El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

26/2/08

LIBERACIÓN (Otro tributo)


La noche del sábado en Illescas, Tributo a David González, organizada por el kebrantaversos y la gente de CREATURA, fue una noche memorable de poesía porque sí. La ESFERA estuvo allí por invitación del Kebran y hubiésemos participado si nos hubiesen invitado a leer. Como estamos acostumbrados en nuestros recitales, llevamos algo preparado por si, al final del acto, nos pedían colaborar con algún poema.
Yo llevaba preparado uno que me apetecía mucho leer. Era mi tributo particular a un amigo de hace años. Se llama Pedro y estuvo mucho tiempo en Lumbier (Navarra). Nos conocimos en Madrid cuando los dos aprobamos unas oposiciones de Correos. Era un tío estupendo, como dicen que son los navarros. Hicimos amistad y durante año y medio salimos juntos por Madrid. Luego logró marcharse a su tierra, con su Maria Jesús de siempre y su SEAT panda, a Lumbier, y allí estuvimos algún año pasando unos días con ellos. El tiempo, cabrón, que borra tantas cosas, fue diluyendo aquella amistad, dejándola en unas llamadas esporádicas de teléfono y alguna carta en fechas señaladas.
Se casó con Chusa y tuvo dos hijos, pero yo ya no me enteré de eso. Años más tarde, por Navidad, me encontré con alguien conocido de aquellos años de juventud y me preguntó por Pedro “el navarrico”. Fue entonces cuando me enteré. “Te voy a dar una mala noticia,” me dijo un amigo suyo al llamar por teléfono a la oficina de Correos, “Pedro murió hace unos años”.
Me lo contó todo. Había luchado con todas sus fuerzas contra un cancer de páncreas, creía incluso haberlo superado, pero no fue así. Según su amigo, todo aquel tiempo de convalecencia, de quimio y radioterapia, pensaba lo mismo: “no quería que nadie sufriese por él, y menos su mujer y sus hijos”, muy pequeños todavía. Los últimos meses fueron terribles: sabía que no había nada que hacer, y eso era lo peor. “Solo deseaba que todo pasase lo antes posible”. Pedro tendría unos 32 años cuando murió. Yo no sabía nada, no pude acompañarle, no pude hacer nada por Chusa o por los niños, porque había decidido mantener nuestra amistad en un letargo en vez de disfrutar se ella. Entonces me prometí que jamás olvidaría a un amigo, porque amigos, amigos, verdaderos amigos, hay muy pocos, y es de imbéciles perderlos.

Aquella primavera volví con mi hijo por Lumbier y busqué a Chusa, y comprendí que había cometido un error, que nada podía alterar lo ocurrido y ya habían pasado tantos años que lo único que podía suceder era que volviese el dolor que Chusa trataba de olvidar. No me dijo nada, pero lo leí en sus ojos.

Este poema lo hubiese leído la noche del sábado, esa era mi primera intención, pero alguien leyó algo parecido, sobre su padre, y me dije que no, que ya bastaba de mierdas cancerígenas, que con una ya había habido bastante.

Aún así, he querido ponerlo en el blog porque me hace sentir mejor y me viene bien recordar de vez en cuando lo imbécil que he sido.


LIBERACIÓN

Hoy, por fin, todo
ha acabado.
Llevaba meses consumiéndome,
pudriendo corazones amigos.
Me habitaba esa mierda maligna
que se multiplica por mil.
El cangrejo asesino me roía las entrañas.
Hoy, por fin, he dejado
de ver sonrisas fingidas
en ojos llorosos.
Hoy, por fin, he dejado
de escuchar sollozos callados
al otro lado de la puerta.
Hoy, por fín, he dejado
de hacerme el fuerte
cuando venían los enanos
y pintábamos de amarillo el mar,
cuando intentaba reír
y se ahogaban las palabras,
cuando me acusaban con los ojos
por no querer jugar.
Llevaba meses preguntándome
qué coño había hecho yo
para sembrar tanto dolor.
Hoy, por fin, he pagado
la deuda con Satanás
y he dejado de verlos
sufrir por mí.
Hoy, por fin,
soy solo alma,
y que a gusto me he quedado,
joder.


