El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")
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22/12/15

Feliz solsticio, my friends






SOLSTICIO DE INVIERNO

Estábamos casi todos. Chusa y Nora con las viandas y las velas de olor, los nenes echando carreras alrededor de la cama y Alfredo y yo mirando los álbumes de fotografías. Rosa ya no veía, pero parecía escuchar nuestros comentarios ¿Te acordás de ésta, de cuando Tonin ganó el torneo de bicicleta? ¿Vos viste la pinta que tenés acá? Y el peque Rober siempre cogido a sus faldas. Ella intentaba sonreír, seguro, una casi imperceptible media mueca de sonrisa, un pequeño abultamiento en las arrugas de la comisura de sus labios. Pusimos opera en la gramola y cantamos juntos “La bella bendición”, como a Rosa le gustaba, para empezar el solsticio antes de que se ocultase el sol. Vinieron Marga y la otra chica del hospital, les dijimos lo de la fiesta y no se extrañaron porque qué bonito pibes, qué bonito, y trajeron guantes de goma para inflar, para hacer dragones a los nenes. También Picu y Barto llegaron con sus zapatazos de medio metro y sus trajes de color, guau, guau, ¿sabés  quién se ha comido al perro? ¿Te has comido al perro? Es que era un perro salchicha, guau, guau, la punta de goma encarnada en la nariz y coloretes en la cara, cartero y barrendero que en sus ratos libres reparten sonrisas por las camas del hospital. Y recordamos las fiestas en la pradera, y los asados de tira bajo las estrellas, y la fogata con los trastos viejos, porque anotá deseos y echálos al fuego purificador, y el traje de Lolita de Bienve y jugar con el polvo de las hormigas.
Se veía cómo se apagaba, cómo se iba consumiendo. No poco a poco, muy deprisa. Y la música que no dejaba de sonar y los berridos de los nenes váyanse por favor, arrugas en la frente de Rosa que dicen que no, que se queden, que son vida. Y llegó la noche, y prendimos la pira en el patio. Estoy seguro de que llegó a sentir el calor, a oír el chasquido de los leños. Estoy seguro de que todavía esperaba.
El peque Rober llegó con las brasas, cuando el rojo candente hacía guiñar los ojos. Un silencio cómplice del mundo anunció su inminente aparición. Y ella lo supo, siempre presagiaba cuándo iba a llegar. Abrió los párpados con fuerza, sus ojos velados nada veían, pero sabía que había llegado. Y así fue, incluso los nenes callaron en sus gritos de indios alrededor de la hoguera. Nos saludó con la mirada cansada, tres horas de carro y vuelo desde Luján, se metió dentro y fuimos tras él.
Roberto se arrodilló junto a la cama y puso la mano sobre la frente de Rosa. Ella tembló ligeramente, un instante. Todos nos colocamos alrededor, observando cómo él la acariciaba con la mirada. De nuevo volvió el temblor, más fuerte, y Rosa abrió la boca como para respirar. Entonces Roberto se inclinó sobre ella y susurrando se lo dijo ¿Te querés ir ya? Ella cerró los parpados muy lentamente y luego los apretó con un gesto cansado. Fue entonces, cuando ya estábamos todos, cuando Roberto pronunció aquella frase tan maravillosa que jamás habíamos oído pronunciar a un hijo con tanto amor: Pues entonces vete, princesa.


© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009

23/4/15

"Inspiración", un relato inédito como regalo para mis amigos/lectores este día de las letras de 2015



INSPIRACIÓN

Para Poli G. Navarro


Sancho Rodríguez es, según el anaquel con forma de pódium de la Casa del Libro y las listas de las obras más vendidas de los diarios culturales del país, un escritor de élite, uno de los escasos ejemplares de literatos que pueden vivir cómodamente de la literatura. Cada nueva obra que presenta al editor es objeto de tiradas de cientos de miles de ejemplares, cuenta con rendidos admiradores que una y otra vez quieren leer sus historias (siempre la misma, ya lo dice él) y, para no dejar nada al azar, la editorial invierte mucho dinero en publicidad, en presentaciones por todo el mundo y en la búsqueda de reseñas que capten a los indecisos. Además, sus libros salen al mercado en las fechas estratégicas muy estudiadas.

