadas. El pecho desnudo,
con dos grandes colmillos colgando de un collar.
De pantalón, una malla ceñida, como piel de
felino, que le marcaba el paquete con descaro. De
hecho, pensó, todo el personaje es un descaro. Por
vez primera le asaltó la duda de que aquel póster
estaba allí por él. Tenía su misma edad, ¿O no?
Steven Tyler era más viejo. Cuando Miro se lo
dijo, se había quedado mudo.
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23/7/13

"Televisión", un poema de Manuel Rivas

Primero hay que ver el vídeo. Es fácil, se deja escuchar. Aproximadamente en el minuto 4:53 suenan las llaves de la puerta y empieza el poema "Televisión" de Manuel Rivas ("Un millón de vacas", 1990)



Televisión 


A esa hora llegaba mi vieja,
justo cuando el bajo de The Cult
daba aquellos pasos de comanche.
Mi madre,
boqueando después de fregar las oficinas del Fénix Español,
se ponía las zapatillas,
se sentaba en el sofá,
suspiraba en lo más hondo
y cambiaba a la primera cadena.
Anda, vago, sal a la calle y espabila.
Apareció el Empire State
y mi vieja dijo con ternura:
Pobre de la que tenga que fregar todo eso.

18/7/13

Releyendo a Manuel Rivas

Este verano me he propuesto releer mis clásicos favoritos: Cortázar y Manuel Rivas. Necesito volver a las fuentes de las que bebí y que me convirtieron en contador de historias. Me asombra Rivas, me conmociona, me ablanda el alma con su poesía en prosa y sus íntimas historias que siempre rozan el corazón. Es, sin lugar a dudas, el mejor cuentista de este país.
Os dejo con un discurso sobre el cuento que no tiene desperdicio.


Manuel Rivas en Fuenlabrada

La escuela del relato
de Manuel Rivas

La vida tiene vocación de cuento.
La vida, con toda la caravana del lenguaje, lleva sobre sus hombros la
memoria. No es un lastre. Es el peso de los bienes que justifican su viaje hacia
adelante. Su sentido. Aunque a veces desconoce el verdadero contenido de los
fardos.
En todo caso, cuando la memoria se cae de los hombros de la vida y del lomo
de las palabras, porque ha estallado una tormenta, o por descuido, o por
indiferencia, sobreviene el impacto de la pérdida, la sensación de vacío. Ha de
volver sobre sus pasos, pero ya no se trata propiamente de un viaje hacia
atrás. Su tiempo ahora es la nostalgia del porvenir, un presente recordado.
Esa temblorosa excitación de las palabras que olfatean el rastro del sentido.
Sí, la vida tiene vocación de relato.
Muchos escritores hablan de primeras lecturas, de los libros que le
impresionaron, para situar el comienzo de su andadura literaria. Yo tendría
que hablar de una escalera. Esa escalera, con peldaños de madera muy
rugosa, pues así envejece el pino del país, era la que llevaba a los dormitorios
en el piso. La planta baja estaba dividida en dos espacios: el de una cuadra
interior para el ganado y el comedor campesino. Era la casa de mis abuelos
por parte de madre. Allí, alrededor del fuego del hogar, se contaban todas las
noches historias. Podría decir que mi vocación literaria comenzó al lado de
aquel fuego donde crepitaban las palabras de los mayores tintadas de vino.
Pero no. Nació en la escalera.
Yo debería estar en la cama, pero estaba en la escalera, oculto por un tabique
de tablas. Ellos no me veían, pero yo, desde mi posición, veía el resplandor del
fuego reflejado en los cristales de la ventana del lavadero. Y veía la parte
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iluminada de sus rostros. La memoria, tan voluntariosa, pinta ahora el lienzo
de esa ventana como un Caravaggio.
Esas personas que contaban historias eran distintas a las que yo había dejado
minutos antes. Eran las mismas, pero eran distintas. Eran narradores.
Colgado en la percha del día, habían dejado el silencio o la parquedad de quien
habla con las manos. Mis familiares y algunos vecinos que se unían a la velada
eran otros seres, transformados por el lenguaje y los juegos de luz. No tenía
sentido preguntarse si lo que contaban era real o era ficción. El relato sucedía
en ese momento. Crepitaba con la excitación de las palabras. Era verdad. ¡Era
verdad!
Quien haya llegado hasta este punto, quizás piense que les hablo de una
especie de estampa campesina idealizada, donde se cuentan leyendas y
tradiciones alrededor del fuego. Una especie de redoma, de bola de cristal,
donde habita la infancia. Nada de eso.
Los relatos que subían por la escalera para envolver al niño escondido
trataban sobre todo de crímenes y guerra, de amoríos en los que no faltaban
detalles de erótica lujuria, de escapados, de travesías en el mar y viajes de
emigrantes. Es decir, todo muy moderno. Nada de hadas, ni de brujas, ni de
duendes. Si acaso, algún aparecido, el ánima de algún muerto que volvía. Pero
también eso es muy moderno. En lo alto de la escalera había una bombilla de
luz muy, muy débil. Desnuda, sostenida por un cable trenzado. La intensidad
de la luz de esa bombilla tenía, para mí, una relación directa, a la vez, con lo
que sucedía en los relatos y en el exterior. Disminuía, hasta casi extinguirse,
cuando aullaba el viento o arreciaba la lluvia. La voz de quien hablaba se
hacía también casi inaudible. Desde entonces, cuando me hablan de "realismo
mágico" pienso en la electricidad. En aquella bombilla de pocos watios donde
revoloteaba, jugando a quemarse, la mariposa nocturna de la literatura.
Aunque todos tuviesen historias que contar, no todos los mayores las
contaban. Había una técnica muy depurada en el contar. No había lugar para
las generalidades, para las abstracciones. El relato tenía que ser sensorial:
entenderse y sentirse. Hoy diría que las palabras tenían un instinto ecológico:
volvían a nacer, recuperaban el sentido. No importaba la medida, en el contar
no se aplicaba el sistema métrico decimal. Lo importante era la densidad de
emoción. Y el narrador se tomaba libertades formales siempre que estuviesen
al servicio de la excitación, como la ardilla que recorre las ramas de un nogal y
vuelve al punto de partida con un fruto nuevo.
Los que más habían vivido, los que habían sido, por ejemplo, emigrantes,
ponían a veces sus relatos en boca de los otros, de los que contaban y que
quizás no habían ido nunca a ninguna parte. Y escuchaban con mucha
atención, sorprendidos, emocionados o riéndose, lo que se suponía que era su
propia vida como si fuese la primera vez que tuviesen noticia de ella. Y era
verdad. Era la primavera vez que su vida flameaba en llamas, excitada, en la
cámara oscura de la noche, pegada y esquiva con el mundo real como el vuelo
del murciélago.
No eran historias de la vida. Era la vida que contaba historias para sobrevivir
una noche más. Para entrelazar soledades. Y también subir peldaño a peldaño,
con la memoria a cuestas, los peldaños de la escalera donde se escondía el
clandestino.