© Esteban Gutiérrez Gómez,2008

7/2/08

LOS DOS MONJES Y LA HERMOSA MUCHACHA (cuento anónimo japonés)

Los dos monjes y la hermosa muchacha

Dos monjes, Tanzán y Ekido, viajaban juntos por un camino embarrado. Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron con una preciosa muchacha, vestida con un kimono y un ceñidor de seda, incapaz de vadear el camino.

-Vamos, muchacha -dijo Tanzán sin más. Y, levantándola en sus brazos sobre el barro, la pasó al otro lado.

Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de noche, llegaron al monasterio. Entonces no pudo resistir más.

-Los monjes como nosotros -le dijo a Tanzán- no deben acercarse a las mujeres, sobre todo si son bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por qué lo hiciste?

-Yo la dejé allí -contestó Tanzán-. ¿Es que tú todavía la llevas?

22/1/08

TRIBUTO A DAVID GONZÁLEZ


Me gusta eso de "tributo", me recuerda a los homenajes que bandas de rock nuevas hacían (hacen) a bandas más antiguas. Es una especie de reconocimiento, como hice yo el año pasado para celebrar con todos aquellos que quisieron recordar, los 25 años de la salida del primer disco de Leño.

El KEBRANTAVERSOS y la gente de CREATURA, de Illescas, han pensado dedicar su segunda noche de poesía en los bares al poeta DAVID GONZÁLEZ y a mi me parece que no podría haberse elegido alguien mejor.Será el sábado 23 de febrero a partir de las 12 de la noche en el MALUCA de Illescas. Más de 30 poetas a escena.

¡Última hora! David González en Madrid el jueves 13 de marzo. Ateneo CC.OO, 7 tarde. Ya ampliaré la información.


Aprovecho para volver a colocar el post. Lo mismo alguien más descubre que la poesía desde las entrañas es algo más que simple poesía.

DAVID GONZÁLEZ

Un día largo, de tiempo difuminado como el cielo de otoño. Un lunes de esos lunes que no me gustan. Cansado. Ya de vuelta, en el tren. Mirando nubes bajas a través de la ventanilla aguada. Media hora de viaje y estoy por cerrar los ojos, intentar dormir.
En la bolsa, una recomendación de mi buen amigo Bernabé (…ya me dirás, te puede gustar). Poesía ahora, pienso, y no me apetece nada.
David González, Algo que declarar.
Leo el primer poema, una especie de haiku:


Estación terminal

lápiz y papel
una estufa encendida
casa del poeta

Y en esos treinta minutos no sé dónde he estado. Seguro que a miles de años luz de allí. Escribiendo algo parecido a una poesía, con la mente perdida y el alma de putas.
Llego a destino, cierro el libro y bajo al andén. Todo de modo automático. Todavía sin regresar del más allá.
Ahí me has dado Bernabé. Justo en el lugar dentro de mí, dónde me escondo los días tristes de otoño.

Post Data:
una impresión duradera, no es infinita. Y lo bueno exige una repetición. No ha sido una casualidad.
El segundo poema: Manos, me vuelve a trasladar.

las manos
me decían mis padres
antes de sentarme
a la mesa a comer

lávate bien
las manos

no alcanzaban
a comprender
que los niños
las tenemos siempre
limpias

Para los venerables curiosos:
davidgonzalezpoeta.com

2/1/08

EL BÚHO MUSICAL

Por entonces,
sin un duro en el bolsillo,
lo tenía todo,
y dormir una hora era una conquista,
y era imposible la soledad.

Por entonces,
sembraba de truenos los oídos,
y los saltos entre el centelleo de los focos
llegaban hasta Plutón,
y las miradas hablaban
como sólo sabe hablar el mar.

Por entonces
el día no existía,
y era todo un torrente de acciones,
un surco sin final,
un conocer y acumular.

Por entonces,
la noche no tenía secretos
y lo desconocido se mostraba amigable,
y nunca sabía qué o quién o dónde
y no me preguntaba para no tener que pensar.

Por entonces
nada me preocupaba,
no buscaba recordar,
por entonces,
todavía,
no necesitaba volver mi mirada hacia atrás.

26/11/07

LOBITO



Como siempre, cogen algunos cigarrillos de la pitillera del tío Antonio antes de bajar al baile. Llevan sus chaquetas ajustadas de grandes solapas y botones brillantes, los pantalones de campana con ribete satinado que están de moda y sus botas camperas relucientes. Parecen mayores. Corren alocados, por el empedrado que les lleva a la Plaza, como los danzantes zancudos de las fiestas de la Virgen de agosto. Unos metros antes de llegar, cuando todavía no los baña la luz amarillenta ni el olor a fritanga, guardan el sofoco, peinan sus cabellos grasientos y encienden los Camel sin boquilla regalados. Con un guiño de ojos se dan el visto bueno. Esta vez sí, parecen quererse decir.