Sancho Rodríguez echa la mirada atrás y claro, por supuesto, al principio las cosas no eran así. Entonces recuerda, bueno, intenta recordar, los inicios. Suele reírse, a carcajada limpia desde hace unos años, porque vuelven a su cabeza los pájaros de entonces. Reír es una forma más de disimular el miedo. Alguna vez se la levantado de su diván y ha buscado en su despacho aquellas primeras piezas narrativas que nadie osó publicar, claro, que coleccionaron todos los noes del mundo editorial, y que pretendían romper los esquemas de la narrativa tradicional, dinamitar las letras, proyectar un futuro desconocido. Esos manuscritos que más allá de la mirada poliédrica, de la eliminación del tiempo en la narración, más allá de la deconstrucción esquemática, de la glosa inventada, de la palabra recién parida, pretendían orientar a una nueva dirección el mundo narrativo. Alguna vez ha pensado que, ahora sí, era el momento de sacarlas a la luz, que ahora que su nombre está escrito en calles y plazas de todo el mundo, que ahora que se le estudia en las universidades, ahora sería el momento adecuado para lanzar aquellas propuestas narrativas que todavía nadie se ha atrevido a lanzar. Pero algo se lo impide, algo superior a él.

Entonces recuerda la primera novela (novela, porque lo demás no vende, por lo menos no vende como la mayoría de editores quieren que se venda), aquella historia que renegaba escribir porque constantemente acudía a su cabeza. No parecía mala historia, de hecho, como se demostró con la publicación, no lo era, pero a él no le apetecía escribir historias que se le impusiesen, y menos una novela. Sí, aquella historia que volvía y volvía, su último recuerdo al acostarse y su primer pensamiento al despertarse. Al final se decidió a escribirla, solo para dejarla plasmada sobre el papel, con el íntimo deseo de que no volviese más, de olvidarla. Lo hizo renunciando a unas sagradas vacaciones de verano, el único mes de escritura que podía permitirse en el año, como si fuese un exorcismo, engañándose y obviando aquellos otros escritos criptográficos que eran lo que en verdad deseaba escribir, aquellos cuentos fantásticos, casi surrealistas, trasgresores con todo lo que hasta ahora se estaba escribiendo, aquellos relatos que en realidad enteramente escribía el lector.

Las doscientas setenta páginas de la novela se fueron acumulando a la derecha de su máquina de escribir. En esta ocasión parecía imponérsele la estructura tradicional, el juego de tres historias paralelas que confluían al final en un nudo de maroma. Él solo quería llegar al final, y escribía pensando en eso, en poner un punto y dejar el resto del folio en blanco. Veintiocho días estuvo así, agachado sobre la máquina, plasmando vicisitudes y sentimientos que un demonio interior, hasta ahora desconocido pero perseverante, le dictaba. Y claro que llegó ese día en el que el último folio reposaba sobre los demás.

La sensación fue extraña, no resultó el alivio que él pensaba que resultaría, pero dio el asunto por zanjado. En su fuero interno, en su pensamiento más escondido, sabía que aquello había sido un diezmo para evitar levantarse cada mañana obsesionado con aquella historia tan manida y universal, aquella historia de amor y de odio, de trasgresión familiar, de muertos silenciados y de ejercicio arbitrario de poder, aquella historia que no aportaba nada nuevo a la literatura, que detestaba porque en su fuero interno sabía que era otra historia más que se olvidaría en unos años, eso si llegaba a cuajar. Y con este sentimiento de saber que se había engañado con la pretensión de calmar el espíritu inquietante y pesado que le dictó la narración, se acostó aquella noche, convencido de que el sacrificio, casi un mes, la totalidad de las vacaciones del año, el mes que más deseaba que llegase porque le permitía lecturas de cientos de páginas, paseos inspiradores y escribir sin la presión del sueño o sin la espada de que llegasen las siete de la mañana para volver a trabajar en la oficina; de que ese sacrificio había valido la pena con tal de que aquella narración que cada noche había acudido a su mente, con la que cada mañana despertaba, aquella narración completamente escrita antes de plasmarse sobre el papel, la olvidaría para siempre y jamás recordaría nada de ella.

