El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

11/11/13

DesTino

La Santísima Muerte (by HELROG, homenaje a Sylvia Li)

11 de noviembre de 2013

Vengo de rehabilitación y tengo que forzar un paseo ahora que la rodilla está caliente. Voy a llevar unos pantalones a arreglar. Se ha roto la cremallera y son los pantalones preferidos de mi hijo (los últimos pantalones siempre son los preferidos). El local de Ivanna, la costurera, está cerrado. Las persianas no están echadas, así que no parece que vaya a tardar mucho y espero al sol. Hace una bonita mañana soleada de otoño. Junto al local de Ivanna hay una tienda esotérica y, al lado, un local de compraventa de oro (máxima tasación, pago inmediato “en metálico”). Mientras espero observo el local de productos esotéricos (se hacen “trabajos” de todo tipo, tarot 100 euros, oferta tirada de cartas 25 euros, “cada problema tiene su solución”). Me asomo y no logro ver a nadie dentro. Todo el escaparate está lleno de figuras de vírgenes y demonios, de velas de distintas formas y colores, y de hadas y también hay budas y un altar mexicano con ofrendas a la Santa Muerte. Espero a Ivanna y coloco las puntas de los pies sobre el bordillo de la acera (un bordillo bajo, de unos siete centímetros). Con las puntas sobre el bordillo y los talones pegados a la acera me inclino hacia adelante, como me han enseñado en rehabilitación. Así estiro los músculos de la rodilla y no se enquista la rotura de fibras del semimembranoso. Mientras hago el ejercicio veo a una chica entrar apurada en el local de compraventa de oro. Es joven, andará sobre los 30 años, y lleva el pelo largo, algo fosco y teñido con un tono dorado que espejea con el sol. Casi se golpea con la puerta al abrir, parece muy nerviosa. Por fin llega Ivanna, ha ido a tomar un café, la mañana está siendo muy floja, aunque a ella no le falta el trabajo. Todos vamos a ajustar la ropa de un año para otro. Se acabó el comprar y tirar. Me dice que la cremallera tiene arreglo y en un pispás la abre por la parte de abajo, quita el tope, coloca el cursor de nuevo y cose el extremo inferior. Mientras trabaja hablamos de las pulseras con cuentas de colores que lleva puestas, 6 o 7 en cada muñeca. Son brillantes, como de cristal, y las hace su sobrina. Algunas tienen letras que forman nombres. Hay algún misterio en ellas. Vuelve a meter los pantalones en la bolsa y me la tiende. No quiere cobrarme por el arreglo. “Es fácil que vuelva a romperse y la tengamos que cambiar”, me dice con una sonrisa. Se lo agradezco y salgo del local. Camino despacio, muy lentamente, mirando alternativamente hacia adelante y al suelo, como hago estas dos últimas semanas, con miedo a que la rodilla vuelva a chascar. No he dado dos pasos cuando alguien sale del local de productos esotéricos tan deprisa que casi me arrolla. Ha ocurrido tan rápido que no he podido reaccionar. Sólo se me ha ocurrido pararme, encogerme y esperar que no llegue la embestida. Y así ha sido: no se ha producido el choque. Una estela dorada ha logrado esquivarme y corre en dirección contraria a la mía.


(Me giro para ver cómo corre. Algunas notas de su perfume a rosas han quedado flotando, formando un rastro invisible. Sólo pienso que me hubiese gustado verle la cara, que todo su secreto está dibujado en su rostro, que ojalá todo le vaya bien.)

2 comentarios:

Peter Saavedra dijo...

La curiosidad de sentirse vivo y perseguir a las cosas con la necesidad de estar dentro. Un abrazo, Pina.

BACO dijo...

Justo eso. Abrzs