Aquello es un colmado de risas y voces. Nubes grises de polvo y tabaco fundidas en niebla de fiesta. Al fondo, sobre el entarimado, apenas se escucha la música de la orquestina de Lucas. Dos, tres sorbos de aguardiente, para abrillantar la mirada, para mear la timidez. Buscan al resto de mozos y, sin despegarse, como lobos en manada, recorren el baile en busca de centellas de ojos verdes, de cuerpos apretados y perfumados, de volúmenes notables de mujer. Codazos como timbres. Avisos de cazador.

Quietos, que están ahí.

Las muchachas, arracimadas en una esquina del escenario, fingen no mirar. Ellos, devoran con los ojos, sin disimular su hambre inexperta.

Que si bailas.
Que tú qué te has creído.
Que sólo me creo lo que me dicen tus párpados de faisán.
Que ja, ja, si ahora resulta que saben hablar finolis.
Que tremenda pena la mía.
Que otra vez será, repeinao.
Que cuándo es eso.
Que dentro de unos años, cuando te salgan los dientes, lobito.

La orquestina de Lucas descansa. Trasquilados dos horas después encienden el último pito, ya sin entusiasmo, con los músculos relajados y sin tener que tragarse el humo. Camino del cerro miran atrás al resurgir las melodías de Lucas. Desde allí la plaza semeja un resplandor ahumado, un tanque de aceite hirviendo, una nebulosa de luz. Siguen caminando con la cabeza gacha. Frente a ellos, un abismo negro les devuelve a la realidad del rebaño de animales, de monte y cuadra. Al llegar al puente, al otro lado del cerro, la luna se asoma tiñéndolo todo de un raso azulado. Uno primero y luego el otro, a cantazos con la luna, con su reflejo en el agua, como borrando las sonrisas de ésas que se divertían despreciándolos. Uno primero y luego el otro, hasta la salida del sol.

¿Tú crees qué...?
Sí.

Uno primero y luego el otro, hasta la próxima noche de sábado, hasta volver a jugar a ser mayor, hasta que una de ellas se deje coger y se acabe todo.

14/11/07

LA CABRA o ¿Quién es Silvia?


¿Qué tiene esta obra, que días después todavía estoy conmocionado?
Pues, así, en resumen, lo tiene todo. Todo lo que puedo desear al acudir al teatro. La obra, en sí, es una maravilla de puesta en escena, de tensión en la acción, de presentación de situaciones y, sobre todo, de provocación con la vaga ilusión de despertarnos del letargo en el que vivimos. Pero, detrás de esa aparente provocación que consiste en presentarnos a un “humano” que satisface sus instintos sexuales con un “animal” (cosa que a tenor de la charla posterior a la visión de la obra, no es nada del otro mundo, y valgan ejemplos varios como: perritos cunilinguis, expertos en reptiles, pastores aburridos, Catalina la Grande y sus caballos, etcétera), detrás digo, aparece la verdadera trama: el drama de la soledad. Martín, en apariencia feliz padre, perfecto marido y en la cumbre de su profesión, se siente tan solo que sólo encuentra consuelo a esa soledad en los ojos color miel de una cabra. Un animal al que puso nombre, Silvia, y al que por un momento, pero de todo corazón, considera que ama, que lo ama hasta el punto de hacerle perder la razón. Y es más, lo necesita, sólo con ella se siente feliz, en las montañas silenciosas, sobre la hierba del prado, acariciando el pelo de esa cabra que le mira y mueve el hocico rumiando su irracionalidad. Y el descubrimiento de semejante relación no tiene otra consecuencia que el hundimiento de la Atlántida que hasta entonces, hasta esos 50 años recién cumplidos, ha sido su mundo. Y a todos confunde la relación, por un momento el hijo siente algo más que amor filial por el padre, por un momento el amigo hermana lealtad y traición, y por un momento la mujer se convierte en una verdadera asesina. Por un momento todo se confunde, pero la luz llega cuando alguien menciona que nada importa más allá del qué dirán, que si nadie fuera de las fronteras del hogar, se entera de la extraña relación, la extraña relación con Silvia no ha existido nunca. Para que veas, si no se publica en El Mundo, no existe; si no sale en los programas amarillos de la televisión, no tiene importancia. Así de cínica es la sociedad, así somos todos: unos bellos durmientes en el estado del bienestar.
Eso de la obra. Pero hay más, hay una extraordinaria, memorable, inconmensurable, apoteósica interpretación sobre las tablas del escenario del Tomás y Valiente. Todos se salen, todos bordean la perfección en la actuación, pero José María Pau y Amparo Pamplona, van más allá de lo perfecto para llegar a lo sublime: cada golpe de voz, cada silencio, cada gesto, cada movimiento en escena derrocha trance, pasión profesional, tablas. Asistimos a un ejercicio de usurpación de personalidad por parte del actor que, poseído, se nos muestra como “otro”, un ser escénico capaz de conmover almas, capaz de producir en el espectador un antes y un después de la visión de la obra, una catarsis del conocimiento, una especie de posesión benéfica que tiene como principal efecto el de limpiar de telarañas los rincones más olvidados de la conciencia, esa misma conciencia que nos diferencia a los “humanos” de los “animales”. Tremendo. Y todo desde el simple ejercicio de su profesión. Hasta límites insospechados para un profano en la materia. El camaleón debe mimetizarse con el medio si desea sobrevivir. La transmutación. Así nos lo confirmó el propio Pau a la salida del teatro: “Hay que adaptarse a la sala. En un teatro tan grande como éste, es necesario medir la duración de los silencios y la significación de los gestos para lograr llegar a todos”. Después de sus palabras, nada más se puede añadir.
Bueno sí… una cosa: Te seguiré siempre por esos escenarios en donde te vacíes, Maestro.