Durmió toda la noche sin apenas moverse del sitio, sin las vueltas de cama de antes, se sintió descansado cuando despertó, incluso esbozó una sonrisa de triunfo al tener que ser él el que recordase que no había despertado obsesionado por la historia, que había sido él el que la invocó con su recuerdo. Tan solo un algo le hacía dudar, un algo que no sabía identificar muy bien, que no podía precisar. Pero ese algo no le obsesionaba, no se le imponía como la historia, y le permitió volver aquel día a los paseos y a las lecturas y a las reconstrucciones, a las nuevas e inverosímiles propuestas literarias.

Aquella tarde, penúltima de vacaciones, logró escribir el relato al revés que llevaba tantos años buscando. No se trataba de alterar el orden de cuatro o cinco escenas, de anticipar el final y narrar la historia de atrás adelante. Eso ya lo había conseguido en alguno de los relatos. Se trataba de escribir línea a línea, frase a frase, palabra por palabra todo el relato, rebobinando el carrete del sedal hasta que el plomo y el anzuelo quedasen arriba de la caña con el gusano retorciéndose antes de ser lanzado al agua pero después de haber sacado el pescado. Qué satisfacción la de Sancho Rodríguez, que alegría le embargaba, lograr esto había compensado el sacrificio de aquella historia que se le había impuesto sin él querer escribirla.

Al día siguiente, un día siempre triste el anterior a la vuelta al trabajo para los que, como Sancho, no trabajaban en lo que querían, para los que lo detestaban y preferían perderlo pensando en su mala suerte, al día siguiente digo, el despertar fue más inquietante.
Ese algo de la noche anterior se instaló en su mente y empezó a cobrar forma. Él se imaginó lo que estaba ocurriendo, pero no quiso dar crédito porque significaba estar condenado, significaba que aquella pesadilla no tendría final. Y así fue, Sancho Rodríguez estaba condenado a escribir novelas de éxito, novelas y novelas, hasta su final.

Ríe el escritor con aquellos recuerdos de hace tantos años. Entonces todo aquello le preocupaba. Pasaron los días de angustia y las visitas al psicólogo, pasaron las noches insomnes y los intentos por luchar contra sí mismo. Hasta que envió aquel manuscrito de novela, no a cualquier editorial, a la más poderosa, porque algo interno, quizás el demonio dictador, le decía que tenía que ser a la más poderosa, y recibió una carta preguntándole si tenía algún manuscrito más. ¿Alguno más? Por entonces serían siete u ocho las historias dictadas por aquella vulgar voz interior. Aquel espíritu interno que tan sólo le permitía un día con su noche de descanso entre novela y novela. Envió el resto de novelas manuscritas a la editorial y la respuesta fue una invitación a una comida para discutir los términos de un contrato vitalicio. Claro que se ríe ahora Sancho Rodríguez, porque nunca pensó que aquellas historias noveladas fuesen a interesar a nadie, porque lo único que el público podría conseguir con su lectura sería entretenerse, porque no había nada detrás de esas historias, ningún secreto, ninguna trama escondida, nada que le permitiese al lector participar activamente en su construcción.

