El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")
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7/2/13

SAFARIS INOLVIDABLES, de Fernando Clemot

SAFARIS INOLVIDABLES
Fernando Clemot



El juego

Uno de los mayores placeres de un lector empedernido es descubrir nuevas narrativas capaces de extasiar. Algo nuevo bajo el sol llegó en 2009 cuando pude leer por recomendación de Carlos Salem el libro de relatos Estancos del Chiado, de Fernando Clemot. Sentí entonces la satisfacción de haber descubierto una narrativa poderosa, curtida y envolvente. El premio Setenil del año siguiente fue justa recompensa al peso de esas narraciones.

La nueva incursión de Fernando Clemot en el relato, Safaris inolvidables, me ha vuelto a sorprender. Quizá sea una prosa más depurada, aparentemente más sencilla, pero el buen hacer del escritor barcelonés sostiene un entramado ingenioso.

Me gusta en el relato la apuesta por el juego cortaziano, la propuesta de puzzle ofrecida al lector y, en Safaris inolvidables, el juego está muy presente. Varias narraciones conforman el cuadro de la vida. Vivir es huir. Vivir es penar. Vivir es enloquecer. Vivir es, también, respirar en soledad.

El juego de la Literatura se inicia en la pantalla de un ordenador. El protagonista de las narraciones utiliza un programa informático que ofrece la posibilidad de recorrer todos los rincones del mundo, e incluso de sobrevolarlo, sin moverse de casa. No es necesario viajar en realidad, frente al ordenador el viaje es posible. El viaje, la huida para encontrase a sí mismo en otro lugar y otro tiempo, para encontrar respuestas a preguntas sobre el pasado, para visitar lugares comunes, conocidos aún sin haber sido visitados.

Es una propuesta de inicio gozosa y, si se acepta el reto, el juego será agradable, divertido para el lector. A partir de ese inicio se diseña la vida del protagonista, una vida complicada, en un momento valle, que, a la vez que recorre diversos lugares del mundo (siempre en relación con sucesos personales que Fernando Clemot hilvana con otro tipo de acontecimientos en un trabajo de artesano de la palabra), conforma el paisaje de una vida triste empapada de rupturas, soledades y locura.

Hasta ahí todo correcto, todo engarza y los relatos, como piedras preciosas de colores, tarde o temprano se transforman en pulseras en los ojos del lector. Pero Fernando Clemot es amante del riesgo, y un simple juego de engarces de fragmentos es poco para su imaginación de cuentista. En un giro de trama de 359 grados, cambia el narrador de la historia y, con precisión lingüista y pulso firme de cirujano literario, despega al protagonista de la trama, lo eleva sobre el libro como si el lector estuviese observando un viaje astral (como los viajes que el protagonista hacía con la herramienta informática sobre el mundo y, a la vez, sobre su vida) e introduce en el lector las inquietudes filosóficas de vida del protagonista, convirtiendo lo que parecía ser algo particular en algo universal.

El resultado final de Safaris inolvidables es un golpe que no voy a desvelar. No sería justo privar de esa conmoción a los lectores que disfrutan con la pasión por el juego.

Esteban Gutiérrez Gómez, 2013

Reseña publicada en la Revista hispanoamericana de cultura OtroLunes, nº 26, febrero de 2013

Fernando Clemot presentará Safaris inolvidables en Madrid mañana viernes, 8 de febrero, a las 20:00 horas, en la librería 3 rosas amarillas.

13/11/12

Un cuento de Fernando Clemot

Fernando Clemot, fabuloso narrador y excepcional cuentista, una de las voces nuevas más impactantes de la literatura española actual, publica en la editorial palentina Menoscuarto un nuevo libro de cuentos. Su título es Safaris inolvidables, y nos ha regalado uno de los relatos que componen el volumen (uno especialmente almado, que conjuga la saudade con las posibilidades investigadoras de los mapas en un famoso buscador de internet) como azúcar de trenza, como botón de muestra.