31/10/07

RECARGA (Carta de Santiago a los desencantados)



Nora:
Estoy ahora mismo recostado sobre un muro de granito que parece tener millones de años. Acaricio sus vetas irregulares y adivino el norte cuando siento en la punta de mis dedos las costras de líquenes y un musgo húmedo. Cerca de aquí, bajo unas escaleras abovedadas, truena una gaita como un himno al poder del espíritu en homenaje a Liam O’Flynn. Las aristas del campanario de la catedral de Santiago se recortan contra un cielo rosado que anuncia el final del día. Ya falta menos para que tañan las ocho y yo, ya ves, me siento feliz.
Hace unas horas que llegué. He cumplido con todos los ritos en tu honor y le he hablado a Santiago de ti. “Tú no lo sabes”, le he susurrado al abrazarle, “pero ella te adora, aunque le cueste trabajo”.
Después recordé, Norita, todas tus palabras pronunciadas con ése pegadizo deje porteño que nunca te abandonará aunque lleves treinta años fuera de la Argentina: “¿Vos nunca lo apostás todo?”, dijiste como diciendo que me marchara si ése era mi deseo, que no necesitabas ya mis cuidados y estabas harta de mis lamentos de amigo malherido por desamor. “Lleváte ya ese saquito viejo y cambiálo por otro”, añadiste refiriéndote a mi torturada alma.