Pero el baño de masas de lectores fue oceánico desde el comienzo. También influyó, claro, el marketing diseñado al milímetro, la bestial campaña de publicidad. Aún así, hasta los gerentes de la editorial estaban sorprendidos porque aquello aseguraba una continuidad pocas veces lograda. Año tras año, feria del libro tras feria del libro, no se apeaba del número uno. Y, cuando comenzaron las traducciones, aquella locura se exportó de tal manera que en todos los sitios requerían su presencia. El lanzamiento de un nuevo libro significaba ocho meses de presentaciones, de firmas y coloquios, de cenas-entrevistas y desayunos con la prensa. Luego llegaron los premios, los reconocimientos, las invitaciones a participar como jurado en los más grandiosos certámenes literarios y los actos a los que jamás pensaba que podría acudir.

Sancho Rodríguez recuerda muy bien aquella mañana, cuando dejó la oficina para siempre, recuerda muy bien aquellos primeros días en el nuevo ático con vistas sobre el Parque Central, recuerda mejor aún la boda con aquella modelo que fue princesa del corazón, y recuerda con fervor aquella primera ocasión que tuvo de mirar atrás y el vértigo que lo inundó. Recuerda también, como una enfermedad crónica que siempre le acompañará, aquellas ganas de narrar como nadie jamás lo había hecho, aquellos relatos que hubiesen intentado cambiar concepciones narrativas anquilosadas, aquellas propuestas literarias alternativas. Son pellizcos dolorosos que de vez en cuando le da esa otra parte de su alma que no se vendió al diablo. De vez en cuando, en esos días huérfanos que se permite entre novela y novela. Y ríe, porque ahora, no sabría qué contar fuera de lo que le dicte esa voz interior y, sobre todo, no sabría cómo hacerlo.

Porque reír es una forma más 
de disimular 
el miedo.

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009
P.S. Imagen de portada del polaco Zdzisław Beksínski

19/12/14

"Como un canto rodado" (El Laberinto de Noé, Ed. la Tierra Hoy, 2008)



Recupero uno de los cuentos de El Laberinto de Noé
La gran noticia es que en primavera de 2015 por fin se publicará uno de mis libros de relatos.
El primero de una trilogía.