FLORES DEL SERTÓN

     Finalmente he encontrado tu pueblo, Mandy.
     Imagino tu sorpresa, aquí estoy, doy vueltas sobre el lugar del
que tantas veces me hablaste, como un perro que hociquea entre
las bolsas de basura que se quedan abiertas.
     Antes de llegar allí he estado en los alrededores de Rockford.
Tú siempre me dijiste que esta ciudad no estaba muy lejos de
Durand y tenías razón aunque tu pueblo estaba más al norte de lo
que siempre imaginé. Lo estuve buscando más al sur, entre dos
lugares que se llaman Byron y Dekalb, que imagino que detestas y
de los que seguro podrías contarme más de una anécdota chusca.
Llevaba demasiado tiempo perdido sobrevolando ese terreno
insulso que rodea Rockford, tierras hechas cuartos de labradío,
kilómetros de campos que imagino de maíz o de centeno. No ha
sido hasta entonces cuando he recordado que me dijiste que
desde una colina de tu pueblo se veía Wisconsin por lo que debía
buscar al norte y en esa dirección lo encontré muy rápido, me ha
costado pero ya estoy aquí, estúpidamente presente, diez años
más tarde de lo que debiera.
     Quizá no es muy justo que venga por primera vez de esta
manera cuando tú me invitaste mil veces. Te ilusionaba entonces
pero te parecería despreciable ahora y entiendo que no es
adecuado estar aquí pero necesito nutrirme de recuerdos para
que me vayan pasando las horas. Tampoco creo que sea justo lo
que me ha pasado a mí aunque tú no tienes la culpa de nada. Si lo
piensas bien sonreirás: la vida es una paradoja, Mandy, siempre
quisiste que estuviera aquí y ahora, que no te importa lo más
mínimo, se me ocurre venir.  

Seguir leyendo aquí.

18/1/12

EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS



EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS
Fernando Clemot



Había aparcado muchas veces debajo del hospital, entre los inmensos pinos que cobijan los vehículos. Dejaba allí el coche para iniciar alguna de las rutas que recorren el valle de La Fuenfría. Sobre ese hospital había muchos rumores. Decían que después de la guerra fue utilizado para tratar a los tuberculosos, como el que había existido en La Barranca, ya destruido y del que solo queda una explanada sobre la que no crece ni la hierba. También decían que allí iban a aparar los desahuciados, que en un último gesto amable (quizá el único) de la sociedad, se les otorgaba la paz espiritual con la naturaleza.
Lo cierto es que yo aparcaba el coche y rodeaba aquel edificio, granítico, blanco y brillante, sin darle demasiada importancia, para subir a La Peñota o al Montón de Trigo, o iniciar la senda por la carretera de La República.

Años atrás un familiar anciano sufrió una caída y tuvieron que operarlo de las caderas y una rodilla. Al preguntar dónde estaba hospitalizado, me dijeron que en el hospital de Cercedilla. Lo primero que pensé es que no iba a sobrevivir. Con ese temor fui a visitarle.

Me encontré dentro del edificio de piedra, con grandes y soleadas galerías orientadas al sureste y coquetas habitaciones con ventanas desde las que casi se podía tocar el mar de pinos. Había muchos tullidos, mucho yeso y bastones metálicos y sillas de ruedas, pero no encontré moribundos. Recuerdo que empezaba la primavera y que aprovechaba las mañanas de los sábados porque con la excusa de ir a visitarle disfrutaba del sol tras esas cristaleras y leía tres o cuatro horas en un cómodo sillón llenándome doblemente de energía. Y recuerdo que me gustaba llegar a la cafetería temprano y tomar zumo y cruasán a la plancha mientras leía el periódico. Era como estar de vacaciones en un balneario de luz solar y de tranquilidad, pero como externo, sin derecho a cama.

En una ocasión aproveché para recorrer todas sus alas, y fue entonces cuando descubrí el pabellón de oncología. Sí, allí estaban los destinados a la muerte inmediata, pero aquello no era como yo lo había imaginado. No puedo decir que fuese algo lóbrego o triste, más bien todo lo contrario. Aquellos enfermos buscaban los rayos de sol como yo mismo lo hacía y meditaban con los ojos cerrados muy a sus adentros. Mirándolos caminar despacio, delgados, con sus camisones blancos y su piel clara bañada por la luz potente de primavera, pensé que me encontraba entre extraterrestres. Pero lo que más me impresionó fue la sensación de serenidad, de absoluta paz y entrega que se podía respirar en el ambiente. Y el respetuoso silencio de los conformados.

En un hospital parecido a éste sitúa Fernando Clemot a los protagonistas de El libro de las maravillas, y la lectura de la novela trasmite esa misma paz espiritual a pesar de las historias que narra.
C., el protagonista, desvela a frazadas su pasado, sobre todo en relación a las mujeres que han ocupado su vida, a la vez que escribe historias de viajes que le relatan el resto de enfermos. El resultado es una mixtura, un cuadro impresionista lleno de pinceladas cálidas y vigorosas, con el secreto de estar extraídas de muy adentro del ser humano, de estar pintadas utilizando humanidad. El libro de las maravillas nos inunda con imágenes e historias de vida, viajes al fondo del alma que recuperar del pecio de la muerte, como si esos recuerdos fuesen los tesoros más valiosos. La prosa pesada, contundente, que a Fernando Clemot le valió el Premio Setenil con sus Estancos del Chiado, se repite aquí como el marchamo lacrado que identifica al excelente escritor que es.



EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS
Presentación en Madrid
Viernes 20 de enero
20:30 horas
TIPOS INFAMES
La mesa estará compuesta por

los editores Carola Morena y Pablo Mazo,
el poeta Pedro Luis Cano y el autor.