Te diré Norita que al principio no traía espíritu de aventura y no permití contagiarme del ánimo del peregrino. Te diré que pasados dos días, mientras yo maldecía mi decisión a cada paso que daba, ellos me enseñaron a curar las ampollas de los pies y a ungírmelos con vicks vaporub cada mañana antes de colocarme los calcetines para evitar heridas. Y siempre sonriendo. Te diré que conocí a Carlitos Piña, masajista vocacional y experto en destripar latas en conserva selladas con ira, que me mostró que era capaz de sacarme diez centímetros hacia afuera el tendón en el talón del pié como si fuese la cuerda de una guitarra mientras me realizaba una autopsia de mi anterior vida y me convencía, como tú, de que lo que me esperaba era mucho mejor de lo vivido. Y sí, Nora, solté lastre al final y sentí caer y hundirse aquel pez de plomo que se atravesaba en la garganta y me ahogaba. Y lo vi reposar como un pecio en el fondo de una grieta dónde debe dormir el olvido.
Norita, no lo creerás pero hablaba con la gente, sentía su calor y me emocionaba de nuevo cuando nos ayudábamos unos a otros y nos dábamos ánimos en muchos momentos en los que el camino se hacía duro: si aparecía la lluvia violenta o si el aire nos vencía y caminábamos ladeados o cuando un calambre nos hacía parecer vencidos. Pensaba y los pensamientos ya no eran dardos de hiel. Poco a poco me di cuenta de que volvía a confiar en las personas, ya conoces mi fe, mi única fe en la humanidad, y mi alma se iba llenando otra vez de luz.
Por entonces ya había dejado los llanos, y los pámpanos de hoja nueva ribeteada en granate y, tras Cebreiro, aparecieron los bosques tupidos de entre la niebla de cada mañana y los verdines y musgos como los que ahora acaricio.
No sé cómo explicarte, sería, sí, igual que arreglar un carburador dañado. Lula, Bocho, Corín y muchos más nos cruzábamos cada día, cada uno andaba a su ritmo y nos veíamos, o no, a la tarde en los albergues para lamer nuestras heridas y contarnos las aventuras. Luego reíamos porque en realidad sabíamos que estábamos compartiendo una experiencia única. ¡Qué poca cosa somos, Norita, y nos creemos el ombligo del mundo! Una noche les canté, con aquella voz telúrica que solía poner Babá, acordáte, la historia de los “niños ortigas”, aquellos a los que nadie quería porque no sabían cómo tratarlos, y me hicieron entender que no estaba solo.

Me dio pena, no creas, cuando a primera hora de la tarde divisé éstas torres de la catedral. Me acordé de todos, uno por uno, de todos los que conocí en estos días. Me acorde de ti y revisé la saca. Estaba llena otra vez, Norita, de ilusión y de buen ánimo, con ganas de arriesgar de nuevo.
Ya en Compostela me dejé llevar por los ríos de gente que caminaban por los adoquines siempre abrillantados por la lluvia. Antes de entrar en el caso antiguo, apartándome unos metros a la derecha de la línea ambarina, visité el “Museo do poblo galego”. Yo primero con los hombres, ya me conoces. Ya dentro de las piedras de la ciudad antigua mis pasos se desviaron de nuevo como atraídos por un poder sobrenatural y me llevaron a “Casa Troya”, construida sobre las ruinas celtas origen de Santiago de Compostela, según me dijeron. Había oído hablar de sus historias de estudiantes y tunantes. Bonito, Norita: su cuadra, sus habitaciones de pudientes y parias, el ático-cocina de la hospedera. Bonito, Norita, pero tenías que verla: morenita como una virgen mexicana, con su pelo azabache divido en dos coletas largas y sus ojazos verdes llenos de misterio. Me dijo que me iba a enseñarme la casa, y me dejé guiar. Hablaba en un susurro sólo para mí, me miraba y, cuando nuestros ojos se cruzaban, sonreía con ellos. Me habló de las cintas de las capas de los tunos y del porqué de los cubiertos de madera, de las historias de estudiantes de aquel tiempo, de los objetos curiosos que se exponían. Y yo mudo. Me enseñó un paraguas muy antiguo, me habló de sus varillas que estaban hechas de barbas de ballena, me dejó que alargase mi mano hacia ellas y probase su flexibilidad y cuando las iba a acariciar, apenas un instante antes, dijo: “no se pueden tocar”, y volvió a sonreír con la mirada mostrando una hermosura maligna. Bonito, Norita, como dos centellas verdes que se clavaron dentro de mí y decidí arriesgar, Nora, otra vez exponer mi corazón, y me oí decir: “¿No me enseñarías también ésta ciudad?”, y me dijo que sí, que salía a las ocho y que la fuera a buscar. Y yo loco.
¿Lo ves?, ya estoy otra vez con lo mío, dándole vueltas a la cabeza. Pero no me olvidé de tu encargo, ya te contaré, del posamano, de los golpes en la frente y del abrazo, que ya le dije que era por ti, para que tus piernas aguantasen unos años más antes de dejar de sentir. Te cogí una estampa que llené de sellos de paso y una concha sin sabor a mar pero que desprende el aroma secreto de los bosques de eucaliptos.