Como un canto rodado




No conocí a mi padre. Se marchó de casa cuando era pequeño. Ella decía: “Aquel cabrón dijo que iba a echar gasolina al coche, y no regresó. Hijoputa”. Así que, al principio, mi padre era para mí el diablo. Ella no se cansaba de montar el espectáculo a todos los que llegaban a casa agarrados de su cadera. Ponía voz de niña traviesa y me susurraba: “Chiquí, dile al tío Tal o Cual, cómo era papá”. Y yo decía: “El puto diablo”. Y ellos reían a carcajadas antes de meterse a jadear a la habitación. Luego no. Luego se va uno dando cuenta de las cosas y lo que piensa es que no sabe cómo pudo mi padre casarse con alguien como mi madre. Ya ve. Cosas de la vida. No, gracias, no fumo. Donde vaya me irá bien. Yo tardé también poco en marcharme de allí. A la primera hostia que me soltó uno de aquellos tíos. Tenía pretensiones de apoderamiento del hogar. Mamá parecía soportarlo. Le quemé el coche y desaparecí. Luego me dio por pensar. Tenía la obsesión de conocer a mi padre. De alguna manera me identificaba con él. Oí a alguien en la cantina decir que lo había visto en Barcelona, que había montado un negocio. Seguí su rastro, pero Barcelona es muy grande para ir preguntando por uno de Vallecas que hace quince años llegó allí y montó no sé qué. Pero, sabe, la vida te sorprende. Conocí a una chica que trabajaba en la Seguridad Social. A los tres meses de vivir juntos me preguntó por mi familia. Yo no sé mentir. Me dijo que con el nombre completo podría sacar alguna información de Catty, el ordenador central del I.N.S.S. Salió que sí: autónomo, sector hostelería, Balmes 13. Nos acercamos allí. Era un restaurante. Parecía pequeño, pero era precioso, con una puerta metálica como de submarino, con su manivela y todo, y dos ojos de buey de latón centelleante por ventanas. No me atreví a entrar ese día. Por las tardes, a la salida del trabajo en una imprenta, procuraba caminar por las calles de Barcelona. Ya sabe, me gusta deambular por ahí. Mis pies me llevaban siempre allí. Me quedaba observando en la acera de enfrente. Parecía un sitio familiar, de barrio, normal. Sólo comidas y cenas. No debía de haber barra de bar. Alguna vez quise ver algo por el cristal de aquellos aros dorados, pero ninguno de los hombres que vi me pareció que podría ser mi padre. Un día, a media mañana me entregaron un sobre con una nota: estaba despedido. Con la liquidación en  el bolsillo, mis pasos me llevaron de nuevo ante aquella puerta acorazada. No lo pensé más y entré. Me senté al fondo, en una mesa junto a una pecera enorme que hacía de biombo. Estaba llena de peces de colores con reflejos plateados y de plantas que se mecían con el aleteo de los peces. Diez o doce mesas. Alguna pareja comiendo. Un camarero me entregó la carta. La especialidad de la casa eran los arroces (mínimo dos personas). Pedí un arroz a banda para dos, y una botella de espumoso bien fría. Cuando se acercó el camarero con la bebida, le pregunté por él. Me miró extrañado, como si fuese imposible que yo le conociese de algo. “Vendrá más tarde”, me dijo. Devoré aquel arroz, y pedí otra botella de espumoso. Volví a preguntar al camarero. Me dijo que todavía no había venido. Dos cafés y un güisqui más tarde, una pantera dorada se acercó hasta mí. Que si era yo el que había preguntado por el dueño del local, me dijo aquel cuerpo de escándalo. Cuando le dije que sí me miró haciéndome una radiografía. “¿Por qué quieres hablar con él?”. Le dije a aquella amazona que no era su problema, que se trataba de algo personal. “En tal caso”, me dijo, “no puedo ayudarle. Murió hace algún tiempo”. Me quedé perplejo. No lo podía creer. Ella debió observar mi turbación. Volvió a preguntarme por el motivo de mi búsqueda, esta vez dulcificando la voz. Tenía los ojos centelleantes y unas pestañas negras y largas, como las muñecas. Tenía la piel morena de rayos uva y los pómulos sonrosados, como las muñecas. Tenía unos enormes pendientes con zarcillos de oro y filigranas de fruta tropical, como las muñecas. Tenía una boca grande y muy pintada, de un rojo bestial, como las muñecas. Y tenía nuez. Soy su hijo, susurré espantado, intentando digerir lo que me llegaba a la cabeza. Sonrió. Yo soy tu padre, dijo. Y él, ahora ella, me abrazó. Así son las cosas, la vida no deja de sorprenderte. No, gracias, no fumo. Aquella misma noche cogí un tren hacia Europa. No, no huía de mi padre, no estaba escandalizado, simplemente busqué otro objetivo en mi vida. Estuve tres años vagabundeando hasta que llegué aquí. Me gustó. Julie, digo. Nos casamos un mes después de conocernos. Ya ve, casado. Yo era el primer sorprendido. Sentía que algo en mi interior se había calmado en aquella casa junto al Donau, frente al tren de la Ragetzky Platz. Algo de paz en mi espíritu inquieto. La serenidad del hogar. Alguna vez pensé volver a España. Incluso tenía el teléfono del restaurante, pero sentía que el hilo que me había unido allí ya no existía. Lo que pasa es que no sirvo para el sedentarismo. No va conmigo. Estos días de invierno, ya sabe, la noche a media tarde, la gente en sus casas. Recogí a los chicos en la clase de natación. La calle estaba desierta. Se oía el eco de nuestras pisadas. Los dejé en casa. Julie estaba preparando algo de cena. “Voy a dar una vuelta”, le dije. Y comencé a andar, como en algunas ocasiones, por Viena. Aquel autobús ponía “sígueme” bajo el dibujo de un cometa amarillo. Se estaba a gusto dentro. La ciudad se perdía tras de mí, todas aquellas luces naranjas, abajo, en el valle. El bosque olía de un modo especial. Un rumor interno acudía a  mi cerebro, una inquietud efervescente, algo primitivo. La vida es así, sabe. Sí, aquí está bien. Gracias. Oiga, aquella carretera, ¿adónde lleva? Bueno, déjelo, en realidad, no me preocupa en absoluto dónde ir. Siempre he pensado que no se trata de llegar, sino de hacer el camino.