¿Sabés Norita?, mientras empezaba a escribir esta carta, justo antes de dejar de ocultarse el sol por entre el tejado de la catedral, me pareció vislumbrar un rayo de luz verde que me recordó sus ojos esmeraldas. Un rayo de luz que me cegó por un instante, como si hubiese visto el fuego de San Telmo, ése que tú dices que viste una vez, sobre el horizonte del mar de piedra. Quizá sea la señal que siempre he estado buscando, pienso, quizá he tenido que recorrer éste camino para encontrarla, como si fuese un rey mago de Oriente y me dejase guiar por la luz de una flecha amarilla que busca mi alma para llenarla de paz. No sé. Y vos, Norita, de verdad ¿que pensás?

24/10/07

BAJO LA MESA

Vibraba con cada gota.
Agitado.
Expectante.
Anhelando sentir una nueva lágrima de té ardiente
sobre mi cuerpo desnudo.

Y después,
unos instantes más tarde,
aquella lengua de colibrí que recorría toda mi geografía carnal
en busca del dorado,
que lamía cada pliegue,
cada espacio de mi piel.

Suave,
delicada,
me estremecía cuando descendía por mi vientre
entre hipos, risas y aullidos.

A ciegas en la locura buscaba asir aquel cuerpo aceitado
que rezumaba placer.
Y,

si aquella taza volcada dejó de gotear,
nosotros,
guarecidos bajo la mesa de la cocina,
ya estábamos fundidos en un mar
de semen, saliva y sal.

15/10/07

LA FRONTERA









La única frontera que reconozco
la forman las babas del mar,
la aguamarina sobre la arena,
que va y viene,
que siente la ausencia de la Luna
y el calor del viento.

Y es frontera indefinida,
perdida en bucles efímeros,
en centellas salinas,
en dorados convertidos en pardos,
en húmedos que son mojados y
al instante
ya ni eso,
ya son secos trocitos nacarados
de vulva de mar.

Y nunca sé si estoy aquí o allí,
o si quiero cruzarla o no,
pero ando descalzo buscando jugar con ella
para que no me atrape,
pero dejándome mojar los pies.

Y no es frontera porque separe,
nunca pienso en restar,
es frontera porque allí se hace de noche
y no cesa el rumor,
y aunque esté solo o me rodee la gente,
no cesa el rumor,
y cada vez que pierdo la mirada entre los añiles del horizonte,
no cesa el rumor.

Puedo escucharlos cantar,
puedo sentir sus saltos sobre el albero del desierto,
puedo verlos mirar hacia aquí
con los ojos llenos de esperanza,
arrojo en la saliva la hiel de la incomprensión
que mancha sus labios
y los míos.

La piedra habla,
dice el chamán,
señala el tiempo entre las rendijas de las montañas,
es mucho tiempo,
millones de años, quizás ciento cincuenta millones,
cuando se seque el mar
y desaparezca la frontera,
pero entonces será tarde,
les oigo susurrar,
y ya no habrá ninguna mirada sobre este mundo,
ninguna,
capaz de conmover.

8/10/07

EL HOMBRE ALMOHADA



El jueves 4 de octubre, a las 22,00 horas, varios conmocionados departían a las puertas del Círculo de Bellas Artes sobre la obra de teatro que acababan de disfrutar (?, nosotros, sí). La impresión era unánime: se obtiene lo que se pretende obtener del espectador (incluso también del lector, según aseguran fuentes documentadas con alto nivel de inglés que han leído la obra –nosotros no encontramos la obra traducida al castellano–): que asuma su condición de alimaña, que se dé cuenta de en qué cosa se está convirtiendo, que se reconozca frente a uno de los retratos de Francis Bacon,

EL HOMBRE ALMOHADA, obra de Martin McDonagh, puesta en escena por la excelente compañía extremeña Teatro del Noctámbulo, removió nuestros sentimientos más abisales, nuestros más profundos instintos de bestias animales, aquellos que nos ocupamos diariamente de ocultar. Y no es que se nos mostrase una realidad descarnada ante la que todos giramos la cabeza (malos tratos a niños, influencia de esos malos tratos en los adultos que de niños los han sufrido, personas despreciables que no admiten la deformidad, la muerte como solución para evitar un futuro lleno de desgracias, la ayuda al suicidio no sólo para evitar el dolor físico sino también el psíquico de una vida llena de amargura, y, lo que más escandaliza, la propuesta de esa ayuda a los niños para evitarles sufrimiento); es que lo que mostró es lo que más nos gusta ver –a pesar de que lo neguemos– en nuestra nueva condición de “mirones” de la crueldad, de la insensibilidad, de la falta de educación. Eso nos revelan a diario las televisiones de todo el mundo con el objetivo de distraer la atención sobre lo que realmente importa, sobre lo que realmente está pasando en nuestro planeta. Tool, en su tema Vicarious (álbum 10.000 days, 2006) habla precisamente de esto: somos unos vampiros voyeuristas sedientos de sangre y tragedia. En eso nos hemos convertido. Nos va el morbo, lo negamos, pero nos gusta. Y eso no está mal, el interés malsano forma parte de nuestra vida, lo que no debemos olvidar es que el morbo está siendo desplazado desde nuestro interior (el lugar natural en el que reside desde que se abandona la infancia y empezamos a comprender –por educación, no por moral religiosa, ni nada parecido– que ciertas cosas no se deberían ni pensar), inserto en los estratos más endodérmicos que ocultan nuestra animalidad, y se está ubicando en las primeras capas de nuestra piel. Ahora lo obtenemos con sólo rascarnos. Y el efecto más indeseable que se ha producido, es que ha desplazado a nuestros mejores sentimientos, aquellos que nos hacen ser personas; a aquellos lugares internos del alma más abismales, más profundos de nosotros mismos, de modo que nos produce una ceguera, una insensibilidad extrema, una absoluta despersonalización, una preocupante falta de humanidad.

Eso utiliza Martin McDonagh para hacernos reflexionar: es cruel sí, pero es la realidad, está ocurriendo. Al fin y al cabo... ¡se trata de un alegato contra el maltrato de niños, a ver si os enteráis! Y, aunque parezca mentira, las formas les molestan a algunos poderosos, sin interersarse por el fondo o, mejor dicho, por la sanación que puede traer su lectura o su visualización. Por eso, está vetado en muchos países del mundo y censurado incluso en su propia tierra natal.

2/10/07

TRIBUTO A DAVID GONZALEZ

Me gusta eso de "tributo", me recuerda a los homenajes que bandas de rock nuevas hacían (hacen) a bandas más antiguas. Es una especie de reconocimiento, como hice yo el año pasado para celebrar con todos aquellos que quisieron recordar, los 25 años de la salida del primer disco de Leño.
El KEBRANTAVERSOS y la gente de CREATURA, de Illescas, han pensado dedicar su segunda noche de poesía en los bares al poeta DAVID GONZÁLEZ y a mi me parece que no podría haberse elegido alguien mejor.
Será el sábado 23 de febrero a partir de las 12 de la noche en el MALUCA de Illescas.
Aprovecho para volver a colocar el post. Lo mismo alguién más descubre que la poesía desde las entrañas es algo más que simple poesía.

DAVID GONZÁLEZ

Un día largo, de tiempo difuminado como el cielo de otoño. Un lunes de esos lunes que no me gustan. Cansado. Ya de vuelta, en el tren. Mirando nubes bajas a través de la ventanilla aguada. Media hora de viaje y estoy por cerrar los ojos, intentar dormir. En la bolsa, una recomendación de mi buen amigo Bernabé (…ya me dirás, te puede gustar). Poesía ahora, pienso, y no me apetece nada. David González, Algo que declarar. Leo el primer poema, una especie de haiku: Estación terminal.

lápiz y papel
una estufa encendida
casa del poeta

Y en esos treinta minutos no sé dónde he estado. Seguro que a miles de años luz de allí. Escribiendo algo parecido a una poesía, con la mente perdida y el alma de putas. Llego a destino, cierro el libro y bajo al andén. Todo de modo automático. Todavía sin regresar del más allá.

Ahí me has dado Bernabé. Justo en el lugar dentro de mí, dónde me escondo los días tristes de otoño.


Post Data: una impresión duradera, no es infinita. Y lo bueno exige una repetición. No ha sido una casualidad. El segundo poema: Manos, me vuelve a trasladar.

las manos

me decían mis padres
antes de sentarme
a la mesa a comer

lávate bien
las manos

no alcanzaban
a comprender
que los niños
las tenemos siempre
limpias

Para los venerables curiosos:
davidgonzalezpoeta.com

RENDICIÓN

Has llegado a tu casa
y has cerrado la puerta,
como queriendo olvidarlo todo.

Te has descalzado
y has caminado sobre el terrazo
deseando convertirte en hielo.

Te has desplomado sobre el sofá
y has encendido la radio,
pero no la escuchabas.