El laberinto de Noé (La Tierra Hoy, 2008). ISBN 978-84-96182-43-1

3/5/14

"La corbata", un poema de Ardimiento


LA CORBATA


Vamos, anímate.

Era larga y roja,
como la serpiente
más venenosa
del mundo.

La corbata,
te la tienes que poner.

Sé lo que estás pensando,
que no va contigo
y, quizás, tengas razón.
Pero no se trata de eso,
se trata de la Empresa,
de la Compañía. 
Tú eres su imagen,
piensa que cuando te miren a ti
en realidad
ven a la Organización.

Era larga y roja
como la lengua
de la sonrisa cachonda
de los Rolling Stones.

Se trata de aparentar,
bien lo sabes, nuestro traje es
como la camisa naranja del butanero,
como el mono azulado de los mecánicos,
como la capa verde de la guardia civil.

Se trata de aparentar,
ya sé, sé muy bien lo que piensas,
pero cuando logres cambiar el mundo
podrás dejar de llevarla.

Eso me decía aquel encargado,
pero queriéndome decir
que él,            también,
tuvo que pasar por ello.

La corbata,
te la tienes que poner.

Piensa que en realidad
es como si fueses disfrazado
porque el tú auténtico
siempre estará debajo,
desnudo.

Un disfraz
para engañar al mundo.

Además,
te voy a decir algo
que una vez me dijeron a mí
y que fue definitivo:
«aquel que se permita       juzgarte
por tu aspecto
no merece la pena».

Era larga y roja,
como la que llevaba
en el concierto de las Ventas
el bueno de Angus Young.

Pero no,
yo sabía que no era eso,
que no se trataba de aparentar
porque yo no necesitaba ser otro
en las horas laborales de mi vida,
las horas que se convierten en monedas
para poder vivir
el resto del tiempo.

Bacø,
con o sin corbata,
es auténtico
y, efectivamente,
le importa un huevo lo que digan
aquellos que creen en las apariencias,
así que           guárdate
   esa sonrisa falsa,
   ese hilarante silbido de hiena,
   esa mirada de superioridad,
   esos gestos de desprecio,
cuando le veas aparecer
con su traje y su corbata
en estas reuniones de poetas.

Te aseguro que conozco a muchos seres
enfundados en cueros despellejados,
y a muchos bardos de pacotilla,
de largos fulares y palabras pausadas,
que no llevan corbata
pero que han comido muchas pollas
y se han dejado dar por el culo
incluso que han vendido a sus mejores amigos
sólo para conseguir una reseña de mierda

en un periódico

de tirada


nacional.


De Ardimiento (Zoográfico Rodrigo, 2014)

20/3/14

Esta noche "arderemos"


Llevo escribiendo poesía desde el año 2001, en el que volví a la escritura tras un parón de años. Iba formando pequeños cuadernos con  doce, dieciséis, veintiún poemas cada uno. El primero tenía nombre: "Cosas que de verdad importan". Se trataba de vaciarme sobre el papel para alejar los monstruos, de escribir para limpiarme por dentro. Llegué a formar cinco plaquettes. El último de ellos, el que más poemas tenía, se llamaba "No te cortes" y lo escribí durante los años 2011 y 2012. Es el más cañero, porque mi ser interior me pedía rebeldía y no tragar con la basura social y política que, institucionalizada, está pudriendo corazones.

Surgió la posibilidad de publicar esos poemas. No todos, claro, había que hacer una selección. Hice la criba (con dolor) y los clasifiqué por épocas, manteniendo algunos de los títulos de los cuadernos. Con esos mimbres monté una presentación en El dinosaurio de mi amiga Marisol Torres un viernes de mayo de  2013. Era algo especial, porque me acompañó el bluesman Miguel Ángel Cortés. Me apetecía leer con su guitarra eléctrica meciendo los versos, con sus temas refrendando algunos de los poemas (o viceversa). El poeta Gsús Bonilla, que estuvo allí, me pidió el proyecto de poemario y encontró el hilo común que le daba sentido. Los cuadernos cambiaron de nombre y de significado, los poemas se mezclaron formando un ideario y el resultado es este Ardimiento. No se presenta un poemario sino ni una selección antológica de mis poemas. Más metafóricamente hablando (o quizá no, quizá sea la realidad), se presenta una esfera de fuego. 


Jueves 20 de marzo

21:00 horas


Presentación de

ARDIMIENTO

Antología poética de

Bacø

en


calle Ave María, 39

(Metro Antón Martín)



Poetas invitados:


Gsús Bonilla,

Aranxta Oteo,

José Naveiras,

Quino Romero,

Diego Lebedinsky

y +++

21/2/14

Un nuevo poema de "Ardimiento"

SÓLO UNA COSA OS PIDO
Ride on», el deseo de una sombra)

Está claro:
algún día,
tengo que morir.

No me asusta,
no le tengo miedo
adiós,
bye bye,
nos vemos

Pero no quiero agonías
ni enfermedades terminales.
No quiero saberlo
hasta unos instantes antes.
Si no es así,
ya me cuidaré yo
de poner fin
al futuro.


Entonces,

sólo una cosa os pido:

que alguno de vosotros
se ocupe de mi levedad,
que camine
en la mañana
por las sendas de La Fuenfría,
que busque
el mirador
de aquel cuya casa
siempre estaba encendida,
que contemple
el paisaje a sus pies
y vuelva la mirada
hacia Siete Picos
–la imagen de mi vida–,
que suene
el blues más lento
y lastimero,
más profundo,
aquel blues
que llegaba a mi cabeza
cuando las dudas,
cuando el vacío,
cuando el abismo,
que suene
el «Ride on»,
que desgarre
Bon
la quietud de la mañana,
que suene
muy alto
el dibujo de la guitarra
para que esas montañas
se enteren
de que he llegado

y,

después,

que vuelque
despacio         mis cenizas
sobre la piedra
labrada con poemas.

Será entonces,
–y sólo entonces–,
cuando el mundo
(en forma de viento)

decida

mi destino.





De "Ardimiento" 
(Zoográfico Rodrigo,  publicación en marzo de 2014)

20/2/14

CRUCES, un poema de "Ardimiento"



CRUCES

No sé

quiero decir
que no sé
el motivo

el porqué

todos mis poemas

acaban convirtiéndose

en cruces,

en
mi propia

cruz.

De "Ardimiento" 
(Zoográfico Rodrigo,  publicación en marzo de 2014)

14/2/14

RESET, un poema de "Ardimiento"

Fotografía de Alfred Weissenegger

RESET

Ocurre           más o menos
cada 7 años.
Siento la necesidad
de procesar todo lo vivido
digerirlo         vaciarme
y comenzar un nuevo ciclo.

Sí,
más o menos
cada 7 años,
como dejar de caminar por un instante,
levantar la mirada
y elegir           un nuevo       destino.

Atrás quedan cosas valiosas
que conforman toda una vida: 
vivencias       relaciones
buenos y malos rollos
amistades      y enemigos
trabajos          sentimientos            emociones  
sueños cumplidos     o por cumplir.