Has cerrado los ojos
y has intentado llorar,
pero, agotada,
te has quedado dormida.

Rendida.

Rendida.

Rendida.


Poema inédito leído en el Café El Despertar en la Noche en Blanco.

27/9/07

PÍLDORAS



Tienen muchos nombres: microrrelatos, minificciones, microficciones. Yo los denomino PÍLDORAS.
Son pequeñas perlas literarias que concentran en unas pocas líneas –como la esencia de los perfumes– todos los elementos necesarios para impactar al lector. Un minúsculo cuento que esconde más que enseña y que exige al lector su colaboración.
A continuación, os muestro un par de ejemplos. Espero que los disfrutéis.
La voz es mío, y está dentro de Pinball.

EL SUEÑO DE LA MARIPOSA
Soñó que era una mariposa y al despertar no supo si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que estaba soñando ser un hombre.
(Chuan Tzu, s.IV A.C.)

LA VOZ
Juan Ramírez se está muriendo. Está muy malito, lloran sus padres. Tiene mala cara, explican los vecinos. Parece muy grave, comentan por la calle. Está en las últimas, se escucha en la radio. Deberían ingresarlo urgentemente, opinan en la televisión. Desde luego es gravísimo, considera el médico de guardia. Ya no tiene remedio, diagnostica el médico de planta. No hagas caso y vive, dispone una voz cavernosa y profunda.
Juan Ramírez se recupera. Es increíble, exponen sorprendidos los enfermos de la habitación. Es un milagro, sollozan los familiares besando estampas de santos. El tratamiento ha sido efectivo, se felicitan mutuamente los médicos. Otro logro social, informan los medios de comunicación pública. Somos una raza especial, exteriorizan los ciudadanos caminando juntos por la calle. Siempre me ha gustado llevar la contraria, manifiestamente satisfecha retumba la voz interior.

30/7/07

EL LIBRO DE MANUEL


He acabado de leer (por fin, finalmente, pese a no desearlo pero, en fin, algún día tenía que llegar al final) El libro de Manuel. Me ha encantado. Cortázar va más allá (¿más allá todavía? Sí, más allá). Me ha hecho preguntarme si es posible ir más allá de lo que Cortázar ha ido. Más allá significa más allá de justo esa línea donde está el límite en la micrométrica distancia que separa un borde del otro en el filo de la navaja. Más allá quizá sea todo incomprensible, o quizá sea todo fantástico, o quizá no exista más allá, quizá Cortázar sabía que más allá está el absurdo más real o más irreal (en cualquier caso, no creíble para el buen lector). No puedo por menos que recomendaros a todos su lectura. Será algo difícil (aviso), pero gratificante. ¿Qué más he aprendido? El juego. La literatura es un juego y las reglas del juego las establece el escritor. Si quieres jugar, ya sabes lo que hay. Luego no vengas con ¡qué absurdo! ¡vaya paja mental! O juegas o no juegas. No desprecies lo que no conoces. No te rías de lo que ignoras. No seas imbécil. ¿Y qué más he aprendido? Las memorables descripciones, los cambios de narrador, la voz (una voz) de los personajes que se mezcla como una baraja de naipes a punto de ser repartida. ¿Qué tengo grabado en la cabeza? La imagen (sí la imagen, la imagen que me proyecta Cortázar con su narración) de un acto de sodomía contra voluntad que habría que colgar encuadrado en marco de oro allí donde se cuelguen los mejores escritos de la historia de la literatura. En resumen, recomiendo fervientemente su lectura sosegada. Yo ya empiezo a releerlo. Me gusta jugar, y con quién mejor, que con Cortázar.

27/7/07

TRENZO VIENTOS


Trenzo vientos.

Anchos vientos teñidos de cáñamo del norte,
australes, salvajes, inquietas cintas de colores,
tremendamente misteriosas cenefas de oriente,
lejanos susurros llenos de magia gaélica.

Los anudo con armonía hasta conseguir
ese equilibrio necesario para que
refresquen las noches de verano y,
a la vez, eviten despeinarte.

Los ligo para formar
una maroma que te sujete a mi casa.
Los pinto de colores,
negros y dorados,
encarnados y malvas,
otoños y nevados,
brisas y cierzos,
de sentimientos,
de ilusiones,
de pasión.

Trenzo vientos.
Todos los vientos,
corrientes, auras, brisas, ponientes,
me llevan hacia ti.