La sensación de crisálida
se apodera de mí,
y comienza
(puedo sentirlo)
la metamorfosis.

Es como soltar lastre,
como levar el ancla,
como dejar reposar el pecio           de aquellos años
dentro del mar.

Levanto la mirada
y no estoy seguro de la elección que haré,
aunque si sé lo que dejo atrás,
lo que se ha ido cargando en mis espaldas
impidiendo continuar mi camino,
atrapando con raíces           mis pies.

Levanto la mirada,
respiro hondo y,
sintiéndome más ligero que nunca,
comienzo a caminar de nuevo.

Tengo muy presente
que en esta vida
lo importante no es llegar

sino saber    

disfrutar


del camino.

De "Ardimiento" (Zoográfico Rodrigo,  publicación en marzo de 2014)

11/2/14

ARISTAS, un poema de "Ardimiento"



ARISTAS



Dices
que no entiendes a la gente,
que todos parecen haberse vuelto locos,
que el mundo        es ya     una ruina,
que cada vez te cuesta         más   vivir.


Dices eso,
y se forman ángulos en ti,
aristas que se van endureciendo,
hasta convertirse en objetos        cortantes
que dificultan el abrazo.

Dices
que ya no encuentras calor en el amor,
que la levadura ya no crece como antes,
que hay noches en las que te gustaría
ser otra,         y luego        morir.

Dices eso,
pero lamento confesarte que has cambiado,
que los golpes en el camino
han dado su fruto,
y la soberbia         se ha apoderado      de ti.


Dices
que es imposible tanta mala suerte,
que las cosas no van nunca bien,
que sólo quieres ser una persona normal
con derecho a la felicidad             y al abandono.

Dices eso,
y rechazas la amistad             si no te conforta,
y tu arrogancia le quita necesidad          al gesto
y te entregas al fuego fatuo 
a los seres      incompletos                 de otras lunas
a los dioses tristes.

Quisiera equivocarme          pero no lo creo,
lamento decirte  que has cambiado,
que no eres la misma, y presiento
que el mundo   

ya no se fija   

en ti.


De "Ardimiento" (Zoográfico Rodrigo,  publicación en marzo de 2014)

29/11/13

La vida es complicada, pero soy un tío con suerte

La vida es complicada, sí, 
Noviembre cada vez pesa más
tengo miedo, mucho, y frío
pero aprieto los dientes, cierro los ojos
y resguardo mi rostro de la lluvia
en el hueco del pecho que forma la cazadora de piel.

[...]

La vida es complicada, sí, 
pero soy un tío con suerte, 
allí donde me dan refugio 
sé 
que está 
mi hogar.

Fragmento de "Frío", poema inédito





COSAS QUE DE VERDAD IMPORTAN

Hablemos de lo más valioso,
de los momentos inolvidables
que nos emocionan.

Hablemos del mar,
de la fuerza de su espuma,
de la cadencia de las olas,
de la eterna búsqueda del rayo verde al atardecer.

Hablemos del bosque,
de los musgos    líquenes    y helechos de la umbría,
de los suspiros del viento entre los árboles,
de la magia intemporal de su silencio.

Hablemos de la vida,
de las charlas con desconocidos en ciudades imposibles,
de viajes en el tiempo para recuperar sonrisas,
de instantes paralizados en la retina,
de sueños inalcanzables por los que luchar.

Hablemos del amor,
de la comunión de almas,
de los hijos y sus maletas con miedo,
de lenguas midiendo centímetros de piel,
de la satisfacción tras la extenuación.

Hablemos de lo más valioso,
de momentos inolvidables
que nos emocionan,
de las cosas que de verdad importan.

¿Te has dado cuenta? 

Las cosas que    de verdad importan

no cuestan

dinero.


Del poemario Ardimiento, de próxima publicación